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martes, 15 de mayo de 2012

Marcy (42)


El centro social donde trabajaba Laura estaba situado en el edificio del ayuntamiento, en el centro de Mazello, Marcy lo conocía bien. Hizo y deshizo varias veces el camino hasta que franqueó la puerta.
Tras el mostrador de recepción se encontraba su amiga cumpliendo su tarea administrativa y Marcy se acerco a hablar con ella. Laura se alegró mucho de verla, nunca la había visitado en su oficina.
–¡Pero a qué se debe este honor, Marcy! ¿Qué tal estás?
–Lau, perdona que te moleste en tu trabajo, pero si tienes un momento tengo que decirte algo.
Cruzaron una mirada breve y la funcionaria cambió de talante.
Laura, sin más tardanza, solicitó a una compañera que ocupase el puesto en su ausencia. Dirigió a Marcy a un despacho vacío, cerrando la puerta tras ellas. La decoración del lugar era nula, salvo por un enigmático cuadro a base de franjas oscuras cruzadas que pendía, torcido, de una pared.
–Por favor, ¡suéltalo! ¿Qué es lo que te está pasando, Marcy? Llevas una cara que parece una máscara. Alguien te ha pegado.
Se apoyó en el borde de la mesa mientras Marcy ocupaba una de las sillas con la cabeza gacha.
–Hace tiempo que mi marido, cuando se pone nervioso…
–¿Qué tendrá que ver eso con los nervios? Nada de nada. Es que pega y ya está. Y tú eres la consentidora, Marcy. Y no es la primera vez, caray.
Sabía que Laura, por su clase de trabajo, era bien conocedora de aquel tipo de problemas. Contaba casos así muchas veces en sus reuniones de café. Le explicó todo lo que había sucedido.
–Aquí hay profesionales que te pueden ayudar, Marcy.
Continuó con los ojos clavados en el suelo del despacho, en silencio; al rato levantó, dubitativa, la cabeza, con gesto serio, pero sin lágrimas.
–Es que no me gustaría que se supiera, Lau. Después de todo él es muy trabajador y es el padre de mis hijos. Les haría mucho daño a los niños.
–Y el daño que te hace a ti, ¿es que no cuenta?
Laura la rebatía con firmeza, puesta en pie en el centro de la habitación.
–Todas dicen igual, sufriendo ese tormento sin sentido ¡No puedo creer esto de ti!
–Pues no estoy dispuesta a convertirme en un caso de esos que andan por los tribunales siendo la comidilla de la gente. ¡De eso ni hablar! –afirmó Marcy con decisión.
Laura quería persuadirla.
–Escucha, mujer. Estás amenazada y a veces las amenazas se cumplen. Debes asesorarte, Marcy, necesitas ayuda.
–Manele es bueno, Lau, sólo es la presión del trabajo. Ya conoces sus malos humores. Pero es una buena persona y un buen padre.
–¿Bueno?, ¿qué estás diciendo? –le replicó Laura volviendo a enfadarse– ¡Ni aunque fuera el único hombre sobre la tierra!
Marcy se levantó de su asiento, y se encaró con Laura.
–¡No es tan fácil como crees!, claro que tú, como tienes una familia ideal, trabajas, y todo te va bien…, no sabes lo que es.
–¡Escucha, Marcy! Tú tienes la culpa de mantener las cosas como están. Tienes estudios, eres una mujer capaz, inteligente. Muévete, trabaja, ¡sal adelante por ti misma!
La perorata de Laura apenas tuvo eco en su cerebro. “Laurita soltándome el sermón”. Y se apartó de su amiga, dirigiéndose hacia la puerta.
–Está bien, Lau, prometo que pensaré en todo esto.
–Tú eres la única que puede cambiar las cosas, Marcy, es tu responsabilidad.
–Te agradezco mucho tu ayuda –mintió Marcy–. Por cierto, ¿qué es de Isabel?
–Hace tiempo que no la veo. Me llamó por teléfono hace poco. Está encantada. Me explicó que viaja mucho por cuestión de negocios de su pareja.
–¿Ves?, ella sí que sabe como manejar a los hombres –dijo Marcy cabizbaja.
–No te vayas a creer. No te fíes de las apariencias. Laura quedó en silencio un momento, como absorta en sus pensamientos.
–¡Adiós, Lau!, ¡hasta pronto! Nos vemos el próximo jueves –Marcy se despidió, aparentando animación frente a su amiga, con dos besos de compromiso y abandonó el centro con paso firme.

martes, 8 de mayo de 2012

Marcy (41)


–Pero Marcy ¿qué es de tu vida? Me habéis dejado las dos plantada en la cafetería –fue el reproche de Laura, el jueves siguiente a la marcha de Manele.
No había vuelto a ver a su marido desde que salió aquella mañana de su casa.
De vuelta a Brexals lo único que sabía de él era por las llamadas telefónicas preguntando por los niños. Marcy se limitaba a pasar el aparato a los chiquillos y los padres no se cruzaron ni otra palabra más.
–Perdona, Lau, pero es que desde hace unos días estoy con fiebre y trancazo –se justificó al teléfono–. En cuanto mejore te llamo, ¿vale?
–Pues que te mejores. Manele… ¿vino el fin de semana pasado?
–Sí, pero ya está de vuelta. Te llamaré pronto.
Y colgó para no permitir mayores avances en la conversación.
Pasó aquellos días encerrada en casa, en la cama, levantándose apenas para comer e ir al baño. Había quedado trastornada, arruinada, sin ánimo ni fuerzas para nada. Había avisado a su madre para que no contara con ella durante unos días y a la canguro, que quedó al cargo de los pequeños a diario, desde la salida hasta la entrada del colegio del día siguiente, y que sólo se iba por la noche para dormir en su casa.
“Mamá está enferma, hay que dejarla descansar para que se cure pronto”, oyó que dijo a los niños, e hizo tan bien su trabajo que apenas percibía la actividad de los pequeños en la casa.
No pensaba nada, no sentía ni anhelaba nada, salvo el malestar de su cuerpo apaleado, y un cruel y punzante vacío. A veces se levantaba una y otra vez, inquieta, sin rumbo fijo, paseaba por el pasillo, en la tremenda soledad de su piso, mientras estaban los niños en el colegio, tomaba algún alimento y de nuevo regresaba a la cama o al sofá cubriéndose con la manta, resguardándose como en un útero materno.
Transcurrió así una semana entera.
Tendré que hacer algo, no puedo continuar de esta manera o acabaré volviéndome loca”. Suspendió la medicina que consumía a diario para dormir, y el sábado siguiente a la partida de su marido decidió sacar fuerzas y ponerse en pie de una vez. Mientras la canguro llevó a los niños al parque, se duchó como una autómata y tomó un desayuno sustancioso. Vestida con ropa deportiva se acercó a la biblioteca a leer el periódico, que ojeó sin concentración alguna.
Le vinieron tentaciones de ir a coger dinero para jugar, para evadirse, pero los bancos estaban cerrados y ya no tenía tarjetas de crédito. No se atrevió a pedir dinero a su madre, con cualquier disculpa, como hacía otras veces.
Venga, Marcy, de la máquina saldrás todavía peor”.
Cuando salió de la sala de lectura sintió una tremenda extrañeza de las calles y de la gente que las transitaba. Tomó una acera que desembocaba en una plazoleta contorneada de bancos, con una zona de juegos infantiles en el centro.
Las mañanas de sábado en Mazello eran propicias para los paseos de padres jóvenes con sus pequeños, mayores que se paraban a tomar un rayo de sol de invierno y aquí y allá alguna pareja de enamorados que se deleitaban en su mutua compañía. Aquel lugar no le pareció real. Sintió tal desvalimiento que las rodillas le flaquearon, como si de pronto no supiera caminar. Se vio hundida, inútil, incapaz.
Un viento glacial golpeó su cara y comenzó a caer una fina lluvia, aligeró su paso hasta iniciar una carrerilla en dirección a su casa, como una guerrera batiéndose en retirada, sintiendo sólo la trepidación de su cuerpo, el movimiento de su cabello y el jadeo de su respiración. Cuando llegó a la vivienda, con la ropa y el cabello húmedos y la cara aterida de frío comprobó que los pequeños todavía no habían regresado.
Poco después aparecieron huyendo también de la lluvia, con la canguro, y después de cambiarse de ropa y calzado, comieron juntos lo preparado por la empleada. A pesar de su escaso apetito, Marcy se atrevió hasta con un delicioso y dulce crepe que se le antojó muy sabroso. En aquel mismo instante sonó el timbre de la puerta de entrada.
–Señora, es para usted –indicó la chica.
Se acercó a la puerta y, en el recibidor, un mensajero le tendía un enorme ramo de flores.
Llevaba una tarjeta donde se había escrito: “de Manele”. De manera instintiva alargó la tarjeta al muchacho.
–No lo quiero, devuélvalo al remitente.
Y volvió a la cocina a comer con sus hijos. Después de un rato de descanso tomó un café cargado con azúcar y se dirigió a visitar a su padre, al hospital, mientras sentía, aliviada, una cierta recuperación.




martes, 1 de mayo de 2012

Marcy (40)



Dejó caer su cabeza hacia atrás y permaneció quieta largo rato, tumbada, hasta que sintió detrás de ella abrirse la puerta.
El estilete se había deslizado de su mano y estaba sobre la alfombra.
–¿Qué pasó, mamá? –era Pablo, alarmado.
Se levantó de un salto, dando la espalda al niño y se dirigió hacia la otra puerta del salón.
–¡Nada, cariño!, mamá que está tonta y se enredó con la alfombra –contestó manteniéndolo detrás de sí, mientras entraba en el cuarto de baño.
El niño la siguió.
–Toma, que se te ha caído.
Ella cogió el estilete sin voltear la cara.
–¡Vete a la cama, venga!, que papá ya se ha acostado también –le ordenó a través de una rendija de la puerta del baño, que luego cerró–. Hasta mañana, mi vida.
Dejó el objeto metálico sobre el lavabo y se fijó en que le había dejado una marca roja tremenda en la mano, a causa de lo fuerte que lo había asido.
Oyó los pasos del niño alejándose por el pasillo, se sentó en el inodoro y comenzó a llorar en silencio. Una rigidez marmórea se apoderó de ella unos instantes después. Apenas sentía su cuerpo magullado, pero la cara, por el contrario, era de puro fuego. Se acercó al espejo y pegó, con manos temblorosas, un trocito de papel en la herida que sangraba un poco.
Tomó un somnífero de la vitrina y se acostó en el sofá del salón, en la penumbra iluminada por las luces nocturnas, rojizas, amarillentas, fantasmagóricas, que provenían de la calle. La invadió una siniestra sensación de vacío y se tapó con una manta tendida en el brazo del sofá, aquella misma manta bajo la que se cobijaban juntos, viendo la televisión, cuando eran felices.
Se dobló sobre sí misma en posición fetal y cerró los ojos, a la espera del efecto del medicamento.
Con las primeras luces del día despertó, alerta a señales de movimiento en la casa. Todo estaba en calma.
Se levantó y se metió en el aseo, levantó la vista hacia el espejo, y vio la cara de una pobre desgraciada. Tomó una crema base de la estantería y tapó con esmero las señales de su piel, colocando una capa encima de otra, hasta que quedó convertida en una máscara de teatro. Retiró el papelito, aun prendido en su labio inferior, y se maquilló la boca en color natural. Se peinó y tomó una bata de casa que tenía detrás de la puerta, vistiéndosela encima de la ropa de calle con la que había dormido. Se puso algo de colonia y fue a hacer el desayuno.
Los niños se levantaron excitados y tomaron leche y galletas a toda prisa, enfrascándose en sus juegos sin prestar atención a otra cosa.
A media mañana oyó la puerta principal cerrarse y, poco después, sonó el ascensor bajando hacia el portal del inmueble. “Debe de estar arrepentido”.
No cesó de llover en todo el día y, con los niños entretenidos con su nueva máquina, pasó el tiempo sumida en un desierto de seca y fría desilusión.

martes, 24 de abril de 2012

Marcy (39)


Costó un gran esfuerzo acallar las protestas de los pequeños para que admitieran cenar e ir a acostarse, después de haberles mostrado el padre la videoconsola que les había traído como regalo. Fue él quien se encargó de arroparlos y mimarlos, como si fuera el padre más feliz del mundo. Después se dirigió a la cocina, donde se encontraba Marcy ultimando la cena y se encaró a ella de malas formas.
–Tú, dime por dónde has andado últimamente. Me dicen que golfeando, sinvergüenza…
–Pero cariño, ¿qué estás diciendo? Estaba deseando verte, mi vida.
Marcy se dio cuenta en seguida de que, con seguridad, el compañero de Manele encontrado en el mesón, había calentado la cabeza a su marido.
–¡Deseando verte, mi vida! –la imitó, sarcástico–. Te han visto por ahí ligando, en cuanto me he dado la vuelta. ¿Te crees que yo voy a consentir esto? ¿Por quién me tomas?
Las protestas de él iban creciendo en tono y Marcy se percató de la cercanía de una nueva tormenta.
No sirvió de nada tratar de decirle que había coincido con Nacho por casualidad, el compañero de estudios universitarios, al que Manele conocía también.
Susurró una breve disculpa y se dirigió hasta el salón contiguo. Manele la siguió, encendió un cigarrillo y exhaló una gran bocanada de humo mientras se acercaba al mueble bar. Una nueva calada y apagó su pitillo, después se sirvió una copa de licor, que ingirió en dos tragos. Abandonó su vaso chocando su base contra la superficie de cristal. El ruido sobresaltó a Marcy. Se dirigió a ella y le dio una bofetada que estalló en la parte izquierda de su cara.
Ella se dio cuenta de que las cosas habían llegado a un punto de no retorno. Se tambaleó debido al impacto del golpe, y cayó sobre una butaca, que se desplazó hacia atrás por la misma fuerza, y fue a detenerse contra la pared. Permaneció sentada, inmóvil, aterrorizada. Él se aproximó y, cogiéndola por el pelo, comenzó a zarandear su cabeza mientras continuaba vociferando.
–¿Sabes?, ya hace tiempo que tenía que haberte dado una buena paliza, para que aprendas. Pero aun estamos a tiempo.
Haciendo presa en su cabello, la levantó en volandas y le propinó varios bofetones en la cara. Las palmadas resonaron mezcladas con la respiración acelerada de él y con el llanto y las súplicas de Marcy.
–¡Los niños...!, ¡por favor! –musitó ella.
Pero Manele parecía no oírla. Una oleada de nuevos golpes caían por cualquier parte de su cuerpo, mientras ella utilizaba sus brazos como escudo, como entonces, cuando era pequeña, intentando esquivar cuanto podía. Un hilo de sangre comenzó a manar de sus labios.
Sin acabar de saciar su cólera le sujetó los brazos, para inmovilizarla, y la arrojó al suelo sobre la alfombra del salón.
–Como me lo vuelvas a hacer, ¡fíjate que te mato!
–¡Cobarde! ¡Cobarde, hijo de puta! –rugió ella entre dientes, sin miedo alguno.
Él la miró desde su altura, con frialdad.
Ella extendió el brazo derecho, hacia el mueble estantería grande, donde tenían sus mejores libros y adornos, recuerdos de sus viajes.
Cogió un estilete que utilizaban como abrecartas.
–Ven, si eres hombre, y mátame si puedes. O si no te mato yo a ti.
Estaba sentada en el suelo, con todos los músculos en tensión, dispuesta a todo. Él se dio media vuelta y se fue en dirección a la cocina; abrió y cerró, de golpe, la puerta de la nevera, y después se encerró en el dormitorio matrimonial hecho un basilisco.

martes, 17 de abril de 2012

Marcy (38)

Desde que Manele anunció su visita, para finales de enero, Marcy se contagió de la ansiedad de sus hijos y pasaba las noches en vela, como cuando eran novios, enamorada perdida, disculpándole sus fallos, perdonándoselo todo, fantaseando con un nuevo encuentro lleno de romanticismo.
Hasta le vinieron ganas de gritarle su amor al teléfono, cuando él llamaba para hablar con ella y con los niños, ganas de volverse una mujer de esas lloronas, desesperadas, mendigas de cariño. Por eso procuraba hablar poco, fingir algo desapegada, a ver si así él mordía el anzuelo.
Y se torturaba imaginando unas intimidades con Sonia que la volvían loca de celos.
Estaba acostumbrada a que las mujeres lo desearan, pero ahora se lo estaban disputando de verdad.
Tenía que preparar un contraataque en toda regla.
Y la visita sería inolvidable, lo planearía todo al más mínimo detalle.
El anhelado día de la llegada de Manele, salió a recogerlo al aeropuerto, acompañada de los niños, a los que había equipado con alegre ropa deportiva. Tomaron su vehículo y al cabo de diez minutos llegaron al aparcamiento.
Le costó trabajo contener la euforia de los pequeños para cruzar la calle con la debida precaución; y nada más entrar en el gran edificio, salieron disparados hacia la cristalera desde donde se divisaban las pistas, con su madre marchando despacio, detrás de ellos. Los chiquillos miraron ávidos las aeronaves, palmeando sobre la superficie transparente, porfiando entre ellos por saber cuál de ellas traería a su papá.
–¡Papito! ¡Míralo, mami! Está allí saliendo del avión –Manu chilló, entusiasmado.
Qué mal llevaba Marcy la algarabía que montaba el pequeño, le hubiera dado un bofetón de buena gana, pero la imagen de su marido atrajo toda su atención.
Le miró embobada bajar la escalerilla y avanzar con paso firme, con su habitual desenvoltura, desplegando su atractivo de la manera más casual, tan característica de él.
Marcy había preparado el encuentro al máximo. La noche previa se había sumergido en un baño de espuma y tratado su cuerpo dándose una crema de fino perfume. Puso especial atención en la perfección de su piel notando que, sin proponérselo, había perdido algo de peso, quizá por la actividad de los últimos días. Su cintura se había achicado y en la cadera se dejaban notar los huesos con suavidad. Estaba contenta con el cambio.
Aquella mañana del regreso de Manele se había vestido de manera muy sencilla con falda larga oscura y chaquetilla de punto color crema, recogiéndose el pelo en una coleta tirante. Apenas se maquilló, salvo un suave brillo en los labios y se perfumó con colonia a granel. Ninguna joya salvo los zarcillos de perlita blanca y la alianza de oro que llevaba a diario. A su marido no le gustaban los arreglos llamativos, al menos en ella.
Había preparado varios platos con el mayor cuidado y los había metido a congelar para contar con tiempo libre para su marido, y tampoco olvidó coger del trastero unas botellas de vino, de las mejores de la bodega de sus suegros, que dejó enfriando en la nevera.
Quería recuperar con Manele aquella perfecta unión familiar que hubo alguna vez, hacerle sentir las delicias del hogar, la buena comida y la alegre compañía de los niños y de una esposa solícita. Debía mantenerse serena y confiada. Además, poco después de su traslado, su marido le había enviado un ramo de flores, por sorpresa; tenía aquellos detalles extraordinarios que tanto le encantaban a ella, sobre todo después de alguna de sus peleas de enamorados. Rememorando la ilusión de aquel regalo vio a Manele franquear la puerta automática de salida de pasajeros.
Mientras los niños corrían en su dirección, ella se quedó a cierta distancia esperando la mirada de él.
La saludó, formal, casi sin tocar su cara la de ella, mientras los pequeños le tironeaban de la ropa, saltando a su alrededor.
–Chicos, ¡que haya calma!  En cuanto lleguemos a casa ¡se desvelará el misterio!
La expresión traviesa que dirigió a los niños se tornó en una súbita dureza al pasar por los ojos de Marcy. Ella sintió cómo aquel acero enfriaba todo su cuerpo.
Es normal, llevamos un tiempo sin vernos”.
Se montaron en el vehículo, del cual Manele tomó la dirección, sin vacilar, después de depositar el equipaje en el maletero. Durante el trayecto, los pequeños, pendientes del gran regalo, no pararon de hablar con su padre, de tanto como tenían atrasado. Mientras, los mayores apenas cruzaron dos palabras de cortesía.
–Y el abuelo, ¿cómo está?
–Mejorando, cariño; todavía está en el hospital, pero va mejorando.

martes, 10 de abril de 2012

Marcy (37)


Después de salir del hospital, tras pasar unas horas con su padre, entró en la biblioteca, un día cualquiera, para ojear alguna revista; de improviso, se sentó frente a un ordenador y buscó la Universidad de Greda, tal y como Nacho le había sugerido.
En casa, sólo Manele tenía permitido manejar el ordenador con internet, que controlaba con sus claves particulares.
Revisó los cursos de postgrado y másteres que se ofrecían, y que le sonaban tan raros como si ella no fuera una licenciada en Ciencias de la Empresa y no conociera la universidad ni por fotografía.
Y no podía culpar sólo a Manele de aquel atraso; ella había malgastado su tiempo, se había dado al juego, se había escondido detrás de sus hijos.
De una ojeada a su reloj comprobó que el tiempo había volado. Cogió su coche y fue a toda prisa a recoger a los niños al colegio sin hacer mucho caso de ellos. Tenía una determinación fija en su cabeza.
Entró en casa y se dirigió a la cocina, tomó unas fuertes tijeras de hoja de sierra, buscó en su bolso las tarjetas de crédito y, una a una, las cortó en mil pedazos, y las arrojó a la basura.
Como cazadora furtiva, al día siguiente, se acercó a la facultad donde se había licenciado para informarse en persona acerca de los másteres. Entró en el hall principal, circular, y se giró en redondo hasta que vio, en el mostrador de información, a un antiguo conocido. Era el mismo bedel de su época de estudiante, rubio, de ojos azules, de una edad algo menor que la de ella. Estaba igualito que entonces, como conservado en formol. Se dirigió a él de frente.
–¡Pero bueno, Rafa! ¿No has terminado la carrera todavía? –le dijo bromista.
–¿Marcy? ¿Es usted, señorita? Sí, indudablemente, por descontado que la reconozco, la misma que me encargaba las fotocopias con tanta amabilidad. Los estudiantes de ahora no son lo que eran ustedes –contestó él, sonriente, mientras se llevaba una mano a la cabeza repetidas veces.
“Un chico lleno de manías, pero un perfecto caballero”.
La dirigió a la secretaría, de la que ella apenas recordaba su ubicación, y de la que salió, un rato después, portando una multitud de papeles e impresos para cubrir.
–Cualquier cosa que necesite, ya sabe donde estoy, señorita.
Y lo dejó allí, en su puesto, afanándose en sus tareas, con su cabeza rubia sobresaliendo apenas por encima del mostrador.
A pesar del escaso tiempo que había estado aquella mañana en el centro académico, lo abandonó con una impresión de familiaridad, como si no hubieran transcurrido los quince años pasados desde que saliera un día con su título en el bolsillo.

lunes, 2 de abril de 2012

Marcy (36)


Nunca hubiera pensado, cuando era joven, que Manele, el hombre del que estaba enamorada, fuera a resultar un don Juan.
A pesar de que un verano, cuando todavía eran novios, le pidió que cumpliera la mayor ilusión de su vida, acostarse con dos mujeres a la vez.
Se lo pidió mientras estaban en un camping de playa, donde habían ido a pasar un fin de semana con compañeros de la facultad.
Lo empezó a decir medio en broma, cuando ya estaban bien bebidos y fumados. Le dijo que estaba de moda en la universidad, que ya vería lo bien que se lo pasaba, que en realidad a quien quería era a ella. Que quería tener esa experiencia.
Estaban metidos en su tienda de campaña.
–Cariño, es que hay cosas que mejor no probarlas.
Ella, al principio, ofrecía resistencia.
–Es un capricho de una vez, mujer, no seas monja.
–Pero es que a mí..., me da mucha vergüenza, no voy a saber qué hacer.
–Vamos, yo me acuesto en el medio de las dos. Tú déjate llevar.
Entre los compañeros que habían ido juntos al camping había dos chicas que compartían tienda. Resultó que él ya tenía apalabrado el asunto con una de ellas.
Él hizo una llamada de móvil y al momento se oyó la voz de una mujer.
–¿Se puede?
–Adelante –dijo él entusiasmado–. ¡Ahí está!
Marcy se quedó patidifusa cuando vio que entraba la chica y su compañera. Las dos.
Manele estaba más entusiasmado todavía, le lanzó a la primera una mirada fija, penetrante, y después ella miró igual a su amiga. Los tres sonrieron de oreja a oreja.
–Venid, vamos a fumar un peta.
La tienda era bastante grande. Tenía una zona de estar, amplia, y un dormitorio independiente.
Se quedaron los cuatro sentados en el suelo, en círculo, sobre una manta y fumaron un rato.
No tardaron en estallar las risas.
–¡Menuda hambre que me está entrando! –dijo Marcy.
–Eso es bueno. ¡Ale, Manele!, saca el embutido –dijo una de las dos.
Y rompieron a reír y reír.
Él cogió unos snacks y una botella de whisky y se volvió a sentar.
Marcy comió con un hambre voraz y echó un trago de la botella. Se tumbó hacia atrás sin saber qué hacer y cerró los ojos.
Cuando se fue a dar cuenta las manos de las chicas serpenteaban por sus piernas hacia arriba, su tacto era cálido, de puro terciopelo, olían a mar. Abrió los ojos y vio el rostro de las dos, sonrientes. Una de ellas la besó en la boca. La otra siguió acariciándola cada vez más hasta que experimentó un placer bestial y quedó rendida.
Después, casi entre sueños, vio como Manele se refregaba con cada una y le pareció la cosa más natural del mundo.
Cuando se despertaron al día siguiente, las chicas ya no estaban y, de no ser por lo que Manele le dijo, hubiera pensado que había tenido un sueño erótico.
–¿Qué tal? ¿Qué te pareció?
En aquel momento le pareció una cosa que mejor que no hubiera sucedido.
–¡Bah! No es para tanto –respondió.
Durante varios días tuvo una extraña sensación por haber sentido lo que había sentido con aquellas. Se volvió algo loca con aquel pensamiento.
“Eso, ni otra vez más”.
A pesar de que él volvió a insistirle durante un tiempo con lo mismo, ella se hizo la desentendida.
Pensó que él era un joven activo, experimentador, que ya se le pasarían aquellas aficiones con el paso del tiempo, que era una tontería de la edad y que ya sentaría la cabeza.