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lunes, 27 de enero de 2014

Marcy (131)


A pesar de sus esfuerzos por ocultarle a Rafa su decepción en Lank Corporate, tuvo que confesárselo. Le dolía incluso oírselo decir a sí misma, tan grande como había sido su ilusión por aquel empleo. Pero, era evidente, el mundo de la empresa era así, al menos eso era lo que decía Nacho.
–Ya le dije yo, señorita, que era espionaje, y está visto que su amigo se beneficia, y mucho, de ello. Éste va a subir nadando por encima de todo ese lodo, es el precio que tiene que pagar para ascender.
Se encontraban tomando una hamburguesa con patatas fritas en un local céntrico de Greda, charlando en voz baja mientras miraban a través de la cristalera la calle repleta de gente paseando.
–¿Y qué fue lo que pasó con Sonia, señorita?
–Estaba preocupada por unas inversiones que han captado en Brexals y que están siendo investigadas. Tiene hasta miedo de que la puedan expulsar del país. Pero, en principio, nada que ver conmigo.
–Usted dice que es buena chica…
–Sí, no es mala gente. Está resentida con Manele por varios motivos… –Marcy se quedó como ausente unos segundos–.  Pero no es una delincuente, sólo se defiende como puede.
–Sería bueno hablar con García, él podrá aclararnos más los documentos que firmó usted con su marido. Llámele. Inmediatamente.
Estaban absortos en su conversación cuando vieron pasar entre los transeúntes a Nacho de la mano de una chica.
–¿Lo recuerdas, Rafa?, Nacho, el de Lank Corporate, coincidimos en la facultad. La que va con él debe ser su esposa, estaban por reconciliarse.
–¡Sí!, lo recuerdo, de vista, de la casa. El nadador del lodo–. Rafa le guiñó un ojo, con aire pícaro.
El bedel no hizo mucho caso de Nacho.
–Volviendo a lo nuestro, señorita, he hecho algunas averiguaciones.
–¿Ah, sí?
Marcy estaba distraída, observando a la pareja hasta que la perdió de vista.
–Acerca de Román, lo que se dice es que se lleva beneficiando muchos años de recalificaciones de terrenos para construir, y se lleva una buena pasta, por descontado, que va a parar a cuentas secretas en paraísos fiscales.
Marcy fijó de nuevo toda su atención en su amigo.
–Son los llamados territorios off shore, donde no se pregunta de dónde viene ni a dónde va el dinero. La corrupción urbanística, señorita, que es, fundamentalmente, el deporte nacional.
Rafa continuó explicándole que el tal Román trataba con políticos al más alto rango y seguro que estaba metido en la financiación de partidos mediante negocios irregulares.
–A nivel de ministros, señorita, me enteraré de más detalles, le estoy cogiendo el gusto a esto, indudablemente. Pero usted llame a García, puede sernos de ayuda.
Ella asintió con la cabeza.
–A mí la que me importa es usted, señorita, que no se vea perjudicada por ninguno de estos buscavidas– dijo Rafa mirándola a los ojos con suavidad.
–No sabes lo que te lo agradezco, tú eres mi único apoyo, Rafa, mi ángel de la guarda –declaró ella bajando la vista al suelo.
–Si hay algo irregular y se puede corregir, cuanto antes, mejor. Eso es lo que queremos.
A pesar de la conversación, nada tranquilizadora, los dos dieron buena cuenta de su comida y después salieron del restaurante y tomaron un taxi.
Rafa le pasó un brazo sobre los hombros y la atrajo hacia sí. A ella le pareció que estaba animado, más tranquilo de lo normal en él, con menos tics.
–Señorita, usted no se preocupe, que mientras yo viva ya sabe que me tiene para lo que sea, indudablemente.

Y se perdieron en medio de la noche, ella abrazada a él como si fuera su tabla de salvación.

lunes, 20 de enero de 2014

Marcy (130)


El prestigio de Marcy crecía más cada día en Lank Corporate.
El gerente tenía muy buenas referencias de ella, a buen seguro, porque apenas había pasado un mes de su ingreso cuando propuso a Marcy la creación de proyectos para la Oficina de Ayuda Humanitaria Internacional. Durante aquel verano la hambruna y las enfermedades asolaron el continente negro y la oficina iba a destinar gran cantidad de recursos para la provisión de agua, alimentos y ayuda médica para las áreas más deprimidas.
Centenares de miles de seres humanos azotados por la sequía, el hambre, las enfermedades y las guerras civiles iban a beneficiarse de aquellos fondos y ella iba a tener una ocasión única para colaborar. Tendría que viajar a Brexals, la capital de La Unión, para coordinarse con la oficina, acompañada de su equipo, y habría que desarrollar unos buenos proyectos para competir con otras empresas y llevarse los contratos para Lank Corporate.
Inició el esfuerzo con decisión y en varias reuniones el team tenía varios documentos elaborados, bien diseñados y coordinados. Los presentaron a la Oficina de Ayuda a la espera de resultados, con la expectativa de un desenlace favorable.
Embarcada en su trabajo tenía que hacer juegos malabares para atender a los niños y seguir algo pendiente de Arcadia, pero estaba haciendo aquel último año lo que no había hecho en los últimos diez y se sentía satisfecha de sí misma como nunca lo había estado.
Tenía a Nacho admirado por su capacidad para desenvolver tanta actividad y él le auguraba grandes avances en la compañía, le dijo que pronto sería candidata a desarrollo. Contaba con menos tiempo para pasarlo con él en su despacho, donde antes departían en ratos perdidos, pero aun quedaba algún momento de confidencias, tomándose una bebida refrescante o fumando un cigarrillo.
Ella no pudo resistir, en un descanso de aquellos, su curiosidad por aclarar el asunto de los documentos encontrados en el fax de Nacho.  Con la mayor naturalidad preguntó por ello.
–Nacho, por cierto, hace unos días que vine a poner un fax a tu despacho y vi que tenías alguno que provenía de Brexals, del subdirector de la Duxa. No sabía que tuvieras alguna relación con ellos.
Nacho pareció algo molesto.
–¿Eh? Habrá sido alguna comunicación sobre legislación de La Unión, pertenecemos los dos a la misma asociación profesional y me suele mandar actualizaciones legales.
Descontenta con las palabras de su amigo, Marcy le habló con toda franqueza.
–No era ningún tema legal, Nacho. Era una relación detallada de las actividades de la Duxa dirigida a ti. Eso no lo concibo.
Le miró a los ojos solicitándole, sin decirlo, más aclaraciones.
–Oye, maja, no sé si serás algo entrometida.
Nacho se veía incomodo, desvió la mirada y meneó la cabeza en un gesto negativo.
–Pero… ¿qué te piensas que son los negocios, guapita? Ahora sí que me doy cuenta de que eres nueva en esto.
–¿Qué me quieres decir? –inquirió ella fijando los ojos en él.
–¡Anda! Que para medrar, maja, tienes que saberlo todo, de la manera que sea, para ir por delante, a cualquier precio –dijo devolviéndole la mirada con firmeza.
–Pero Nacho, eso no es correcto, ni siquiera es legal, va contra la leal competencia.
Marcy parecía estar leyendo uno de sus libros de texto.
–¿Qué me estás dando, lecciones? Acabas de llegar, oye, y no puedes decir que no te haya ayudado en todo lo que he podido.
–Y te estoy muy agradecida, Nacho.
Ella estaba seria, con cara de palo, se sentía decepcionada de su amigo.
–No me lo parece. Te metes aquí en mi despacho a mirar lo que no te interesa y me pides explicaciones…  Lo correcto es apoyarse el uno al otro, hoy por ti y mañana por mí, ¿de acuerdo? Eso es lealtad entre colegas.
–Te lo reconozco, Nacho, todo lo que me ayudas, pero la verdad que no me esperaba que tu manera de trabajar fuera así.
–Es lo que es, guapetona, es parte de mi trabajo y de mi éxito en esta compañía. Si no lo hiciera, a pudrirme en una oficina del entresuelo, ¡ja!, ¡ja!
Nacho había levantado la voz, por primera vez ante ella.
–Lo siento, siento mucho que sea así –protestó Marcy en tono bajo.
–¡Para, para! prepárate para lo tuyo, ¿eh? que habrá para todos… Y de esto ni una palabra o me meterás en problemas.
Ella mantuvo silencio fingiendo que observaba, a través de la ventana, el ancho panorama de Greda que se extendía a sus pies. Nacho cambió el giro de la conversación.
–Vamos a pensar que esto fue un sueño y nos hemos despertado, ¿eh, compañera?

El ejecutivo recuperó su acostumbrado aire jovial y cada cual volvió a sus quehaceres de aquella jornada como si nada hubiera pasado.

lunes, 13 de enero de 2014

Marcy (129)



Al poco de la marcha de Manele recibió una llamada de Sonia indicándole que viajaría a Greda, a pasar el fin de semana, y que quería verla.
Quedaron en el mismo bar, ya conocido por las dos, y allí la nórdica le comunicó su angustia. No tenía a nadie en quien confiar, susurró al oído de Marcy, a bocajarro.
–Corro peligro de perderlo todo por culpa de Manele, estoy desesperada– le dijo en cuanto tomaron asiento en una de las mesitas redondas ante unas tazas de té.
Encontró a la joven decaída, como no la había visto nunca, hablaba en tono bajo, algo ronco, nada habitual en ella.
–Usted me había pedido que me informara, menos mal que me avisa, señora.  Manele y yo habíamos realizado unas transacciones, que resultaran ilegales…
La zozobra terminó por quebrarle la voz hasta volverla casi inaudible.
–Y ahora la Brigada de Delitos Monetarios me tiene en el punto de mira. He buscado un letrado para mi cuenta. Me amenazaron con extraditarme si salgo condenada en un delito así.
–A ver, no te alarmes tanto, no será tan grave…, seguro que habrá manera de aclarar todo eso. Manele es muy espabilado, bien lo sabes tú –contestó Marcy con ligereza.
Siempre había sospechado que Manele y la rubia platino habían estado liados.
La nórdica se lo confirmó así, sín más.
–No quiero engaños por más tiempo, Marcy. Yo tuve algo con él hace mucho, cuando entré en la compañía, usted tenía la razón de tenerme manía. Le pido perdón por aquello, Marcy, porque usted es una buena persona.
–Eso es agua pasada, Sonia. Ahora creo que la relación con él te perjudica más que otra cosa, ¿no?
Marcy tuvo que reconocer una secreta satisfacción por lo que le estaba ocurriendo a Sonia. No es que se llegara a disgustar por enterarse de aquella relación, pero saboreó la venganza. “Te lo tienes merecido, por caza maridos”.
La joven continuó su relato, parecía que la confesión de aquel romance pasado le había dado más confianza al ver la buena reacción de Marcy.
–He estado investigando por mi cuenta, revisando los contratos hechos con inversionistas muy bien situados, grandes fortunas, gente famosa y rica. Todos andan detrás de Manele para que invierta sus capitales. Se va corriendo entre ellos que multiplica las ganancias como nadie.
Se interrumpió para tomar un sorbo de té y mordisquear una pasta que tomó de un platillo, cortesía del bar.
–Hasta ahora todo muy bien, pero desde que los sabuesos de la Brigada andan detrás nuestro, yo estoy muy preocupada; él sabe cómo es, que no se asusta de nada y no le afecta.
Marcy le preguntó a la chica por la relación entre Manele y el subdirector.
–Son almas gemelas, Marcy. ¿Por qué cree que el director los envía juntos a Brexals? Se apoyan entre sí en todo, y la Unidad Internacional va muy bien, pero muy bien.
Marcy no le dijo nada de su conversación con el director, para no alarmarla aun más.
–No sé por qué a mí me envió con ellos… De vez en cuando el director solicita algún informe particular y yo se lo elaboro. ¡Como se entere de este asunto de las inversiones de riesgo!
Las dos mujeres estaban reunidas como tantas otras, a tomar algo en un café. Pero en este caso no para hablar de su casa, ni de sus hijos, ni de cómo estaba el servicio, sino para compartir asuntos financieros que las afectaban como ejecutivas de alto nivel.
Y en ese momento, Marcy, al darse cuenta de ello, sintió cierta añoranza por aquella vida que tuvo una vez, simple, libre de toda responsabilidad.

Sonia se caló unas enormes gafas de sol que le cubrían media cara y se levantó, miró a ambos lados como si temiera que la estuvieran vigilando, y se despidió de sopetón dejando a Marcy, perpleja, sentada en la silla, sin acertar a saber si tenía que tomarse en serio lo que acababa de escuchar.

lunes, 6 de enero de 2014

Marcy (128)


Declinaba la tarde, y Manele anunció su marcha y se despidió, para tomar su vuelo de vuelta a Brexals. Los pequeños quedaron jugando, encantados, con unos vehículos teledirigidos que les había traído el padre, y los mayores continuaron su tertulia tomando otro café.
Las dos hermanas convinieron en la enorme suerte que Marcy tenía de contar con un marido tan inteligente y apuesto.
–Bueno, bueno – sentenció el tío–, no es oro todo lo que reluce.
–Gerardo, tú y tus refranes… ¡Eres un aguafiestas! –la tía no podía con él por más que lo intentara.
–Sobrina –replicó el tío sin hacer caso a su esposa–, yo lo que te digo es que mires por ti y que me alegro mucho de que tengas tu propio trabajo. Has hecho muy bien.
El tío Gerardo había sido para ella, un refugio seguro, su mejor defensor, quien la trataba con una indulgencia y una delicadeza especial.
Y desde que supo de sus adelantos profesionales, además, la admiraba.
Cuando Marcy fue a despedir al padre, acompañada de los niños, ya bien entrada la noche, éste ya se encontraba dormido, le dio un beso en la frente e hizo que los pequeños le besaran también. Después abrazó a los tíos y a su madre para marchar, porque los pequeños, hartos de comer y jugar, ya se sentían cansados y habían empezado a protestar pidiendo irse a su casa.
La verdad, tenía que reconocer que Manele era un embaucador de señoras de todas las edades. Tenía a su madre y a su tía en el bote desde el principio, con sus cuidados trajes y su aspecto siempre impecable, su belleza morena, racial, y su don de gentes, inspiraba una fascinación en ellas con una facilidad que funcionaba, sin proponérselo. Y su verborrea y carisma le granjeaban también la simpatía y confianza de los hombres.
Y ella resultaba también víctima de aquella atracción, a pesar de todo lo que había sucedido, y después de aquella comida dudaba algo de sí misma sobre el concepto que tenía de su marido.
Puede que estuviera estresado por los negocios y que su propuesta de volver al hogar y recuperar la relación con ella no fuera tan descabellada. Habían tenido que recuperarse de varias crisis y lo habían logrado, aunque nunca, como en esta ocasión, ella hubiera iniciado otra relación.
Incluso llegó a pensar que su aparición en la fiesta familiar respondía a un plan orquestado para volver a hacerse deseable y algo esquivo a los ojos de ella, ya que sus ruegos, en el pasado, no habían surtido efecto. Era un seductor redomado.
Ella lo conocía como a la palma de su mano.
Dio vueltas y vueltas a su cabeza, sentada en la parte trasera del taxi, de regreso a Mazello, con los niños derrengados, recostados contra ella, medio dormidos.
Hasta había llegado a atreverse a comentar, en un aparte con su madre antes de irse, los chanchullos que conocía de los padres de él, pero su madre defendía a Manele y a todo lo que tuviera que ver con él.
–No te metas en líos hija, tú que sabes. Es así ese negocio. Si lo hacen, bien hecho está.
Y esos argumentos contundentes le llegaron a parecer a Marcy tan lógicos como la redondez de la tierra.
–Lo del vino debe ser así, siempre tendrán que hacer mezclas– remachó.

Sí, seguro que su madre tenía razón. Y su tía también. Cuando se detuvo el taxi en el portal de su bloque llevaba la cabeza hecha un lío.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Marcy (127)


Los tíos ya se encontraban en la casa y, en seguida, todos rodearon la mesa, engalanada para la ocasión con un mantel de hilo con graciosos bordados, hecho por Amelia hacía muchos años.
Habían logrado colocar al padre en un sillón y situarlo en una de las cabeceras de mesa, conectado a su botella de oxígeno a través de un fino tubo transparente. Se le veía contento, tenía un buen día.
La anfitriona trinchó con pericia en el aparador un tremendo asado, y lo colocó de manera artística en el centro de la mesa. Dieron buena cuenta de él, y terminaron con un postre de crema y unos buñuelos dulces que Amelia elaboraba sólo aquel día del año.
–¿Cómo va nuestra inversión? –preguntó en la sobremesa el dueño de la casa a Manele.
–De maravilla, suegro, de maravilla, produciendo un doce por ciento, una rentabilidad alta y segura –contestó Manele.
El tío Gerardo, a pesar de su edad, iba arreglado como un dandi, engominado y luciendo un fino bigote. Torció el gesto con expresión dubitativa.
–Cuidado, Arturo, no te confíes demasiado, hace poco me ofrecieron a mí algo parecido y resultó al final una estafa, me libré por los pelos –sonrió, astuto, levantando las cejas.
–No le hagas caso, cuñado –terció la tía Mery–. Lo que te aconseje tu yerno no puede fallar, sabe bien lo que hace.
Las dos hermanas sentían veneración por Manele, no sabían dónde ponerlo.
La suegra le había ofrecido, del asado, los bocados más exquisitos, y al finalizar la comida abrió en su honor una enorme caja de bombones, ofreciéndole a él el primero según era su costumbre.
Por poco el tío dio al traste con la agradable asamblea volviendo a sacar el controvertido asunto del dinero de Arturo; el enfermo no estaba para preocupaciones y la tía Mery pateaba a su marido por debajo de la mesa para cerrarle la boca, pero con escaso resultado, porque el otro dale que te pego poniendo mil inconvenientes a aquella clase de inversión.
No sería la primera ocasión en que la comida familiar acababa como el rosario de la aurora, tirándose unos a otros los trastos a la cabeza y sacando rencillas del pasado, mientras la anfitriona replicaba en voz baja que era la última vez que celebraba la fiesta. Después, los ánimos se terminaban calmando y a otra cosa.
Y esa vez Manele distrajo la atención, sacando el tema de los preparativos de la cena que estaba organizando, con tal maestría que, al poco, ya estaban todos escuchándole embobados, como si estuviera dictando leyes de obligado cumplimiento.


lunes, 23 de diciembre de 2013

Marcy (126)



El inicio del curso escolar, a mediados de septiembre, coincidía con la celebración de las fiestas de La Cosecha en Greda, y la ciudad se llenó, un año más, de mercadillos medievales donde se podían degustar y adquirir los frutos de la tierra más logrados, observar animales bien criados, de las mejores razas locales, y presenciar antiguos oficios, representados por gentes ataviadas con trajes tradicionales.
A los niños les encantaba el paseo por la ciudad durante aquellos días, de la mano de sus padres, y comprar, en puestos multicolores, algodón de azúcar y manzanas de caramelo. Y les encantaba asistir a la comida acostumbrada en casa de sus abuelos.
El día grande, el último de la semana de fiestas, los padres de Marcy invitaban a almorzar en un ritual que se repetía de año en año y al que acudían, además de Manele, Marcy y los pequeños, los tíos Gerardo y Mery.
La tía, hermana de la madre, era una dama mucho más sofisticada que ésta, y el tío un verdadero cascarrabias, pero Marcy les guardaba afecto desde pequeña, cuando pasaban ambas familias días de veraneo juntos. Los tíos no tenían hijos y todos los caprichos eran para la sobrina.
La madre le comunicó que ese año tendría lugar el banquete, como siempre, y que los esperaba a todos, recalcó, a todos.
Llegó el día señalado y Marcy partió, de paseo por la ciudad, con un hijo de cada mano, perfectamente endomingados como era la costumbre. Se detuvieron en un teatro de títeres, a presenciar la función, que siempre terminaba con unos buenos escobazos a la bruja, y después continuaron a pie a casa de los abuelos, comiendo unas golosinas recién compradas.
Marcy se había puesto un sencillo vestido de flores pequeñas amarillas, de manga corta, pues aún apretaba el calor, largo hasta la rodilla, y sandalias planas de cuero, y llevaba colgado de un brazo, en un capazo, un bollo dulce para Amelia, que había hecho la víspera, como mandaban los cánones.
Los tres llamaban la atención, caminando entre los rústicos que voceaban sus productos a los cuatro vientos; los dos niños, tan pulcros, y su madre que era la pura personificación de la femineidad.
Cansados ya del paseo recalaron en casa de los padres para la comida.
Cuando llamaron al timbre y Manele les abrió la puerta, Marcy se quedó atónita.
Los pequeños, alborozados, se lanzaron a abrazar al padre, y ella permaneció detrás, sin saber qué decir, sujetando el capazo con las dos manos.
–¡Hola! Así que has venido… –dijo Marcy apenas rozándole la cara con su mejilla–. No contaba contigo.
–Cómo voy a faltar, cariño. Jamás me perdería yo la invitación de tu madre –contestó él mientras Amelia, satisfecha, se acercaba pasillo adelante a abrazar a sus nietos.
–¡Ya estaba deseando veros a todos juntos! –exclamó ésta.
Manele advirtió pronto que, a causa de su trabajo, debería regresar a Brexals esa misma tarde, y que había tomado un vuelo por la mañana, ex profeso, con la única intención de cumplir con la festividad como cada año.





lunes, 16 de diciembre de 2013

Marcy (125)


La llegada de los niños, a principios de septiembre, la distrajo por completo de cualquier otra inquietud que no tuviera que ver con su cuidado. Los había echado tanto a faltar que todo el tiempo era poco para prodigarles el cariño atrasado.
Hubo que ponerse en marcha para la preparación del curso escolar y quedó absorbida por las ocupaciones de su trabajo y de sus pequeños, que quedaban con Arcadia en la guardería durante su horario de trabajo y otras veces en casa de los abuelos.
Los niños habían dicho que el padre había prometido venir a fin de mes.
El comienzo del curso representó la vuelta a una rutina que tenía ya casi olvidada.
El trabajo, la casa y los niños, salvo algún tiempo libre en la guardería o con Rafa, y vuelta a empezar.
Pero el bedel ya no le era tan imprescindible como antes.
Y se había adaptado a su nuevo trabajo a la perfección.
Enfundada en su traje oscuro, que casi se había convertido en uniforme para ella, mocasines y portafolios, con su cabello recogido, manejaba su mundo con eficacia, dentro y fuera del Trass Building, que se había convertido en su segunda casa.
Estaba contenta con su equipo y su equipo con ella. Y estaba muy agradecida a Nacho.
Llevaba ya un mes en Lank Corporate y la oficina de Nacho se había convertido en su segundo despacho, para hablar, tomar un piscolabis juntos y también para gestionar documentos a través del fax, del que carecía en su despacho.
Una mañana, tan temprano que Nacho aun no había aparecido, observó el aparato expulsando gran cantidad de hojas de papel, algunas de ellas ya en el suelo. Al recogerlas vio que procedían de Brexals y, movida por la curiosidad, echó una ojeada a su contenido antes de colocarlas sobre la mesa.
Figuraba una relación detallada de las actividades de la Duxa Limited en el último ejercicio, con fechas y cuantías de movimientos de dinero, compras, ventas, relación de altas y bajas de empleados, cuentas de pérdidas y ganancias, adquisición de propiedades y cualquier otra actividad reciente de la empresa.
Quedó extrañada de aquel hallazgo en el despacho de su amigo, pero tuvo la intuición de que a Nacho no le gustaría que ella conociera aquel informe, de manera que tomó de nuevo el taco de folios y los colocó en la bandeja de salida del fax como si nadie los hubiera tocado.
Le cruzó por la cabeza como un rayo la idea de que su amigo estuviera recibiendo información privilegiada.
Aquella tarde, sin más tardanza, llamó por teléfono al bedel para decirle lo que había visto y Rafa le dijo que si podía hacer una fotocopia, de alguna hoja por lo menos, y que la revisarían juntos. A lo largo de los días siguientes estuvo atenta, a primera hora, a la actividad del fax, hasta que volvió a aparecer otro informe y, tomando unas cuantas hojas, las copió a toda prisa y las volvió a colocar en su sitio.
Invitó a Rafa a cenar, esa misma noche, para enseñarle los papeles.
Los niños ya estaban acostados y dormidos cuando él llamó a la puerta con los nudillos, por no despertarles.
Mientras tomaban unos canapés calientes, acompañados con un excelente vino, el joven revisó el escrito como si no hubiera hecho otra cosa en su vida.
–Esto es un informe sobre las actividades de la Duxa Limited que se envía desde Brexals a la empresa de ustedes con el fin, seguramente, de aprovecharse de esas averiguaciones y hacer negocio a costa de la Duxa.
–¿Qué quieres decir Rafa? ¿Que Nacho puede ser el beneficiario de toda esa información? Por eso ha subido tan alto en la compañía… ¡No puedo creerlo de él!
–Pudiera ser, señorita, pudiera ser. Usted me había dicho que el director de la Duxa sospechaba algo así, indudablemente estos papeles lo confirman. Puede investigar el origen por el número del fax que lo envió, seguro que coincide con el fax de la Oficina Internacional de la Duxa.
Eran todavía las nueve de la noche y Marcy se percató de que aun estaban abiertas las oficinas de la Duxa en Greda, de manera que llamó a información para pedir el número de fax.
–Soy la señora de don Manuel –la telefonista la conocía a la perfección–. Necesito el número de fax de la oficina de Brexals para enviarle un documento urgente.
Cuando la empleada le dio el número, vio que coincidía cifra por cifra con el que figuraba en los papeles que tenía en la mano.
–Rafa, tienes toda la razón, viene de allí. El caso, ahora, es saber quién lo envió. Espero que Manele no tenga nada que ver.
No le agradó nada darse cuenta de que Nacho, su amigo, su mentor, podía estar involucrado en algo así, pero quizá fuera todo un error o una mala interpretación de unos papeles; una paranoia más, a fin de cuentas, propia de una novata metida en la jungla de la multinacional Lank Corporate.