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martes, 15 de enero de 2013

Marcy (77)



–Ya tenemos la manera de pillar a esos dos –le dijo una noche el arquitecto en su estudio.
Tenía la costumbre de pedir la cena a un restaurante cercano, que traía con puntualidad cada noche un joven camarero, envasada en pulcros recipientes. El chico la servía después en una mesita para dos, adornada muy bella, y les atendía hasta que terminaban.
El joven ya se había ido y estaban tomando su café de cápsula y habían consumido unas rayas para coger el punto.
–Su marido le ha dicho que entregue el dinero a García de contabilidad, ¿no es cierto? Yo hablaré con ese tipo y lo convenceré para que nos ayude. A partir de ahora usted me dará a mí esas sumas de dinero, yo sabré colocarlo bien, y al final nos reiremos de esa parejita, ¿okay?
Al oír la propuesta Marcy pensó que debería consultarselo a Nacho, su amigo de confianza, pero después de rumiar unos segundos la idea, la desechó. Valdría más no decirle nada y aceptar la proposición de Román.
–Usted es el entendido en la materia –dijo ella.
Según Marcy, Román era un hombre inteligente, capacitado, con experiencia.
Gozaba a su lado de una vida de princesa consorte, y aquella nueva amistad se había vuelto esencial para ella en poco tiempo.
Se iban a quedar los dos traidores con un palmo de narices.
Con la ayuda de Román lo conseguiría.
Más tarde vendría el triunfo laboral que tanto ansiaba. Siempre había sentido una sorda competencia profesional con su marido, ella siempre en segundo plano, en casa y con los niños, pero eso se iba a acabar.
Se dejó convencer de que era la mejor forma de hacerle daño a Manele donde más podía dolerle, en su cartera.
Se mantuvo en silencio, oyendo las explicaciones de Román.
–Hoy la encuentro muy pensativa, ¿le pasa algo?
–¡Qué va! Estoy entusiasmada oyéndole hablar.
Se le acababa de pasar por la cabeza un capricho.
–Ese chico, el camarero, es muy atractivo –dijo ella.
–No me diga que se le ha antojado el muchacho.
–Pues se lo digo –respondió Marcy.
–Pues le llamamos y pasa usted un buen rato.
Sabía que Román era un tío abierto, nada celoso en absoluto.
–¡Llámele! –dijo ella.
Román cogió su teléfono móvil y marcó el número del restaurante.
–Quiero que venga el mozo que sirvió la cena y que traiga una botella de champán.
Marcy contenía la risa a duras penas hasta que el otro colgó, después se desternillaron los dos a carcajada limpia.
–Prepárese, que viene el chaval.
No pasaron más de veinte minutos cuando sonó el timbre.
El chico entró con el encargo.
–Sírvale a la señora una copa y sírvase otra para usted.
Estaba eufórica perdida y aquello tenía toda la pinta de ir a más.
El camarero hizo lo que se le pidió con tranquilidad y se quedó de pie, a la espera.
–Ahora acompañe un rato a la señora, que hoy está algo aburrida.
–Lo que haga falta, señor –respondió el mozo.
Román dijo que tenía que salir a Greda a hacer unos recados y que regresaría tarde y se fue, después de guiñarle un ojo a Marcy, desde el quicio de la puerta.
Marcy se quedó en el salón del estudio, con el camarero, con la copa de champán en la mano, soltando una sonora risotada.

martes, 8 de enero de 2013

Marcy (76)



–Por aquí estamos muy bien, cariño, deseando verte, como siempre.
Disimulaba a duras penas la rabia hacia su marido dirigiéndole frases hechas, vacías de contenido, cuando él llamaba por teléfono, casi a diario, antes de que se acostaran los niños.
Manele quería asegurarse, sobretodo, de que a ella le quedara claro qué hacer con las transferencias, pero era parco en palabras. Siempre dijo que los asuntos de cierta importancia en los negocios, mejor no hablarlos al teléfono.
Cada vez que tenía que llevar el dinero a García, Manele se lo comunicaba por carta.
Ya habían quedado en que todo lo referente al dinero se lo comunicaría él por ese medio, con orden de destruir las cartas una a una nada más leerlas.
Pero ella comenzó a guardarlas por indicación de Román.
Y en cuanto hablaba con su marido salía escopetada donde el arquitecto, dejando a los niños dormidos, solos en casa.
Se había instalado en la fiesta hasta la madrugada y en el relajo por el día. Atendía a los pequeños justo lo imprescindible para que fueran al colegio y para que no pasaran hambre, muchas cenas consistían en un bocata de atún y un yogur.
Apenas acudía a sus clases y Rafa había dejado de hacerle gracia, sólo le utilizaba como secretario para seguir el máster, con el mayor descaro, a cambio de unas forzadas caricias.
Tomando la sustancia blanca y jugando todo le parecía más fácil, y siguiendo las instrucciones de Román no temía a nada. Si llegaba a un punto excesivo, se compensaba con las pastillitas del insomnio y vuelta a empezar; y así, como anestesiada, podía ahogar mejor aquel dolor sordo en su corazón.
Por costumbre y al final por necesidad, también se entregó de lleno a Román.
El consumo, el juego y los brazos de uno y otro la aturdían y la distraían de aquella opresión instalada en el medio de su pecho. 
Pero no sentía nada ni con uno ni con otro.
Una noche de aquellas, de tremendo desfase, fue con el arquitecto a un local de Greda abierto hasta las tantas de la mañana, poblado de la fauna nocturna más tirada que había por toda la ciudad.
Iban puestos hasta arriba, de todo, sin más objetivo que tomar la espuela. Su compañero se quedó en la barra bebiendo y ella se metió en la pista, atestada de gente, a bailar. El ritmo de la música era frenético y reverberaba en su cerebro de una manera casi visual, sintió su cuerpo flotar como una nube, percibió una pasmosa facilidad y precisión en sus movimientos.
Al poco cambió la música a un ritmo lento y viscoso. La gente se agrupó por parejas. Ella se vio en brazos de un desconocido y comenzó a moverse con lentitud, como una zombi, sintió sus pies derretirse en el suelo, dejó que el hombre la manoseara sin haberse presentado siquiera.
Echó la cabeza hacia atrás y reconoció a la persona con quien bailaba, uno de sus compañeros del máster.
–¡Pero qué casualidad! –dijo él sonriente.
A Marcy le pareció dispuesto a todo, no sabía qué decir. Se apartó como por instinto como a medio metro de él.
–Sí, que casualidad –dijo ella.
–Se te echa de menos en clase –dijo el joven como tratando de retenerla.
Ella le miró interrogante y levantó los hombros como si no le importara.
–¿Ah, sí?
–Sí, preguntó por ti el profesor, te echó en falta.
A Marcy le pareció que hablaba con retintín.
–Estoy muy ocupada estos días –dio sin convicción.
–Sí, ya lo veo –respondió él pícaro.
La atrajo hacia sí con fuerza y pegó todo su cuerpo al de ella como una lapa. Ella reaccionó y fingió que trastabillaba para apartarse.
–Buff…, estoy algo mareada, perdona, ¡hasta luego!
Se acercó a la barra, donde estaba Román, pidió un botellín de agua y se lo bebió entero. Tenía una sed como no había sentido jamás en su vida. Pidió otro y se lo bebió también.
Después le dijo a Román que ya estaba agotada, que quería irse a su casa.


martes, 1 de enero de 2013

Marcy (75)



A la salida del Casino les esperaba una limusina tan grande como un tráiler, blanca, con los cristales tintados.
–¿Se puede saber dónde vamos con esto?
–Nos damos una vuelta por la ciudad y luego la dejo en su casa.
Subieron a la parte trasera y Román dio indicaciones al conductor a través de un interfono.
El auto estaba bien surtido de todos los caprichos que a uno le pueden apetecer cuando anda por ahí a deshoras, bebidas alcohólicas y no alcohólicas en una nevera dorada, canapés variados, snacks, bombones y caramelos. Estaba equipada con la última tecnología en imagen y sonido.
Román preparó una copa refrescante, con poco alcohol, para cada uno y le ofreció a Marcy unos bombones con formas de peces, bicolores, tan bonitos que daba pena comérselos.
Sobre una mesilla vio unas bandejas pequeñas relucientes. “Será para tomar la sustancia”.
Quedó impresionada del despliegue de recursos del arquitecto.
Estuvieron un rato absortos, escuchando música lírica romántica y mirando por las ventanillas las calles de Greda, ya casi desiertas, salvo las del centro, atestadas de gente merodeando por los alrededores de los locales nocturnos bajo los rascacielos.
Marcy no sabía de qué hablar.
–Veo que a su padre le va estupendo en los negocios.
–Buah!, mejor que bien. En Lederia es el puto amo.
A Marcy le llamó la atención aquella manera de hablar poco usual en Román.
Él cogió una bandeja de aquellas y depositó en ella el contenido de una bolsita de plástico que sacó de su americana. Con una tarjeta de crédito hizo una línea y la aspiró.
–¿Quiere un poco?
Ella negó con la cabeza.
–Creo que por hoy ya voy bien, gracias. Su padre, ¿también está metido en la merca?
El otro la miró como asombrado.
–No, no, nada de eso… Le tiene un odio feroz. Su bufete de abogados defiende a algunos que están en ello y de vez en cuando pillo algo..., siempre tienen, gratis, de la mejor.
Él se dejó caer de su asiento, sobre una alfombra de piel natural, de pelo largo.
–Él en lo que está metido es en el mundo de los coches de lujo, como éste, en el juego y en las mujeres. Pero no obliga a nadie a hacer lo que no quiere, todo en libertad. Él es un gentleman.
La cogió de la mano y la hizo caer a su lado. Ella notó el suave cosquilleo de la alfombra tan intenso y tan amplificado como si un batallón de masajistas estuviera actuando en su piel. Una gozada.
Vio que él abría un armario pequeño donde había un sinfín de juguetes eróticos de colores brillantes. Cogió uno y se puso a ella en la mano.
–¿Qué le parece si lo probamos?

martes, 25 de diciembre de 2012

Marcy (74)



El Casino de Greda estaba caliente aquella tarde. La mayoría de jugadores estaban concentrados en las mesas de juego, mientras otra gente se divertía con las máquinas y otros se limitaban a tomar una copa en el bar.
El dinero en forma de fichas de colores circulaba por los tapetes a la velocidad del rayo.
–No le voy a decir que éste es el casino de papá, Marcy...
Román remarcó “casino de papá” con una entonación ñoña, propia de un niño, una manera de hablar poco habitual en él.
–...en fin, mi padre tiene participaciones en éste negocio. En este casino y en los demás de la cadena.
–¿Qué me recomienda? Yo hasta ahora sólo he jugado tragaperras.
–¡Buah!, no sabe lo que son emociones fuertes.
Probaron distintas mesas de juego apostando con las fichas que Román había adquirido, el equivalente a la mitad del salario que Manele ganaba en la Duxa.
Una se acostumbra pronto a lo bueno”. Lo observaba perder y ganar con una naturalidad pasmosa, como al que nunca, desde la cuna, le ha faltado de nada.
Se acercaron a la barra a tomar una copa. Marcy ocupó un taburete mientras su acompañante se quedó de pie, mirando hacia las mesas con las manos en los bolsillos y el mentón alzado en una pose elegante.
–¡Estoy agotada!
–Fúmese un cigarrillo, ¿okay? O algo más, si le apetece.
Le pasó una pitillera plana, dorada, que extrajo del bolsillo interior de su americana.
Marcy fue al cuarto de baño, se fumó un cigarrillo y aspiró una línea de sustancia, después regresó a su lugar en la barra y se tomó toda la copa con rapidez.
No pudo reprimir la curiosidad por la familia del arquitecto.
–Su padre, está muy bien situado, ¿no? –dijo ella echando un vistazo a la sala.
–Un lince para los negocios, de toda la vida. Tiene dinero para aburrir, hasta yo me pregunto qué hace para amasar tanto; por eso se ha metido aquí de socio, porque es un negocio bueno para aflorar dinero.
Marcy no entendió muy bien aquello.
Encendió un cigarrillo que ella le ofreció y aspiró el humo fresco con deleite.
–Es un esteta de la pasta. Ya ve, yo nací así, en medio de todo esto, y lo ves tan normal. Hasta te llega a extrañar que el resto de la gente pueda vivir de un salario.
Aspiró otra calada, más profunda, y apagó el cigarrillo.
–Hay otras vidas, ¿no es cierto?, pero no son como ésta –dijo mirándola sonriente.
Ella asintió con un amplio movimiento de cabeza de arriba abajo.
–La verdad, creo que tendré que tomar lecciones aceleradas, le tomo como maestro.
Retornaron a las mesas de juego. Él fue detallando cada acción de los jugadores para adiestrarla. Después ella probó por sí misma con buen resultado.
–El truco está, como todo, en encontrar la medida. Saber plantarse a tiempo por mucho dinero que se tenga –dijo él, mientras paseaban por la sala.
Aquel local era ruidoso y estaba lleno de humo, que formaba curiosas volutas sobre las mesas de juego, a pesar de que se notaba la ventilación. Pero a Marcy no le afectaba, se sentía a sus anchas.
Román, que conocía a casi todos los empleados y también a muchos clientes, iba repartiendo saludos aquí y allá con un breve gesto de cabeza como lo hace la gente del gran mundo.
–Venga aquí, a la ruleta. Para mí la reina del casino. Nos vamos a divertir.
Apueste a la suerte sencilla, par impar, por ejemplo.
Ella colocó las fichas sobre los cuadrantes del tapete verde que Román le indicaba.
–Cuando el crupier dice: “No va más”, ya no se pueden hacer más apuestas.
Ella le cogió el tranquillo a aquel juego a la primera. Era entretenido el giro endiablado de la bolita que hacía un ruido característico y el rápido y preciso movimiento del empleado con el rastrillo poniendo y quitando fichas de los cuadrantes.
–Ya hay que plantarse, es el momento justo –dijo Román.
No había problema, Marcy sabía que había para jugar todo el dinero y todos los días que le diera la gana.
Se levantó y le ofreció tomar otra copa mientras seguían las acciones de los jugadores.
–¡Observe!, nos divertiremos un rato.
Ella no había reparado en que un compañero de la mesa de la ruleta. El jugador llevaba un traje que parecía de varias tallas menos de lo que hubiera necesitado, a través de la abertura de la chaqueta lucía una prominente barriga cubierta apenas con una camisa cuyos botones parecían a punto de estallar. Tenía cuatro pelos en la cabeza, muy largos y teñidos, que llevaba cruzados de una extraña manera, pero que en aquel instante estaban revueltos y dejaban al descubierto una reluciente calva.
El jugador se aflojaba el nudo de la corbata y sudaba. De vez en cuando se limpiaba el sudor con un pañuelo que sacaba con dificultades del bolsillo de su pantalón.
Resoplaba y movía las fichas como un poseso mirando con ansiedad el recorrido de la bolita.
Perdió todas las fichas con las que comenzó a jugar y se puso de pie enfadado, dando un puntapié a la silla e intentando colocarse el cabello de la mejor manera posible. Parecía que murmuraba por lo bajo.
–Otro idiota más –dijo Román.
–¿Lo conoce?
–Lo conocemos todos. Siempre tropieza en la misma piedra, el muy imbécil.
El tipo se lo había jugado todo también a la suerte sencilla, rojo negro.
Cada vez que perdía apostaba el doble de lo perdido con la esperanza de recuperarse.
–Ahora va a pedir pasta a uno de esos fulanos –dijo Román con seguridad.
Tal cual lo acababa de decir, uno de los hombres que estaban de pie cerca de la ruleta sacó un buen fajo de billetes que llevaba sujetos con un anillo de goma.
El jugador continuó apostando y continuó perdiendo hasta que, ya aburrido y sin ninguna ficha, se marchó del local echando pestes.
–Mientras haya tontos así, el negocio está asegurado –dijo Román sonriendo.
Marcy sintió piedad por el ludópata.
–Ya veo –repuso algo desanimada.
–¡Anímese! Tomemos otra copita y lo que haga falta.

martes, 18 de diciembre de 2012

Marcy (73)



Su vida pasada se le figuró un espejismo, algo imposible de vivir, y las personas de su vida pasada unos seres tristes, problemáticos, o unos seres sin la menor importancia.
Sus padres ya estaban de vuelta en su casa y se le hacía un mundo traspasar aquella puerta para visitarlos.
Él, igual de enfermo, tal y como estaba en el hospital, un poco dejado de la mano de sus médicos, que ya lo habían probado todo, postrado en la cama, y sometido a los constantes y ansiosos cuidados de su mujer.
Cada vez que iba por allí, Amelia le vertía a Marcy encima una angustia feroz.
Su madre trataba de acapararla para investigar sus secretos, alarmada por cada nueva señal que advertía en ella, la vestimenta de lujo, más provocativa de lo habitual, cargada de joyas y complementos de marca.
Por eso procuraba llevar siempre a los niños, para echárselos por delante a Amelia y distraer su atención.
Porque reprobaba el cambio de Marcy.
Amelia le dijo un día todo lo que quiso.
Que la encontraba excitada, irritada, de mal genio, con la especial receptividad de toda madre que no pasa por alto ni un detalle de su retoño.
–Hija, ¿estás comiendo bien?, ¿están bien los niños? ¿Y Manele?
Temía a aquellos interrogatorios de su madre.
–No me gusta como vas vestida, te van a tomar por lo que no eres, me lo dice tu tía.
Amelia no tardó en volver a la carga.
–Tu padre, ya ves, me lo dieron de alta, está peor que cuando ingresó.
Marcy renunció a todo intento de diálogo.
–Esos medicuchos son unos golfos, tendrías que ir a hablar y ponerlos verdes.
Le resultó normal que su madre estuviera desquiciada y no quiso enfadarse con ella.
–Tú vigila tus pasos, que no puedan llegarle habladurías a tu marido.
Saltaba de un tema a otro sin orden ni concierto, hablando atropellada, sin atender a las respuestas.
Cuando su madre le sacaba la lista de las quejas en toda regla era mejor callar y contemporizar, lo hacía de cuando en cuando y ahora con mayor motivo.
Amelia tampoco pasó por alto el accidente del pequeño. Marcy percibió cómo su madre la acusaba, sin palabras, mientras el mayor relataba lo sucedido.
–¿Dónde estaba mamá, Pablo? –interrogó la abuela.
–Es que…estaba durmiendo en su habitación, yaya –el mayor farfullaba la disculpa poniéndose colorado hasta la raíz del pelo.
Aquel niño no sabía mentir.
A veces dejaba a los niños con los abuelos, desde donde podían acudir al colegio con más facilidad que desde Mazello, porque la parada del bus caía justo al lado de su casa, y porque le daba la gana de usar su libertad y la necesitaba.
Su familia se volvió incompatible con su nueva vida, y también sus amigos.
Ni pensar en llamar a Laura y sincerarse, reconocer ante ella aquella verdad, aquel horrible fracaso. Nada de andar dando pena por ahí, eso sería lo último, no iba a darle a Laurita el gustazo de compadecerla.
Además no habría motivo para ello, ya se le ocurriría algo para salir del paso, ahora que tenía medios.
Y Rafa se le estaba haciendo cada vez más cargante, un enamorado lastimero y blandengue del que no iba a librase tan fácil, apenas respondía a sus llamadas telefónicas y le evitaba cuanto podía en la facultad; excepto si lo necesitaba como secretario, como fiel servidor, en tal caso, y con todo el descaro del mundo, le encargaba las tareas del máster.
Pero cuando no lo necesitaba le daba un trato displicente, distante.
Contaba con la ayuda de Román y eso era más que suficiente, muy por encima del alocado Nacho; un hombre de pies a cabeza, con experiencia, el tipo de tío con canas, con experiencia, el que siempre había necesitado a su lado, juntos serían capaces de todo.

martes, 11 de diciembre de 2012

Marcy (72)



Prefería no pensar en lo que estaba sucediendo en su matrimonio. No era sólo que la rubia le hubiera arrebatado a su marido, es que además iba a tener un hijo con él. O una hija.
Quizá la niña que él tanto había anhelado y que Marcy no había podido darle.
No sabía si sus suegros estarían al corriente, pero de saberlo, hasta se alegrarían y todo. A lo mejor consideraban a Isabel más guapa o mejor partido que ella. Lo mismo les daría Isabel que la vecinita de al lado, el caso era sacársela a ella de encima y empezar a manipular a su hijo a su antojo.
Figurándose una reunión entre la feliz pareja y sus suegros en la propiedad vinícola, degustando los caldos de la casa y hablando de la futura recién nacida, Marcy se ponía negra de rabia. Y sus hijos quedarían marginados para siempre, ya se encargaría Isabel de lograrlo. Aquella arpía estaba acabando con su vida de un plumazo. Si la tuviera delante en aquel momento, le sacaría los ojos.
Ni siquiera su madre iba a ponerse a su favor.
Ni siquiera sus hijos la satisfacían ya.
En su vida no quedaba piedra sobre piedra.
Para eso, mejor meterse a puta, al juego, a la droga, o a todo a la vez para no sentir aquel fracaso.
A partir de entonces fueron diarias las visitas al estudio de arquitectura. Marcy llevaba sus obligaciones como una autómata y continuaba viendo a Rafa de vez en cuando, pero lo que de verdad ansiaba cada tarde era llegar donde Román para consumir la sustancia, alcohol y lo que pillara, y después salir con él a arrasar por los casinos y las salas de juego. Cuando ganaba algún dinero, subida en aquella gloria pasajera y espoleada por la blanca, mantenía alguna leve intimidad con Román. Para hacerlo tenía que consumir y para consumir, tenía que hacerlo.
Y consumiendo se sentía poderosa, tan poderosa que no había nada que se le pusiese por delante, conquistaría lo más alto en el mundo empresarial y conseguiría a alguien que la quisiera de una vez por todas.
Alguien capaz de llevarla a la feria de Mazello, que había una vez al año, y que lograra un peluche de premio en el tiro al blanco, de esos que son tan grandes que no sabes donde ponerlos, y se lo diese a ella y que subieran juntos a la noria y se miraran largo rato a los ojos sabiendo que lo eran todo el uno para el otro.
Eso era todo lo que quería.

martes, 4 de diciembre de 2012

Marcy (71)



Estaba rígida, como a la espera de poder recibir un golpe brutal, preparándose para oír cualquier cosa.
–Isabel está viviendo en Brexals, con su marido de usted y esperan un hijo. Lo siento, lamento causarle este dolor, pero tiene que saberlo.
Marcy permaneció como paralizada durante lo que le pareció a ella una eternidad.
Así que era verdad”. Se lo repitió mentalmente, recordando las palabras de Laura, sin poder llegar a creerlo, como si le estuviera sucediendo a otra que no fuera ella.
–No se mortifique, no somos los primeros ni los últimos que sufren algo así, hay que ir asimilándolo. Son dos verdaderos sinvergüenzas. Y por si fuera poco, Isabel se ha quedado con un montón de dinero producto de mi esfuerzo, ¡del mío! Estoy indignado.
Marcy, en ese punto, no podía contemplar más que su orgullo herido, su despecho, podría hasta matar en aquel momento si los tuviera delante.
Sintió rabia, una rabia cegadora.
Se va a enterar ese traidor”.
–Oiga, yo había pensado, que ya que estamos juntos en esto. Mire..., podríamos hacer algo para fastidiar bien a esos dos. Por eso la había llamado. Pensaremos algo, ¿okay?
Se levantó hacia la pequeña cocina americana empotrada en una de las paredes y, sobre la encimera negra, brillante, depositó el contenido de un sobrecito que extrajo de un cajón. Formó una estrecha tira de la sustancia blanca con una tarjeta de crédito y la aspiró con un canutillo que fabricó con un billete de cincuenta. Después formó varias más.
–¿Quiere usted un poco? Tome cuanto desee.
Marcy apenas recordaba el efecto de la sustancia, que consumió en una racha loca de su época universitaria.
Por qué no”. Y se acercó decidida aspirando una de las líneas con eficacia.
Al poco se sintió enérgica, alegre hasta el punto de la euforia.
Se iban a enterar los ingratos. No podían consentir aquel atropello. Algo se les ocurriría, sin duda, lo mejor sería colaborar para plantarles cara.
Pasaron varias horas barajando posibilidades, hasta que Marcy le explicó el asunto de las transferencias de Manele, y eso fue lo que interesó a Román.
–Ahí hay gato encerrado –dijo el arquitecto–. Hay que investigarlo, eso me huele mal.
A las tantas de la madrugada Marcy recordó que había dejado a los niños solos.
Habían pasado muchas horas, pero su corazón había quedado insensible por el golpe recibido y parecía no importarle nada.
Retornó a casa a la carrera, en medio de una intuición negativa.
Nada más entrar oyó el llanto de los niños y corrió hacia su habitación.
–¡Mamá, mamá! Manu se cayó de la litera y no puede moverse, igual se rompió algo, mami, porque no puedo ni tocarle el brazo derecho.
El pequeño yacía a los pies de su hermano, inmóvil, en el suelo, gimiendo de dolor.
–Os dije que no os movierais de la cama, ¿no? ¡Sois unos desobedientes!
Levantó con resolución a Manu mientras éste chillaba de dolor.
–¡Estoy hasta el moño de ti! –gritó al niño.
La excitación que traía de la calle se tornó en cólera por la contrariedad del accidente de los chiquillos. Como un león enjaulado comenzó a dar vueltas por el cuarto, mientras los pequeños guardaban silencio, expectantes. Manu protegía con su brazo izquierdo la zona dañada conteniendo el dolor cuanto podía.
No hubo más remedio que acudir a Urgencias y enyesar el brazo afectado, retornando los tres a casa cabizbajos, sin haber podido acudir a sus obligaciones de aquella mañana.
Tomaron unos pocos alimentos y Marcy, desentendiéndose de sus hijos, pasó casi todo el día durmiendo en su cama.