Siempre había sido
una señorona dominante. Marcy se fijó en que llevaba puesto un traje anticuado
y las mismas joyas de oro que le conoció cuando entró en aquella casa como
novia de Manele.
–No sé de qué me
estás hablando –le respondió, manteniendo la calma.
–Lo sabes muy bien.
Ándate con cuidado porque soy capaz de cualquier cosa. Ya sabes lo que quiero
decir.
Marcy se dio cuenta
de su error al haberse sincerado con Laura, seguro que había sido ella la
fuente de información.
–¿Sigues con el
vicio del juego? Porqué ya sé que te has metido a puta… Has hecho de mi hijo un
desgraciado… ¿Todavía te atreves a más?
La suegra parecía
desquiciada.
Marcy estaba
entendiendo de donde venía el pésimo carácter de Manele
–Mi hijo no le hizo
nada a ese hombre y tú lo sabes. ¡Si dices otra cosa es que te mato!
Hablaba en voz bien
alta, mientras su marido ni se inmutaba.
Sobre la mesa había
un tapete que ella misma había hecho en ganchillo de color blanco y en el medio
un jarrón con flores artificiales.
Marcy permanecía
callada sin saber por donde salir.
Pero se enfrentó a
la gobernadora de la finca.
Sabía que le
repateaba que las empleadas de la finca la llamasen doña y se lo llamó.
–Lo que yo diga en un
juzgado es asunto mío, doña. Y si hablamos claro, no sé quien ha sido más
culpable, porque tu hijo por poco me mete en la cárcel, ¿ah? Hablemos claro,
que aquí hay para todos.
La otra la
escuchaba con expresión indignada.
–Sólo te digo que
digas la verdad, por primera vez en tu vida –dijo la suegra.
A Marcy aquellas
palabras le hicieron mucho daño.
Procuró mantener la
cabeza fría.
–¿Es esto todo lo
que tenías que decirme?
–Eso es todo
–contestó la bodeguera.
Marcy se levantó y
echó una rápida ojeada a aquel lugar, donde no hacía mucho tiempo había pasados
días de felicidad con su marido. Pero aquel recuerdo no le causó nostalgia.
Abrió la puerta y
salió al patio delantero.
Vio a lo lejos al
enólogo, que entraba a su laboratorio con una probeta que contenía vino nuevo.
Pensó que era mejor no dirigirse a él, por no comprometerle, y se limitó a
saludarle agitando su mano derecha. Él la correspondió sonriente.
“Ese pobre está
sufriendo lo que nadie sabe”.
Cogió su coche y se
fue de allí como alma que lleva el diablo.
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