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lunes, 14 de abril de 2014

Marcy (142)



–¿Qué tal, Rafa? Te tengo muy abandonado, la verdad, pero es que me ha ocurrido de todo, ya te contaré.
Marcy había llamado por teléfono al bedel para quedar con él y cerrar ya el trabajo Fin de Máster, porque ya se estaba agotando el tiempo para su presentación.
–¿Me ayudarías con el trabajo, Rafa, si eres tan amable?
–Por descontado que sí, señorita, lo que usted diga, de mil amores.
–Si te parece, quedamos mañana por la tarde en la guardería, para que puedas revisar los libros de registro y coger todos los datos que hagan falta. ¿A las cinco?
–Perfectamente, allí estaré, recuerdo la dirección. Hasta mañana, señorita.
Tenía cierta aprensión ante el encuentro con Rafa, sobre todo si le contaba lo que había ocurrido con su trabajo, cómo la habían expulsado y cómo había vuelto y con qué clase de encargo.
Llegó al centro infantil y poco después apareció Rafa. Charlaron un rato con Arcadia y después ésta volvió a sus ocupaciones.
–Esta empleada me parece muy competente, señorita, muy adecuada para el trabajo, ha acertado.
Pasaron al cuarto de administración donde revisaron la contabilidad y copiaron los datos necesarios en la fotocopiadora.
–Todo esto tiene muy buena pinta, su trabajo va a quedar redondo –Rafa quedó en suspenso unos segundos–. Indudablemente, ha tenido suerte con su empleada.
Marcy no supo a ciencia cierta el motivo de que una ráfaga de celos la atravesara por sorpresa, unos celos carentes de fundamento, porque ella no amaba al joven.
Le sorprendió reconocer aquel absurdo instinto de posesión.
–Rafa, ¿me acompañas a recoger a los niños? Después podemos pasar por mi casa para meter estos datos en el ordenador.
–Lo que usted diga, señorita.
A la salida del cole anunció a los niños que un compañero de su trabajo tenía que ayudarla en casa.
–Se llama Rafa –anunció Marcy señalando en dirección al bedel.
Los niños nunca le habían visto porque las pocas veces que había ido a la casa de Marcy los pequeños ya estaban dormidos en su cuarto.
Manu lo miró con recelo, como si viniera a competir con su padre, el cual se había vuelto a marchar a Brexals al día siguiente del accidente.
–Eres más feo que papá –dijo Manu tan campante.
Pablo miró a la madre y Marcy percibió la aprobación en los ojos del niño.
–No es tan feo como tú dices, Manu –dijo Pablo.
Los niños iban delante de ellos caminando despacio, remoloneando, mientras porfiaban.
Llegaron al piso y tomaron algo de merienda y, mientras los peques se pusieron con sus tareas, los mayores atacaron las suyas hasta que quedó el trabajo Fin de Máster sólo pendiente de las últimas conclusiones.

–Va a ser el mejor trabajo de todos, señorita, indudablemente, porque sé lo que están haciendo sus compañeros y no le llegan ni a la suela de los zapatos. Le darán el primer premio.

lunes, 7 de abril de 2014

Marcy (141)


De pronto, Román, ya bastante ebrio, derramó la botella de vino que tenía delante y comenzó a secar el líquido caído sobre el mantel con su propia servilleta. Tomó ésta, ya bien impregnada y tintada por el vino y, lleno de rabia, se la lanzó en toda la cara a Manele, mientras se ponía de pie con dificultad.
–Sinvergüenza –le dijo–, a ti te voy a partir el alma.
Todos quedaron en silencio, incluso los niños que, asustados, se dirigieron hacia sus madres, a refugiarse.
Manele se puso en pie, enfrente de su oponente.
–¿O es que te voy a tener que pasar así como así quitarme a mi mujer? ¡Sal ahí fuera, canalla, que te voy a reventar! –continuó Román.
Se apartó de la mesa y se encaminó hacia la salida, que ya los niños habían dejado libre.
Lucas farfulló unas palabras de calma hacia Román, el cual giró sobre sí mismo para ver si su rival le seguía. Manele inició la marcha detrás de él, con talante serio, pero determinado a hacer lo que su antiguo socio le estaba pidiendo, mientras no le perdía de vista ni un solo instante.
Román retomó el movimiento de salida, medio tambaleante, cuando, al bajar los escalones, perdió pie y se derrumbó hacia atrás de manera brutal, dando un tremendo golpe su cabeza contra el bordillo del primer peldaño. El golpe resonó en toda la sala y él quedó yerto, inmóvil, deslizándose por su propio peso, escaleras abajo, hasta quedar detenido, como muerto.
Los demás se agitaron a su alrededor. Un hilo de sangre caía por el orificio auditivo izquierdo, formando pronto un pequeño charco en el suelo.
–¡Llamen una ambulancia, por favor!, ¡llamen! –gritó Isabel fuera de sí.
–Es rotura de cráneo, fijo –dijo Lucas con seguridad–. Cuando sale sangre del oído ponte en lo peor.
Manele, en derredor del herido, parecía no saber como reaccionar. La mirada del caído, con los ojos abiertos, petrificaba. Apartaron a los niños para que no vieran lo sucedido.
–Sólo está un poco malito, se ha mareado –explicó Marcy a los pequeños.
Cuando llegó el servicio de emergencias sólo habían trascurrido unos diez minutos. Rodearon al enfermo y chequearon su estado con la facilidad de quienes se enfrentan a diario con la muerte y empezaron a medicarlo a través de un catéter.
–Trauma craneoencefálico. Posible fractura de cráneo. Estado de coma –dijo el médico. Lo instalaron en una camilla y salieron a toda prisa hacia el Hospital Central de Greda.
Determinaron con rapidez que Laura y Lucas llevaran a su casa a los niños, mientras Manele, con Isabel y Marcy, tomaron un taxi, el cual siguió con agilidad a la ambulancia hacia el centro sanitario.
Cuando llegaron al Servicio de Urgencias el herido ya estaba siendo atendido por los galenos y les indicaron que debían esperar información en la sala de familiares. Al poco tiempo el jefe de la unidad solicitó que pasaran los tres a una salita.
–Tengo que saber qué es lo que ha ocurrido, señores –preguntó.
–Una caída fortuita, doctor. Una verdadera desgracia –respondió Manele con convicción.
Las mujeres confirmaron el hecho. El médico explicó que el escáner indicaba hemorragia cerebral y fractura de base de cráneo, de un pronóstico incierto.
Isabel rompió a llorar mientras el especialista reveló que el tremendo golpe asestado por el borde del escalón había causado un trauma muy grave y que podría incluso fallecer en las horas siguientes.
–No hay duda acerca de la causa accidental, por los datos de la exploración y el informe de ustedes. No hay indicio alguno de violencia, pero debo dar parte al juzgado. Señora, haremos por él todo cuanto nos sea posible, ingresará en intensivos.
La rubia se desplomó en los brazos de Marcy y ésta, olvidando por un momento el pasado, la consoló.
No habían pasado más de tres horas de su ingreso en el hospital cuando los padres de Román llegaron desde Lederia en su jet privado.
No cruzaron palabra con los amigos que esperaban consternados a la puerta de la unidad de intensivos, y entraron con autoridad en la consulta médica. Iban acompañados por un hombre que vestía un elegante traje y portaba una cartera de trabajo. Ni siquiera se dirigieron a Isabel. Marcy pudo observar, a través de la rendija de la puerta del despacho del médico, cómo éste daba explicaciones con aire de preocupación, mientras los recién llegados le exigían, pero al poco la puerta se cerró con estrépito y no se enteró de nada más.
–La llevaré a casa, Manele –dijo Marcy–, tú puedes quedarte aquí por si sucede algo, nos comunicamos por el móvil.
Salieron las dos hacia la casa de Isabel en un taxi, en cuyo trayecto Marcy avisó a los familiares de ella para que acudiesen a hacerle compañía.

Había que buscarle ayuda, pero Marcy ya había cumplido su cometido. Era suficiente, más que suficiente.

lunes, 31 de marzo de 2014

Marcy (140)


–Hay que ver… ¡Otra vez juntas, chicas! –dijo Isabel, eufórica, tendiéndole a Marcy una copa de vino con ademanes tan refinados como los de una estrella de cine– ¿Cómo estás?
A mí ya no me engañas, bruja, te conozco”. Compartió bebida con las que fueron sus amigas y el pasado vivido con ellas le pareció tan remoto y extraño como si no le correspondiera.
Le dirigió a Isabel una mirada casi pérfida y le contestó al saludo.
–No tan bien como tú.
Y bebió semejante trago de vino que casi vació la copa.
Laura, vestida con una falda gris y una blusa azul, parecía la asistenta de Isabel. Ésta iba impecable en su vestido ajustado de corte perfecto, color fucsia, y movía su melena haciendo tintinear sus joyas sin parar. Nunca pasaba desapercibida.
Los hombres, que hacían al lado otro grupito, no iban a la zaga en su imagen personal. Aunque dentro de un estilo casual, la calidad de las telas y colores, los perfectos cortes de cada pieza, demostraban a las claras la más alta selección. En este terreno competían sobretodo Román y Manele; Lucas, tanto por su tipo más orondo, como por su manera de ser en ese particular, no llegaba a la altura de los otros dos.
Marcy no se involucró en la conversación de ellos, fútbol y coches de lujo.
Los niños correteaban sin descanso alrededor de la mesa, disputándose los juguetes, y los mayores hacían tiempo, hasta que Pancho anunció que podían sentarse para comenzar la cena. Los pequeños fueron instalados en una mesa redonda, mientras los seis mayores se colocaron en la gran mesa central rectangular. Cada lugar estaba establecido en un cartelito donde también figuraba el menú.
Pancho les había preparado el menú especial de la casa, largo y estrecho, con infinidad de platos de los mejores de la cocina tradicional que era su punto fuerte, pero presentados en racioncitas minúsculas para no cargar el estómago: carne de buey, pescado al horno, verduras y patatitas nuevas, recien recolectadas de la huerta del propio restaurante.
–Vais a disfrutar de lo lindo. ¡Por los viejos tiempos! –dijo el restaurador.
Todos entrechocaron sus copas sonrientes, después Pancho sirvió la cena.
Pancho colocó todas las raciones en el centro de la mesa, dando lugar a un incesante y alegre movimiento de los comensales para tomar cada uno su porción, mientras, el vino tinto, rosado o blanco, según cada plato, corría a buen ritmo, sobre todo entre los hombres. En la mesa contigua los pequeños disfrutaban de sus platos favoritos, que Pancho les había preparado sólo para ellos.
Llegó un momento en que parecían disolverse los años de distancia trascurridos desde la época de Imomonde.
Ya estaban concluyendo la cena con una variedad de helados y pastelillos, cuando Manele se puso en pie porque quería anunciarles algo.
–¡Perdonadme chicos! Sólo un momento para decir que tengo el gusto de presentaros a la nueva gestora de fondos internacionales, ¿verdad, Marcy? Vamos, no seas tan discreta y dinos unas palabras.
Ella se levantó, jaleada por la concurrencia, sin saber por dónde salir del aprieto.
–¡Que hable!, ¡qué hable! –dijeron los demás.
–Pues bueno, yo no tengo ningún mérito en ello, pero esperamos hacerlo lo mejor posible y obtener grandes beneficios para todos.
Un cliché como otro cualquiera. No sabía por qué Manele la hacía salir al ruedo con aquel descaro.
–¡Qué callado te lo tenías, pillina! Cuidado, Manele, que tu mujer va a mandar más que tú…–dijo Román entre risitas.
El arquitecto lanzó la cuchufleta dando muestras de un ya evidente estado de embriaguez, sus ojos brillantes y su apariencia acalorada le delataban.
Marcy notó un temple de confrontación en Román, oculto debajo de su broma.
–Pondré todo mi empeño en este nuevo proyecto –prosiguió Marcy–, y aprovecho para deciros que estoy muy contenta de que nos reunamos de nuevo toda la panda, aunque sea con algún kilito y alguna cana de más.
La chanza levantó carcajadas y todos brindaron por el reencuentro.
Los pequeños ya alborotaban con sus juegos, instalados en unos escalones descendentes que daban a la puerta de salida de la sala, brincando de uno en otro por ver cuál abarcaba más de un solo salto.
La conversación de los padres crecía en volumen, favorecida por los chupitos de licor que Pancho repartió con generosidad, ya que todos volverían a su casa a pie. Fueron desgranando recuerdos de antaño, alternando con chistes subidos de tono, y la reunión llegó a un punto de euforia y hermanamiento entre las tres parejas.

Parecía que el tiempo no hubiera pasado, que volvían a ser jóvenes de nuevo.

martes, 25 de marzo de 2014

Marcy (139)


Había llegado el día fijado para la cena de amigos y ella, ya a primera hora, recibió la llamada de Manele para recordárselo. Iba a celebrarse en el bar de Pancho, un antiguo amigo de la infancia de Manele que, por coincidencias del destino, había puesto aquel sencillo restaurante de comida casera en Mazello.
Al correr de los años se había convertido en el clásico local muy arraigado en la zona, donde las familias acudían a degustar el menú, sobretodo los fines de semana.
Allí tuvieron lugar muchas comidas y cenas festivas cuando, años antes, los socios de Imomonde y sus familias, se reunían para compartir negocios y tiempo libre. Marcy echaba de menos aquella unión que los jóvenes matrimonios, con sus hijitos pequeños, disfrutaron en aquella época, cuando se estrenaban como padres y comenzaban ellos a despuntar en los negocios de la mano de Román.
Los maridos se habían conocido en la Duxa Limited, pero lo que de verdad entabló aquella complicidad fue el compartir la aventura de la inmobiliaria.
Mientras preparaba a los niños con sus mejores ropas no podía dejar de recordar aquellos tiempos. Después todo se había complicado tanto que su vida poco tenía que ver con la de entonces, cuando formó su propia familia y sus padres estaban sanos y eran aun jóvenes.
Le sobrevino de refilón la imagen de la cara de su padre, casi convertida en una calavera. “No quiero pensar en eso, ahora no”.  Lo determino, con firmeza, con resolución.
No se sentía con el ánimo suficiente para lucir un atuendo rompedor, de manera que se vistió unos pantalones vaqueros de diseño, de color blanco y los combinó con blusa también blanca, botas camperas y el cabello suelto rodeando su cara, muy morena tras aquel ardiente verano. Se maquilló en tonos tostados, naturales y puso un poco de brillo en los labios.
Salió con los niños poco antes de las ocho de la tarde, cuando aún era pleno día, y caminaron los tres hacia el restaurante entre los paseantes, sobretodo familias, que aprovechaban los últimos días de buen tiempo antes del otoño.
–¡Mami!, ¡estás guapísima! –dijo Pablo– ¡Eres la mamá más guapísima de todas las mamás que hay en el mundo!
–¿Y papi?, ¿va a venir, mami? –preguntó el menor– ¡Dijo que iba a traerme un juego nuevo!
Estaban impacientes ante la perspectiva del encuentro con su padre.
–Cuando érais así de pequeñitos –Marcy marcó entre sus manos una distancia como del tamaño de un bebé–, íbamos casi todos los fines de semana a este restaurante donde vamos hoy. Allí os daba mamá los potitos y el bibe y dormíais en vuestro cochecito.
Hizo el gesto de succionar un biberón imaginario, en plan de broma, y los niños se desternillaron de risa, y ella espantó, por un momento, la inquietud que sentía.
Cuando llegaron un camarero los dirigió hacia el comedor donde ya se encontraban los amigos. Los mayores departían de pie, con una copa de vino cada uno que acababan de tomar de un aparador, mientras las niñas de Laura correteaban por la estancia, salvo la mayor, cerca de los padres, en su silla de ruedas.
Los pequeños se lanzaron a abrazar al padre, quien de inmediato extrajo de su cartera de trabajo unos regalos que causaron sensación.
Marcy comenzó a saludar a las dos parejas, enfrascadas ya en el aperitivo, y luego se acercó a su marido y le dio un sencillo beso en la mejilla mientras decía, sin pensar, frases hechas: “Qué tal”, “cómo estás”. Se encontró irreal, fuera de lugar, tuvo que poner los cinco sentidos para no desplomarse. Y de García y su familia, ni rastro.


lunes, 17 de marzo de 2014

Marcy (138)


Extrajo las fotocopias de los documentos hallados en el fax de Nacho y se los dio al director.
–Están enviados por el subdirector de esta compañía a Lank Corporate, su competencia.
El directivo quedó abstraído unos minutos examinando los papeles con todo detalle.
–No sabe el bien que me está causando, Marcy, creía que nunca obtendría las pruebas y… ¡aquí están!
Quedó pensativo unos instantes, apoyando su mentón sobre su mano derecha mientras con la otra sostenía los folios, en lo que a Marcy le pareció un gesto de absoluta seducción. Comenzó a hablar como pensando en voz alta.
–Si conociera los siguientes movimientos podría hacerles mucho daño a esos granujas. Antes del cierre del próximo fiscal hay prevista una operación importante; sería un buen golpe prepararla y cuando estos tipos se crean que la vamos a llevar a cabo, hacer justo lo contrario. Eso les hundiría en la miseria, que lo tienen bien merecido.
Él se interrumpía a cada poco según el curso que tomaban sus ideas, hasta que le dirigió una mirada frontal, firme, aunque delicada.
–Depende de usted.
–¿De mí? –preguntó ella.
–Si usted vuelve a Lank Corporate, está el tiempo necesario hasta que llegue esa información y, cuando aparezca, me avisa, sería usted mi rescatadora, Marcy. Nadie puede hacer esto más que usted.
–¿Me pide que vuelva con esos buitres? No puedo. Eso es tanto como decir que cometa la misma tropelía que ellos están haciendo. Yo no soy así.
–Seguro que no, Marcy, eso nadie lo dice. Pero si las cosas siguen así y el próximo fiscal no repunta daremos en quiebra. Estoy viendo que usted es la tabla de salvación, y no sólo la mía…
La miró con franqueza antes de continuar.
–Aquí hay decenas de empleados que dependen de que todo esto funcione. Incluso puede estar aquí su futuro puesto de trabajo.
Ella reconsideró la propuesta al oír aquellos sólidos argumentos, pero no se veía con fuerzas para volver con una disculpa en los labios y fingir todo el tiempo necesario en aquel nido de víboras, no sería capaz.
–Si se decide, Marcy, tiene que hacerlo ya, porque si la echaron ayer y hoy vuelve pidiendo perdón, la admitirán, seguro. No hay tiempo que perder. El futuro de esta compañía depende de ti.
La voz aterciopelada de él resonó en su cerebro, dándole la certeza de que aquella era la única acción válida, debía asumir el reto.
–Déme unas horas para pensarlo –contestó ella, y le dio la mano, él la retuvo entre las suyas unos segundos.
–Yo confío en ti –dijo él, sin más.
Ella retiró su mano, se dirigió hacia la salida del despacho y se despidió de la secretaria, que se puso en pie para corresponderla.
Llevaba el atuendo adecuado, su pequeño traje que en las últimas semanas era como su uniforme de guerra, y le pareció que le esperaba allá afuera una nueva y difícil batalla, cuyo resultado iba a decidir el destino de mucha gente.

Sin pensárselo dos veces salió escopetada en dirección al Trass Center.

lunes, 10 de marzo de 2014

Marcy (137)


En cuanto dejó a los niños en el colegio, a primera hora de la mañana, partió en su coche hacia el centro de Greda, aparcó y se dirigió a su encuentro con el director de la Duxa Limited.
Nada más llegar a su despacho y anunciar la secretaria su llegada, el director general la llamó sin hacerse esperar.
–Adelante, Marcy –le indicó desde dentro.
Observó de reojo que a la entrada tenía expuestos diversos títulos académicos y se fijó en su nombre: Raúl.
–Gracias por recibirme –dijo Marcy mientras se sentaba en el sofá del despacho por indicación de él.
–Usted dirá, ¿qué es lo que ha ocurrido?
–¿No se lo imagina?, desacuerdos sobre la manera de llevar las cosas. A ver, que estoy en la calle… y lo que más rabia me da es que tenía en curso unos proyectos para la Oficina de Ayuda Humanitaria y ahora está todo perdido.
–Quizá pueda retomarlos más adelante. Si los presentó en La Unión y se los aceptan, seguro que la llaman aunque no esté en Lank Corporate. ¿No quiere decirme lo que sucedió?
Ella divagaba a propósito por no dejar al descubierto lo que sabía. Temía que la tomara por una soplona, aunque lo que había descubierto, que había sido la causa de su expulsión, también perjudicaba, y mucho, a quién tenía sentado enfrente.
La mirada de él le causó un escalofrío que recorrió toda su espalda de abajo a arriba.
Un hombre noble y fuerte de los que ya no hay”.
Echó la cabeza hacia atrás y enderezó la espalda para tratar de mantener la compostura. El directivo ejercía sobre ella una atracción tal que temió perder los papeles y quedar en ridículo.
Carraspeó, rogando para que le saliera la voz natural.
–A mí lo único que me interesa es trabajar, Raúl –se atrevió a decir por primera vez su nombre.
–Bien, por lo que me dice, podría haber algo, hay que estudiarlo.
Ella pensó, por un momento, que porqué aquel hombre debía pagar los desastres causados por un traidor en su propia empresa.
Se dio cuenta de que debía decirlo todo sin reservas. Él pareció adivinar su pensamiento.
–Siempre y cuando la cuenta de resultados mejore, porque en el último fiscal estuvimos de capa caída. Ya sabe usted el motivo.
Su comentario terminó de demoler el silencio de Marcy, que ya no podía más con la verdad.
–Voy a pasar por lo que no soy, Raúl, pero yo sé de dónde viene el problema. Revise esto.






lunes, 3 de marzo de 2014

Marcy (136)



–Papá esta en el Hospital otra vez, hija, ha tenido una recaída.
La noticia se la dio su madre cuando, tras recoger a los niños del cole, llegaban de visita a casa de los abuelos, a los que hacía unos días que no veían.
Sabía que cualquier día oiría algo así.
–¿Qué fue lo que pasó, mami?
–Otra crisis cardiaca, y además con infección a la sangre, es lo que me dijeron los médicos esta mañana. Se puso muy malito y tuve que llamar a la ambulancia. De momento está en cuidados intensivos y no permiten visitas hasta mañana. No quería llamarte, hija, preferí decírtelo cuando llegaras.
El semblante de Amelia era triste, aunque no lloraba; Marcy pensó que ya se le habían agotado las inútiles lágrimas sufriendo por Arturo, a la vista de su agravamiento de día en día.
–Llevaba unos días cada vez peor, no respiraba bien, casi no comía, la fiebre le subía cada tarde… Los médicos me han dicho que puede que no salga de ésta.
–Bueno, mami, ¡eso lo veremos!, ya sabes que papá es muy fuerte.
Quiso tranquilizar a la madre de aquella manera, aunque en su interior el miedo a perderlo comenzó a encoger su corazón.
–¿Qué le pasa al abuelo?, no está en su cama –Pablo volvió del cuarto vacío asustado.
–No le pasa nada, cariño –dijo Marcy–, sólo que se ha puesto un poco enfermo y lo están curando en el Hospital, sólo eso, ¿vale?
Los niños corrieron a la salita, donde solían tener algunos juegos para entretenerse durante las visitas a aquella casa.
Ni por lo más remoto se le ocurrió decir a su madre lo ocurrido en su trabajo. Era tanta la ilusión que habían depositado, que pensó que si, por lo que fuera, el padre se enterase, se moriría a buen seguro.
–Manele va a venir el sábado, mamá, vamos a celebrar una cena con los amigos –Marcy sabía que aquel tipo de informe encantaría a su madre.
–¡Qué bien, hija!, ya que tienes a tu marido, cuídalo. Ya me ves a mí, sin mi marido al lado, ¿qué es lo que hago aquí? No soy nada sin él.
Ahora sí, las lágrimas acudieron a los ojos de Amelia, y Marcy extendió los brazos para estrecharla y llorar con ella en silencio.
–A pesar de todo lo que hemos pasado, lo es todo para mí. Hay gente que esto no lo concibe.
Marcy la comprendía a la perfección y la apretó más fuerte.
Aquel día no acudió a su cita con Rafa. Salió de casa de sus padres con los niños y se encaminó a la suya.
Su pensamiento estaba concentrado en su padre, enganchado a las máquinas para sobrevivir. Se había ido acostumbrando a la idea de que la enfermedad iba a tener muy mala solución y que ya la vida de él había perdido toda calidad humana, pero, aun sin reconocerlo, se aferraba a la esperanza de un milagro. A la esperanza de que apareciera un donante.
Acostada sola en su cama, durmiendo ya los niños en su cuarto, su cabeza daba vueltas de un asunto a otro sin poner nada en claro, salvo que, a pesar de todas las contrariedades, estaba haciendo lo correcto.
Recordó una oración infantil y rezó, y después suplicó, y exigió, con el cuerpo tenso, haciendo vanos esfuerzos por dormir.

“¡Valor, papá!, ¡Resiste, papá!, ¡Lucha, papá, no te dejes vencer!”. Su mente rogó una y otra vez aquella letanía hasta que quedó rendida en el sueño.