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lunes, 24 de agosto de 2015

Marcy (212)




Tomó el primer avión hacia Lederia porque el asunto no admitía demora. Había que resolver. Avisó a su madre para que se ocupara de los niños, en su ausencia, y llamó a Isabel para pedirle el teléfono de su futuro suegro.
Pensó que había llegado la hora de luchar dentro de aquel statu quo, o si no, mejor dejarlo todo y volver a la seguridad de las cuatro paredes de su casa.
Con las mismas armas del enemigo.
Pelear ella sola.
León la estaba esperando en su mansión de las afueras de Lederia. Había accedido a citarla en seguida.
Llegó en un taxi, procedente del aeropuerto de Lederia, y un mayordomo le abrió la puerta con parsimonia.
–Pase usted, el señor está en la biblioteca.
El empleado la condujo a través de varios salones grandes, de decoración imponente, abrió una puerta corredera, acristalada con vidrios de colores emplomados, y la hizo pasar.
León estaba sentado, ojeando la presa, en uno de los sillones de madera labrada que formaban juego con una mesa rectangular de caoba, reluciente. La madera despedía un olor exquisito. Todas las paredes estaban forradas de vitrinas que contenían libros antiguos y colecciones de monedas y otros objetos.
Se levantó hacia Marcy desplegando una elegancia inefable. Un individuo con clase, igual que su hijo, de la clase de hombres en los que se aprecia pronto una educación esmerada desde la cuna. Y el poder del dinero.
Era de ese tipo de gentleman que, a pesar de la edad, luce impecable con traje de lujo, gafas de montura dorada y pañuelo de seda en el bolsillo de la americana, de colores vivos, colocado en estudiado desorden. “Un dandi”.
La tomó de la mano e inclinó la cabeza sobre ella como si fuera a besársela.
–Señora mía. Me honra viniendo a verme a mi casa. Estará cansada, siéntese, por favor, haré que traigan un piscolabis.
–Me bastará con un botellín de agua, gracias.
Dio la orden al mayordomo y, al poco, éste apareció con una bella bandeja de plata repujada, sobre la que había una botella de agua sin abrir y una copa grande de cristal muy fino. Abrió la botella, delante de ella, y le sirvió media copa.

lunes, 17 de agosto de 2015

Marcy (211)




Los nervios estaban a flor de piel en el despacho del director de la Duxa Limited.
Después de dos horas de discusiones se encontraban irritados, agotados, sin rumbo que tomar. Marcy ya no aguantaba más y había estallado.
Tuvo la tentación de lanzarle una batería de reproches a su ex marido, incluso a Raúl, pero se contuvo.
No era posible que después de todo lo que había luchado, aquel muerto metido en el depósito fuera a echarlo todo por tierra.
No iba a consentirlo.
Miró a la cara al enólogo.
–¿Está todavía en el depósito?
–Sí, y la nave cerrada, como lo dejamos el otro día.
–Pues ahí se va a quedar –dijo Marcy, con tal determinación que todos volvieron su vista hacia ella, sorprendidos.
Nadie dijo nada, y ella volvió a hablar.
–A ver…, ya está muerto, ¿no? No va a volver a la vida. Si destapamos esto lo único que va a pasar es que se nos va a venir encima un buen escandalazo. Mal para ti –dijo mirando a Manele–, y mal para todos.
En la nave vieja de la explotación vinícola había quedado un hombre muerto, asesinado, metido en una cuba anticuada, y cerrado como si fuera en un bote de conservas.  En la propiedad de su ex marido con el que pensaba meterse en negocios y que también era padre de sus hijos.
Y los daños colaterales, si se destapaba el escándalo, serían para la Duxa, la compañía que estaba recuperándose del capítulo más negro de su historia, el incendio de su sede, el Zeol, el magnífico Zeol Center. La compañía de la que era directivo su pareja y en la que ella trabajaba.
Había luchado mucho, había sufrido mucho. Tenía derecho a defenderse.
Se mantuvo en silencio unos segundos y miró en dirección al edificio en construcción, el Nuevo Zeol.
–Esto se va a quedar entre nosotros. Cuando se descubra, si es que se descubre, que lo investiguen. Nosotros no tenemos nada que ver.
Miró a su amigo el enólogo y después a los demás con absoluta seguridad en sus palabras.
–Cuando regreséis a la finca abrís la puerta de la nave vieja y colocáis la llave en su sitio y que todo quede como antes, ¿vale?
Los otros la observaban muy atentos.
–Ese tío se va a quedar ahí, que se pudra, que no paró de hacer daño en toda su vida. Seguiremos adelante. Yo…, tendré que visitar a un amigo.

lunes, 10 de agosto de 2015

Marcy (210)




Entraron al despacho de Raúl y se juntaron los cinco formando círculo en el centro, de pié, de la misma manera que se habían colocado unos días atrás en la nave vieja, cuando apareció el cuerpo del subdirector en la cuba de vino.
Los que habían llegado se cruzaron unas miradas para ver quién abría fuego.
–Dilo tú, por favor –dijo Manele al enólogo.
Éste vaciló unos segundos.
–Es que Manele dice..., que si esto sale a la luz será el fin de la bodega. Está muy nervioso, histérico.
–¡Joder!, ¡joder! Tengo un muerto en mi bodega –dijo, fuera de sí–. Y todo por tu culpa, Raúl.  Me arrimaste a ese tío para sacártelo de encima, nos enviaste a Brexals. ¡Me jodiste bien!
–Era tu amigo, cari, no hables así –dijo su novia.
–Amigo, ¿amigo? ¡Me vino a traer la miseria a casa!
El director de la Duxa, a pesar de la provocación, mantenía la calma.
–Manele, no me quieras hacer pagar a mí tus propios errores –dijo con firmeza.
Manele echó para atrás su pelo con los dedos, como solía hacer cuando estaba nervioso. Marcy se fijó en que tenía muchas canas.
–Tienes razón, tienes razón, yo tengo la culpa de todo. Para empezar te hice a ti una desgraciada, te maltraté –dijo a Marcy–, no sé cómo pude. Fracasé en la compañía y ahora voy a fracasar en la bodega.
Raúl pareció contagiarse del pánico de Manele, se sentó en su sillón de dirección y apoyó los codos en la mesa, se sujetó la cabeza con las manos y cerró los ojos.
–Esto es lo que me faltaba, semejante publicidad para la compañía, uno de sus directivos aparece asesinado, ¿te imaginas los titulares? –dijo, hablando al vacío.
El enólogo se metió de por medio en defensa de su jefe.
–De momento el mayor perjuicio es para la bodega, es para Manele. Hay que comprenderlo –dijo.
–¡Comprenderlo!, llevo años así, comprendiendo –saltó Raúl–. Esto va a ser el final para la Duxa.
Marcy ya estaba harta de escuchar quejas. Fue hacia la mesa y descargó sobre el tablero un manotazo con una energía que le sorprendió a ella misma.
–¿Queréis callaros todos de una vez? Tenemos que buscar una solución.

jueves, 6 de agosto de 2015

Marcy (209)


La compañía multinacional Duxa Limited, en concreto su división financiera, hervía en actividad asentada en el Trass Building, el que antes había ocupado su competidora, Lank Corporate, y costaba trabajo creer todos los percances que habían ocurrido a la vista de la pujanza y la normalidad con la que se había recuperado.
Marcy se había adaptado a la perfección, colocada el que había sido su antiguo despacho cuando trabajaba para Lank y, en el que en tiempos había pertenecido a Nacho, se había instalado el director de la Duxa.
Ella intentó volver a su rutina como si nada hubiera pasado, sin poder vencer del todo la inquietud por la visita de la tarde. Habían quedado para última hora, cuando se fuera todo el personal, en el despacho de Raúl. Trató de concentrarse en un nuevo proyecto de ayuda al desarrollo que se traía entre manos y realizó varias llamadas a la Oficina de Ayuda Humanitaria Internacional.
Hacía sólo unos pocos días que había ido, tan despreocupada, tan enamorada, acompañada de sus hijos, a la finca vinícola de su ex marido, con unas ideas innovadoras y decidida a meterse en el negocio del vino con su nueva pareja, cuando el hallazgo macabro de aquel tipo muerto había dado al traste con todo.
Iba a proponer a Manele destinar un espacio de la finca a cultivos experimentales para adaptar el viñedo a entornos desérticos. Estaba entusiasmada con ese proyecto cuando viajaron aquel día a la finca, lo encontraba factible, prometedor. Revisó el informe agrícola que había pedido al perito, un informe muy favorable. Sólo faltaba hacer los ensayos correspondientes y después intentarlo en el desierto, quizá en la misma aldea que había conocido.
Pero en aquel momento la prioridad era otra. Estaba impaciente.
A las ocho de la tarde todos los empleados empezaron a abandonar el edificio. Ella apartó sus papeles y se acercó a la ventana. Se veía a la gente muy pequeñita desde la planta treinta en la que se encontraba. Volvió a su escritorio.
Esperó sin paciencia, colocando nerviosa los objetos que tenía sobre la mesa de su despacho, primero de una manera y luego de otra.
La secretaria le anunció que había llegado la visita y salió a la puerta. Allí estaban Manele, su pareja y el enólogo.
Marcy indicó a la empleada que podía irse y los invitó a pasar al despacho de Raúl. Entraron y ella cerró la puerta con el pasador.


lunes, 27 de julio de 2015

Marcy (208)


Los niños llegaron al día siguiente en un taxi, sin el menor signo de perjuicio. Marcy los abrazó, al límite de la asfixia. Encontró a Pablo tan mayor como si llevara mucho tiempo sin verlo, tan serio y tan responsable como un hombre hecho y derecho. El pequeño, Manu, el mismo trasto de siempre.
Sintió un amor casi doloroso por sus hijos.
El mayor le tendió una carta que llevaba escrito: “Marcy”.
–Me la dio papá, es para ti.
La abuela estaba ansiosa por verlos y los acaparó pronto, presentándoles una bandeja de bollería que ella misma había preparado. Fueron detrás de ella hacia la cocina y Marcy se quedó parada, mirándolos, tan orgullosa que hubiera querido detener el tiempo para que no se hicieran grandes, para tenerlos siempre a su lado.

Abrió el sobre y leyó una nota de Manele, escrita con muy mala letra, que decía: “Tenemos que hablar. ¿Podéis recibirnos mañana en Greda? Confírmamelo. Es urgente”. Y Marcy cogió su teléfono móvil para contestar.

lunes, 13 de julio de 2015

Marcy (207)


No había logrado quitarse de encima la preocupación por haber dejado a los niños en la finca en semejante situación. Se sentía algo irritada, como con ganas de discutir.
Salieron del restaurante en silencio y se fueron al apartamento de ella.
Marcy había habilitado un dormitorio pequeño para su madre y, cuando llegaron, Amelia estaba trasteando por allí, limpiando y ordenando.
–Estoy muy entretenida, hijos –dijo, absorbida por sus tareas–. Deseando que vuelvan mis nietos mañana.
Marcy asintió y Raúl la miró, interrogante.
–¿Vamos a mi apartamento? Me he comprado una cafetera nueva, te invito.
Mejor así, le habían entrado ganas de pedirle alguna explicación a Raúl.
Bajaron por el ascensor a la vivienda de él. Marcy se lanzó al sofá mientras él manipulaba el nuevo cachivache. Hizo dos tazas de café muy oscuro y luego las vertió en dos copas grandes, añadió un chorro de whisky y un poco de crema en cada una.
–Quizá nos venga bien –indicó en voz baja.
Colocó cada copa en su posavasos, sobre la mesa, y le tendió a Marcy una varilla para agitar la bebida.
–Estás preocupada –dijo, mirándola con sus ojos verdes, algo sombríos.
–A ver, ¿no es para estarlo? Mira dónde tengo a mis hijos, mira lo que ha sucedido, mira lo que han dicho de ti.
A Marcy se le estaba haciendo más y más presente lo que el subdirector había hablado sobre Raúl.
–Yo también he cometido mis errores, ¿qué te creías? –dijo él, serio, mientras agitaba su copa –Son etapas en la vida, Marcy. Las cosas no son tan sencillas como tú piensas.
–Ya lo veo –dijo ella.
–Cuando yo empecé en la Duxa recibí mucho apoyo de León –dijo él, observando a través de la ventana el nuevo rascacielos en construcción–. Román, su hijo, y yo, fuimos los dos inseparables, candidatos a desarrollo, la clase alta de la compañía, los elegidos para llegar a la dirección.
Tomó un sorbo de la bebida caliente y se sentó a su lado, pasándole el brazo por los hombros. Ella no se movió.
–Tenía que habértelo dicho, lo reconozco. Después ya me di cuenta de los métodos del grupo de León, de los Totale, de dónde venía su poder y su dinero, de la droga, del tráfico de mujeres, de la delincuencia organizada. Y me fui apartando.
–Tú te beneficiaste de todo eso –dijo Marcy, perdiendo su vista en el vacío.
–Querida, no es tan sencillo, no.  Ese grupo también da trabajo a mucha gente, crea riqueza...
–Yo te tenía por una persona sensata –dijo ella, mirándole enfadada.
–Ya te digo que me aparté. Sólo que León me la guarda, porque el que llegó a la dirección fui yo. Román era muy impulsivo, problemático, ya te conté el escándalo de su titulación universitaria falsa. Los dueños de la Duxa no lo querían.
–Así que le debes el puesto a León.
–En cierto modo sí –dijo él con franqueza.
–Cuánta mierda por todas partes –dijo ella en voz baja.
Aún no estaba satisfecha.
–¿Y liarte con una casada?
Él la miró, extrañado, pero sabía de lo que hablaba Marcy.
–¿Cómo dices? Yo estaba libre y cuando me enteré de que estaba casada, ya me había metido de lleno. Además fueron sólo unos meses.
Raúl se mantenía sereno, a pesar del interrogatorio, y la estrechó con suavidad.
–Vamos a ver una película, ¿quieres? Es normal que estés preocupada.


lunes, 6 de julio de 2015

Marcy (206)


El banquete de bodas consistió en una comida encargada en un restaurante cercano, para los pocos que se quedaron con los novios después de la ceremonia.
Marcy hubiera querido marcharse también, no se sentía de humor.
Sirvieron un menú de crema de pescado y, como segundo plato, “carne de boda”, como Marcy siempre había llamado al clásico redondo de carne asada, cortada en lonchas y con su salsa encima. Se podía comer. Y para acabar una pequeña tarta con dos novios de plástico encima.
–Le agradezco, señorita, un millón, que se haya quedado –le dijo Rafa, cuando al final de la comida fue saludando a cada uno de los comensales.
Rafa estaba muy guapo, con su pelo rubio bien cortado, tan delgado y tan fino, era de esa clase de hombres a los que les queda bien el traje, parecía haber nacido con uno puesto. Le dio a Marcy una cajita con bombones y a Raúl un puro. Volvió a acercarse al oído de ella.
–Éste sí señorita, indudablemente, éste sí que sí –le dijo, y fue a ocuparse de otros invitados.
Pero Marcy no consiguió centrarse en la celebración ni participar en la alegría de los novios.
Laura e Isabel, sentadas a una cierta distancia, no paraban de chismorrear. Se habían puesto unos vestidos a media pierna, de raso demasiado brillante para aquella hora del día y se habían echado el joyero por encima sin contemplaciones.
Cuando Marcy se levantó para ir al cuarto de baño fueron detrás de ella a retocarse el maquillaje. Marcy las observó en el espejo manejando los cosméticos con precisión.
–Lo tuyo va viento en popa, chica. ¡Hay que ver! –dijo Isabel.
La rubia se apartó un poco del espejo y alzó el busto como si fuera a echarse a volar.
–¿Qué opinas? –preguntó por preguntar, porque se la veía exuberante.
–Estás estupenda, Isa, como que has crecido, ¿no?
–Hay que animarse, chica –dijo, mientras se estiraba la ropa y se echaba hacia atrás su melena rubia–. Mira a Laura, quién la ha visto y quién la ve.
Laura se maquillaba los labios en rojo fuerte, tan tersos y brillantes que delataban el artificio que llevaban dentro.
“Para mi gusto, excesivo”.
La aludida continuaba cargando una nueva capa de brillo de labios. Cuando acabó miró a Isabel a través del espejo.
–Nada, nada, para éxito el de Marcy –dijo, sonriente, estirando los labios–. Liada con el jefazo. ¡Toma ya!
No sabía cómo tomarse las chanzas de las amigas, sabía que iba a tener que soportar aquella clase de puyas.
–Ya, ya…–dijo la rubia–. Está bien bueno el jefazo, ¡sí que lo está! Tú sácale lo que puedas, no seas tonta.  ¿Ya dejó a la casada?
Por lo visto sabían de la relación de Raúl con la ex de Nacho, debían estar metidas en todas las comidillas de Greda.
Marcy no dijo nada. Incluso le pareció que el descaro de Isabel, antes tan fresco y natural, el que tanto admiró, escondía ahora una profunda insatisfacción, un resentimiento.
Salió del baño, casi sin responderles y se dirigió derecha hacia Raúl.

–¿Nos largamos, querido? Me está empezando a doler la cabeza.