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martes, 16 de octubre de 2012

Marcy (64)



Las secuelas de lo sucedido en el despacho del catedrático de economía no tardaron en aparecer. Estaba unos días después en su clase, como era habitual, a primera hora de la mañana y el docente traía bajo el brazo los exámenes de los alumnos.
Tenía por costumbre decir las notas en alto, en público, y pedía a cada uno que diera su opinión.
–Aprobado –dijo con frialdad el profesor, después de decir su nombre.
Ella sabía que la calificación debía ser superior. Hasta sus compañeros la miraron extrañados, porque les tenía acostumbrados a notas elevadas.
–Intentaré mejorar –respondió ella, seria.
Su compañera de mesa le dio un codazo y la miró extrañada.
–¿Qué paso? Ya te lo digo yo, que no tragaste.
Marcy no respondió, miró al frente para que su amiga no averiguara en su cara el disgusto que tenía.
Estudió como una mula aquella asignatura y en los exámenes siguientes el resultado fue siempre el mismo.
Pero no llegó a averiguar de verdad las consecuencias de su negativa hasta que llegó el ofrecimiento de entrar como alumno interno a la cátedra.
Ella se postuló, entre otros candidatos. Estar como interno en el departamento de economía era algo muy apreciado en la facultad, el marchamo de los alumnos más aventajados, muchas veces era el preludio para acabar como profesor en la Universidad de Greda.
Avisaron de que había salido la lista de los admitidos y fue corriendo con el corazón en vilo.
Desestimada. Había plaza para todos, pero a ella había quedado excluida.
Corrió hacia el despacho del profesor. Había varios alumnos esperando, pero ella no podía esperar más tiempo, pidió al primero de ellos que la colara y pasó dentro.
El profesor estaba sentado trabajando en su mesa y la miró por encima de las gafas.
–Debe haber habido un error, profesor, hay plaza para todos.
–Perdone, pero no hay ningún error, usted no entra.
Marcy le miró extrañada.
–Esto es…, por aquello –dijo él, crucificándola con los ojos.
Aquella mirada trasmitía perversidad.
Acababa de oír lo último que se esperaba.

martes, 9 de octubre de 2012

Marcy (63)



Marcy tuvo la sensación de que aquel profesor, uno de los más prestigiosos de la facultad, quería, mediante aquel ofrecimiento, saldar con ella una antigua herida.
Veinte años atrás aquel catedrático le había causado la mayor decepción que padeció en su vida de estudiante.
Creyó tocar el cielo cuando ingresó en la Facultad de Ciencias de la Empresa de Greda.
Toda su vida no había parado de oír los atropellos que sufrían los trabajadores, los horarios de trabajo abusivos, las horas extras sin cobrar, los despidos. Su padre habló toda la vida de aquellas injusticias, de la opresión que tenían que aguantar los obreros del metal, de la lucha sindical, los comités y las huelgas.
Tuvo conciencia desde pequeña.
Ella estaba convencida de que tenía que haber otra forma de hacer las cosas.
También estaba convencida de que no se podían tolerar las desigualdades, ni la pobreza, ni admitir que medio mundo tenía que morirse de hambre.
Estaba convencida de que era posible otro mundo más justo.
Entrar en la facultad era el primer paso serio para la acción. Sintió un respeto reverencial por el cuadro docente desde el primer día.
Por eso quedó desconcertada cuando uno de los profesores estrella, el catedrático de economía, el hueso de la facultad, la llamó para hablar sobre un examen que acababa de hacer, uno de los primeros del primer curso.
Todos los alumnos se fueron retirando del aula y quedaron a solas.
–Pase conmigo al despacho que tengo algunas dudas acerca de su calificación.
Entraron y él ocupó su puesto, en el sillón principal, ante la mesa. El mobiliario estaba algo desvencijado y la luz fluorescente destacaba algún desconchón de pintura de las paredes, causada por la humedad.
–Apague la luz, por favor y acerque aquí una silla.
Él encendió la lámpara que estaba sobre la mesa mientras Marcy se sentaba a su lado.
Sacó su examen de una carpeta y le echó una ojeada, ya estaba corregido.
–Esta pregunta le bajó nota, la contestación está incompleta –dijo señalándola con un bolígrafo que portaba en la mano derecha.
Y depositó su mano izquierda en la rodilla de Marcy. Ella se quedó rígida, inmóvil, no sabía qué estaba pasando. Pero él no retiraba la mano de la rodilla.
–Ese día me puse muy nerviosa –dijo temblorosa, sudando–. Sí, sí, estaba nerviosa.
–Pues no hay que ponerse así, Marcelina.
Llevaba una falda a la rodilla y el profesor movió su mano con intención, levantando el borde unos centímetros.
Las piernas de ella temblaban como si estuvieran haciendo el examen del carné de conducir.
No podía creer lo que estaba viendo, su profesor, tan admirado, un semidiós para ella. Con lo que había estudiado para quedar bien en su asignatura.
De un salto se puso de pie estirando la falda, las manos le chorreaban.
–Me perdone..., tengo que salir..., al cuarto de baño.
Salió zumbando de aquel despacho y ya no volvió a entrar.
Fue al aseo y se sentó sobre la tapa del váter para serenarse.
Había oído que esas cosas sucedían, incluso que había alumnas que compraban sus notas a cambio de favores sexuales. Y sabía que el profesor tenía fama de Casanova.
Pero no creía que pudiera ocurrirle a ella.
Le saltaron unas lágrimas de rabia, se las secó con la manga de la camisa y se fue a su casa.


martes, 2 de octubre de 2012

Marcy (62)



Recogió a los niños en el colegio y pasó con ellos una tarde tranquila, enfrascada en sus conversaciones infantiles. Les dijo que el padre no podría venir en vacaciones, a causa de su trabajo y no se hizo esperar el enfado y la rabieta del pequeño, que tuvo que contrarrestar con la ayuda de Pablo, el mayor, y con una sonora nalgada para el rebelde.
Cuando se acostaron los niños comenzó ella su preparativo. Se duchó y se arregló el pelo con pericia profesional. Se probó varios modelos, colocándose por fin el clásico pequeño vestido negro que le sentaba tan bien y unos zapatos de tacón. Se vistió encima un abrigo tipo levita que abrochó con sus alamares quedando bien ajustado a la silueta. Se encasquetó el gorrito y cambió sus pendientes de bola por unos aretes grandes de color negro. Un poco de maquillaje, la raya en el ojo y el rojo de labios y se encontró tan bien en su piel como nunca se había sentido. En cuanto llegó la chica envolvió el pañolón alrededor de su cuello y se marchó de la casa con la agradable sensación de haber retomado el control de su vida.
El restaurante seleccionado fue el Número Dos, uno de los más recientes de la Milla de Oro de Greda, en la planta superior del último rascacielos construido.  Dejó el coche en el parking y tomó el ascensor que se elevó a toda velocidad hasta el tope, abriéndose la puerta en la recepción del local.
Toda la ciudad, iluminada, quedaba a sus pies y, en las alturas, los colosos de hormigón y, entre todos ellos, el Zeol Center y su rival legendario, el Trass Building, parecían aquella noche haber firmado un armisticio y brillaban los dos en armonía, formidables.
Distinguió a algunos de sus camaradas tomando el aperitivo en la barra y, en medio de ellos, a Rafa, que acababa de llegar.
–Señorita, está usted guapísima, aún inclusive más de lo habitual, que ya es mucho –le dijo poniéndose colorado como un tomate.
Se acercó al grupo sintiéndose fuerte y serena, saludó a todos despacio, uno a uno y, una vez llegados todos los comensales, tomaron asiento en una magnífica mesa redonda. Rafa se colocó enfrente de ella y a su lado un compañero y al otro uno de los profesores de máster.
Se sucedieron sobre la mesa deliciosos entrantes del gusto de la nueva cocina como diminutas porciones de pescado al estilo oriental, bolitas de carne trufada, foie en salsa aromática, hortalizas miniatura y otras delicadezas cuyos nombres iban anunciando los camareros como si fueran actores de una obra de teatro. 
Marcy eligió como plato principal cerdo salvaje hojaldrado acompañado de una copa de vino selecto y, de postre, un helado amarillo depositado en una copa alta, engalanada con una peineta de almendra.
–Esto da pena comérselo –dijo, mordisqueando el crujiente.
Pendientes de las exquisiteces que desfilaron por la mesa, dejaron la hora del café y los licores, para hablar de los estudios y los proyectos laborales de cada cual.
La conversación se había animado y distribuido en pequeños grupos. El profesor sentado al lado de Marcy, uno de los de mayor edad, aprovechó para dirigirse a ella en particular.
–Perdone, estos días no ha acudido a las clases y no se habrá enterado, pero les he presentado a sus compañeros una propuesta para realizar un trabajo de investigación conjunto con otras universidades, que puede ser muy positivo de cara al futuro. Usted es una de las mejores alumnas, y domina el inglés. Pienso que podría interesarle.
Fue su padre quien la había metido a aprender inglés desde muy pequeña y se manejaba en el idioma incluso mejor que Manele.
–Habría que viajar a Brexals, sólo durante tres días, para reunirse con el resto de colaboradores, pero la universidad correrá con los gastos. Es un trabajo sobre mujeres empresarias en países en desarrollo. Le vendría muy bien participar, Marcelina, subiría su calificación final. ¿Qué le parece?, es para el mes de junio próximo.
Marcy se dio cuenta de que una oportunidad así podía ser única en la vida. No podía desaprovecharla. Dijo que sí.
Sólo tendría que organizar esos pocos días la vida hogareña con la ayuda de la canguro.
El profesor quedó muy satisfecho con su reacción.
–He visto que su currículo es nulo desde que terminó sus estudios de grado. Supongo que por culpa del matrimonio y los hijos. Es lo que les pasa a todas.
Ella asintió. El profesor entendía bien los problemas de las mujeres.
Un rato después se sentó al lado de Rafa. El bedel no había perdido ripio de la conversación y la felicitó por aceptar el reto.
–Ya sabe que puede contar conmigo, señorita, para todo lo que usted pueda necesitar.
Rafa parecía bastante cómodo entre los estudiantes, apenas se le notaban sus manías. Hasta se atrevió a hacerle una confidencia muy personal a Marcy.
Adoptó, de pronto, un aire serio y se sujetó la cabeza con la mano, como pensando.
–Señorita, yo he sufrido mucho, hace un año que se murió mi novia en un accidente de tráfico, no me había atrevido a decírselo. Por eso procuro salir siempre que me invitan y lo voy superando poco a poco.
Quedó cabizbajo un momento y luego levanto la cabeza mirándola con delicadeza.
Ella quedó impresionada por la entereza y la sensibilidad de él.
Las notas de una música suave los envolvieron como si fueran los únicos seres vivos sobre la tierra, dos corazones heridos.
Ella le correspondió con otra confidencia.
–Te comprendo Rafa, yo también sé lo que es estar sola, llevo ya un tiempo viviendo separada de mi marido.
Marcy se percató al momento de que aquello podía prestarse a un malentendido, pero no dijo nada más.
Eran casi las tres de la madrugada cuando decidieron terminar la agradable velada y Marcy cogió su vehículo para volver a casa sintiéndose en la cima de su pequeño universo.
Pero no le diría nada a Manele del trabajo de investigación, ni del máster, ni de Rafa, por no preocuparle, ya vería la manera de hacerlo más adelante.

martes, 25 de septiembre de 2012

Marcy (61)



Los días previos a las fiestas recibió varias cartas del banco que informaban de transferencias de su marido por una suma total muy elevada, muchísimo más de la cantidad habitual, y desglosada en muchos envíos diferentes.
Recibió también una carta certificada de Manele, con las especificaciones que él le había anunciado, pidiendo que la destruyera después de leerla.
Le indicaba que en lo sucesivo iba a recibir en la cuenta corriente dinero proveniente de unas donaciones de fondos que había captado en Brexals. Decía que era conveniente enviarlo fraccionado para evitar así pagar un exceso de impuestos, ya que las pequeñas cantidades pasaban desapercibidas para el fisco. Manele le pedía que fuese retirando ese dinero, poco a poco, del banco, y guardándolo en casa, en la caja fuerte.
La complicidad y la confianza que su marido le demostraba borraron de un plumazo su preocupación por las revelaciones de Laura.
Incluso le permitiría algún desliz, tan frecuente en hombres de negocios que viajan con frecuencia por períodos largos. Algo normal.
Isabel se había separado, eso era cierto, y era de ese tipo de mujeres que, cuando están sin pareja, son un peligro para los matrimonios, una depredadora.
Además Marcy intuía que Manele le gustaba a la rubia desde hacía tiempo, nada de particular, porque estaba considerado uno de los tipos más atractivos de la Duxa, incluso de Greda. Le gustaría a ella como a tantas otras.
A la inversa, también podría ser, porque a Manele le gustaban todas las guapas.
Pero de ahí a creer que mantenían una relación seria, eso era llegar demasiado lejos.
Podría ser que Laura hubiera tomado por realidad alguna fantasía de Isabel, o que quisiera ajustarle las cuentas por sus rencillas de toda la vida.
Justo antes de aquellas vacaciones se pasó un día, como por descuido, delante de la sede de la empresa de Manele, el mítico Zeol Center, el rascacielos dominador de la Milla de Oro de Greda.
Se hizo la encontradiza con unos de los ejecutivos cuando lo vio abandonar el edificio a la hora de salida del trabajo. Apenas se conocían, pero ella se atrevió a abordarle y sacarle el tema, como al descuido, de la Unidad Internacional.
El hombre le confirmó que la Unidad de Brexals estaba soportando mucho trabajo y que arrojaba unos resultados inmejorables.
No le extrañó la comunicación de Marcy de que Manele no vendría en vacaciones.
–Está ocupadísimo, lo sé, hablamos todos los días. Tienen que preparar de forma inminente una presentación al más alto nivel, pienso que ninguno de ellos va a tomar vacaciones.
Quedó encantada del informe del ejecutivo, oyó lo que quería oír.
Después de despedirlo entró a tomar un reconfortante café y, con el ánimo recobrado, tomó el móvil buscando a Rafa en la agenda.
–Señorita, ¿es usted? ¿Le ocurre algo malo? Ya estaba a punto de llamarla.
–Nada de preocupar, Rafa. Sólo que estuve con una gripe muy aguda, con fiebre, y tuve que guardar cama. Me incorporaré de nuevo al máster después de vacaciones.
–Sus compañeros me preguntaron por usted, porque han organizado una cena para hoy. Contaban con usted. Aún inclusive me han invitado a mí también. ¡Han sido tan amables! Pero no sé si me atreveré a ir, fundamentalmente por si me veo fuera de lugar.
–Rafa, sería estupendo que fueras, si tú te animas, yo también voy. Llamo a la canguro ahora mismo.
Sí, le vendría bien salir, despejarse, celebrar las buenas noticias y relajarse un rato.
Tomó nota del restaurante y aprovechó la visita a Greda para comprar algún capricho nuevo, quería renovar su imagen.
Entró en una tienda pequeña de complementos y se compró un pañolón grande, de última moda, y un gracioso gorrito de punto bajo el cual caía, en cascada, su cabellera negra con mechas rojas. Le encantó su apariencia, más juvenil y bohemia, quedaría fenomenal para una cena con sus camaradas.
Poco después de regresar a casa sonó el timbre, era la vecina de al lado. En ausencia de Marcy había llegado un envío y se lo habían confiado a ella, como otras veces. Era una preciosa docena de rosas rojas recogidas con un lazo de raso color fucsia, las colocó en agua en seguida. Traían por único mensaje, escrito en una pequeña tarjeta: “De tu marido”. La tarde no podía apuntar mejor.


martes, 18 de septiembre de 2012

Marcy (60)


A partir del día en que Laura le comunicó aquel espantoso chismorreo sobre la supuesta infidelidad de su marido, Marcy decidió no volver a sus clases de la universidad y se tomó las vacaciones por anticipado. Había perdido la concentración por completo. 
Al día siguiente del encuentro con Laura llamó a Román al estudio de arquitectura, buscando su número en el listín telefónico.
No estaba, se encontraba trabajando fuera y, tras mucho rogarle al secretario consiguió su teléfono móvil.
–Perdone, ¿es usted Román? ¿Puede atenderme un momento?
Recordaba que el arquitecto trataba de usted a casi todo el mundo.
Hacía tiempo que no se veían salvo encuentros ocasionales por la calle o en el centro comercial de Mazello.
–Soy Marcy, no sé si se da cuenta de quién soy.
–Sí, señora…. ¿Qué puedo hacer por usted?
–Verá, hace un tiempo que no consigo contactar con Isabel, no me contesta al móvil.
–Me temo que no podré ayudarla. Hace un mes que ya no vivimos juntos –dijo con frialdad–. Incluso ha debido trasladarse al extranjero, pero no puedo decirle nada más.
–¡Ah! Lo siento, no lo sabía, lo siento mucho.
Su corazón se encogió ante la información del arquitecto y comenzó a despedirse farfullando disculpas sin sentido.
–Adiós, Marcy, pero si usted sigue siendo amiga de esa señora no tenemos nada más que hablar –dijo taxativo interrumpiendo con brusquedad la conexión telefónica.
Marcy se quedó como abobada, con el auricular en la mano.
“¿A ver si iba a ser verdad?”.
La cruel sospecha martilleaba en su cerebro impidiéndola pensar con claridad, no podía vivir con aquella duda por más tiempo, era preciso aclararlo todo cuanto antes. Llamó repetidas veces al móvil de su marido, sin resultado. Estaría ocupado en alguna gestión importante, no había que apurarse, al final aquella horrible incertidumbre quedaría resuelta de un plumazo. Otras veces había sucedido así y sus temores se habían demostrados locos, infundados.
El propio Manele llamó a su domicilio aquella misma noche y pasó un largo rato de charla con los niños, que le explicaron sus adelantos en la escuela y en los juegos de la consola que el padre les había regalado.
Cuando la madre tomó el teléfono le notó sereno, correcto, como él sabía serlo.
–Marcy, por desgracia, no podré ir estas vacaciones. Tenemos tanto trabajo que me va a ser imposible.
Ella no protestó simulando toda la tranquilidad de que fue capaz y le preguntó los motivos otra vez con fingido aplomo.
–Ya te explicaré, pero atiende a los extractos del banco los próximos días. Te daré instrucciones precisas. Un abrazo, cuida bien a los nenes. Ciao.
Colgó el teléfono sin saber qué pensar.
Laura había acertado en su predicción, no se podía negar, aquella mujer parecía dispuesta a amargarle la vida.


martes, 11 de septiembre de 2012

Marcy (59)



El resultado de la crisis de Imomonde no fue, para Manele, tan grave como él se figuraba. La sociedad quedó zanjada y su puesto en la Duxa no sufrió ninguna alteración. Todo lo contrario, estaba bien visto en la compañía y era candidato a desarrollo. Un ejecutivo que era punta de lanza de la división financiera de la Duxa Limited.
Lo otro, mejor olvidarlo, que no dejara secuelas.
Fue en el Café de la esquina donde Marcy se enteró de las consecuencias del jaleo de Imomonde.
Habían quedado como siempre, y nada hacía presagiar el más mínimo disgusto; todo lo contrario, el ambiente estaba tan distendido como siempre.
No obstante Marcy estaba alerta, a la espera.
Su marido había salvado su plaza en la Duxa, pero no sabía si había habido consecuencias para los otras dos, los maridos de sus amigas.
Había acudido, con su hijo en el carrito, a encontrarse con ellas.
Por entonces Laura se encontraba trabajando en el Centro Social y estaba embarazada de su primera hija. Isabel, libre de cargos de todo tipo, no hacía otra cosa que vivir la vida y cuidarse como una reina.
Tan despampanante como siempre, Isabel le soltó, así de sopetón, la noticia bomba.
–Román ya no está en la Duxa. Y Lucas, tampoco.
Isabel no solía hablar del trabajo de su marido.
Laura, estaba gestante y afectada por un estado de placidez y parsimonia, en el que todo le daba igual, bastante ajeno a su carácter.
–Yo ya le digo a Laurita que no hay ningún problema, Lucas ha vuelto a su oficina y listo.
Marcy no se atrevía a meter baza. Se puso a preparar un biberón al niño para escurrir el bulto.
Pero apreció cierta nerviosidad en Isabel, mal disimulada.
–Para Román mejor, eso que conste. Buena gana tiene de estar de asalariado. Yo ya se lo dije: “Tú a tus negocios particulares”.
Laura estaba con las manos cruzadas sobre la panza, algo adormecida.
–Yo mientras no falte para comer, me conformo –dijo–. Déjame al bebé, que yo le dé el biberón.
Marcy le pasó al niño. Se encontraba insegura respecto a Isabel, no sabía qué demonios estaba pasando.
–Tu marido, el que mejor. El otro día se pasó por el estudio de Román. Muy majo, tu marido, muy majo –recalcó la rubia.
Marcy se sintió alarmada por aquel comentario.
Román tenía en Mazello su propio estudio de arquitectura, en un chalet moderno, hecho por él mismo. Por su parte, Laura vivía en un piso como otro cualquiera, como el de Marcy.
–Así que estuvo por tu casa.
–Sí, para arreglar algunos flecos con Román. Es un amor de chico. Tomamos unas copas juntos.
Desde que escuchó las observaciones de Isabel acerca de su marido se formó en el cerebro de Marcy como una neblina que le impidió enterarse de nada más y volvió a su casa, empujando el carrito del bebé, medio confundida.
Aquel día ni siquiera la carita del niño, que era su solaz, su refugio más querido, sirvió para disipar aquella neblina.
Estaba atenta a la llegada de Manele, tenía que preguntarle.
Cuando él regresó de su trabajo estaba algo sombrío. Se metió a ducharse y salió para cenar, sin hacer caso ni al niño ni a ella.
Marcy no pudo contenerse más tiempo.
–Me dijo Isabel que estuviste en su casa, no me lo dijiste.
Quizá se notó en su tono de voz una reclamación sutil.
–¿Es que tengo que darte cuenta de dónde voy?
Él no estaba para reclamaciones, pero ella no retrocedió.
–Es que no lo sabía, y siempre me gusta saber por dónde andas.
–Sí, estuve en su casa, tenía que hablar con Román.
Ya había acabado la cena y encendió un cigarrillo.
–Esa Isabel es una mujer con clase, sin duda. Pero no está casada con él. Fíjate qué raro. Yo ya le dije a Román que se ande con cuidado, porque una chulaza así peligra.
A Marcy le hizo un daño atroz aquella apreciación de su marido.
–Tú lo que tienes que mirar es lo que tienes en casa, ¿o es que no te basta?
Ya no tuvo reparos en discutir, pero él se mantenía tranquilo, apagó su pitillo y se levantó.
–¿Ya está tú con tus cosas? No me gusta que me controlen, ya lo sabes.
Le dijo hasta mañana y desapareció pasillo adelante, mientras Marcy se quedó pensativa, recogiendo los platos, pensando en qué rayos estaba pasando.
Se estaba dando cuenta aquel día de que la magia y el embobamiento de felicidad, que la había eclipsado durante un tiempo, había tocado a su fin.

martes, 4 de septiembre de 2012

Marcy (58)



Marcy no sabría indicar, a ciencia cierta, cuándo algo empezó a torcerse en los negocios de su marido, y él comenzó a mostrar de su mal genio. Cada vez más irascible y huraño, ya ni siquiera su hijo le sacaba de aquel estado.
Las ligaduras con Marcy y su pequeño, hasta entonces dulces y tiernas, se transformaron en una pesada carga, en una atadura, y ella no veía la manera de hacer que las cosas volvieran a ser como antes, cuando eran felices.
La evitaba. Parecía un hombre a la fuga.
Hasta que un día, de golpe, igual que había empezado, la buena racha se terminó y la sociedad inmobiliaria tuvo que disolverse.
El recuerdo del día que se extinguió Imomonde quedó grabado en la memoria de Marcy para siempre.
Manele regresó aquel día más tarde de lo acostumbrado, furioso y triste.
–Quién me mandaría a mí meterme en ese jardín.
Estaban cenando, sin mirarse, enfrascados en sus pensamientos, metidos de lleno en la soledad terrible que se da a veces en las parejas.
El niño estaba en su cuna, dormido.
–¿Ocurre algo malo?
–Qué va a ser, fíjate, el capullo de Román, ese cabronazo nos ha vendido.
Por la clase de sus improperios Marcy supo que había ocurrido algo grave.
–Estamos en los tribunales por su culpa.
Marcy se alarmó de verdad, le miró extrañada.
–¿Qué te creías? ¿Qué iba a ser todo tan fácil? Tú, como estás aquí con el niño, tan tranquila, y el dinero te llega a manos llenas…
Manele había levantado algo el tono de voz.
Marcy tuvo miedo a una discusión y se mantuvo callada, tranquila.
–No te echo la culpa, no –dijo él–; es Román el culpable, el que me iba a hacer rico, el que casi me mete en la cárcel. ¡Tú, fíjate!
Su rostro expresaba sarcasmo y desprecio por el aludido.
–Los abogados de la Duxa dicen que nos van a sacar del paso pero, de momento, estamos empapelados.
–Todo va a arreglarse, cariño. Nos arreglaremos con menos, tú no te preocupes.
Él ya no dijo nada más y se acostó con el ceño fruncido.
Como para haberle dicho en aquel momento que estaba esperando su segundo hijo.
No, mejor dejarlo para otro día.