Novela gratis online para leer por entregas.


lunes, 17 de junio de 2013

Marcy (99)


Nacho le había recomendado empezar cuanto antes el trabajo fin de máster, a la vez que estaba de prácticas en Lank Corporate. El trabajo consistía en la creación de una pequeña empresa y a Marcy se le ocurrió montar una guardería en Mazello.
Había ido adquiriendo cada vez más soltura en el mundo de fuera de las cuatro paredes de su casa y ya no le intimidaba lanzarse a montar su propio negocio. Es más, siempre había echado en falta un centro infantil cerca de su casa.
Acudió al ayuntamiento para solicitar el permiso correspondiente.
Necesitaba un empleado que estuviera al pie del negocio, porque ella apenas tendría tiempo para supervisarlo.
Miró en el periódico trabajadores en demanda de empleo. Después de varias entrevistas le llamó la atención una joven llamada Arcadia, de tez morena, casi negra y rasgos raciales, recién llegada del cono sur. La muchacha tenía una hija pequeña que se había quedado en su país de origen y contaba con estudios de magisterio.
Las dos se entendieron a la perfección nada más verse.
Arcadia empezó a frecuentar la casa de Marcy para preparar el proyecto y comenzar cuanto antes, harían falta al menos tres meses de actividad de la empresa para someterla a evaluación y poder presentar los resultados.
Estaban entusiasmadas con la idea de la guardería.
Solicitaron un crédito para comprar el material necesario, cuadernos, juegos y otros útiles de enseñanza y equipamiento y buscar el local adecuado a un precio económico. 
Arcadia necesitaba tramitar su permiso de residencia que estaba próximo a caducar y acudieron al Centro Social de Mazello, donde trabajaba Laura, que estaba muy puesta en emigración.
Cuando entraron en la oficina la vieron en la recepción manejando un ordenador y fueron en su dirección.
–¡Pero qué sorpresa, chula! --Laura se levantó sonriente, embutida en un vestido que le sentaba como un tiro.
–Venimos a darte la lata, Lau –dijo Marcy–. Te presento a Arcadia.
En pocos minutos le explicaron todo a la funcionaria y ésta envió a la joven a una de las oficinas para iniciar los trámites.
Laura no perdió la ocasión de enredar.
–Ve con cuidado, ya sabes que de esta gente no te puedes fiar, no te vayas a creer todo lo que te dicen, y no dejes que se acerque a tus hijos. Para encima algunos acaban robando en las casas.
El cuchicheo de Laura la dejó indiferente. Desde que interrumpieran sus reuniones de los jueves la notaba más distante, a la defensiva. Después de lo mucho que había piado porque Marcy se lanzara a trabajar, ahora que iba a hacerlo le ponía pegas.
Marcy escuchó sus tonterías sin prestarle atención.
Tampoco tenía muy clara la relación que había entre Laura e Isabel, ni sabía a ciencia cierta de qué bando estaba la funcionaria.

Pero lo único que le importaba es que le echase un cable en el asunto del papeleo.

lunes, 10 de junio de 2013

Marcy (98)


Quien debía estar enfadado de verdad con ella era Román, o ella así lo creía, porque hacía tiempo que el trato con él se limitaba a darle las sumas de dinero establecidas, con precisión matemática, evitando cualquier otro contacto, no fueran a volver los fantasmas de aquel loco período vivido a su lado.
Cuando le miraba, lo que le venía a la cabeza, no era para sentirse orgullosa.
Y temía la influencia de aquel hombre poderoso.
–Buenos ojos la vean –comentó, divertido, pocos días después del encuentro entre mujeres, en el parque, cuando ella acudió a su habitual cita.
Le notó diferente, reanimado.
Desde que lo evitaba, él se comportaba algo contrariado y reservado con ella. No era que le reclamara nada, pero Marcy notaba, bajo su apariencia de perfecta educación, que ocultaba hacia ella un silencioso reproche.
En aquella ocasión le pidió sentarse un rato, dijo que prepararía un café y que tenía que contarle algo.
Marcy se disculpó por su distanciamiento.
–Es que estoy haciendo las prácticas de empresa y en seguida empezaré con el trabajo Fin de Máster. Tengo que crear una mini empresa en el mundo real, tendré que buscar un trabajador y gestionarlo todo yo sola. Estoy muy ocupada, ya lo ve.
–No se preocupe, Marcy, sus estudios son lo primero, ¿okay?
La obsequió con una sonrisa encantadora antes de continuar.
–Mire, voy a decirle algo sorprendente, algo que nos afecta a los dos, sobre esa parejita de tórtolos que nos han engañado. Es increíble.
Mantuvo unos segundos de silencio y se sacudió la cabeza para continuar.
–Su marido no es el padre del hijo de Isabel, se ha enterado hace unos días y se lió un buen escándalo. Ella quedó al descubierto y ahora viene a mí a lamerse las heridas. No sé qué es lo que pretende.
Román se explicó al detalle sobre lo sucedido. Al parecer, ella tuvo que hacerse una prueba médica para chequear la salud del bebé, un análisis que era obligatorio en madres mayores de treinta años.
–Su marido de usted estaba algo desconfiado porque le había encontrado por casualidad una factura de una clínica de reproducción asistida. Y él movió sus influencias y averiguó que el tratamiento se hizo con células de donante anónimo.
Así que Manele no era el padre del bebé que esperaba Isabel.
Los resultados de la genética habían sido concluyentes.
–Imagínese cómo se habrá puesto su marido. La echó de casa y ahora viene a que yo la recoja, que está muy arrepentida, llorando como una magdalena. ¡Como si no la conociera!
Román no podía disimular su contento.
–Mire como al final el que la hace la paga. Pero yo le he dicho que se las arregle, que ella sabrá lo que tiene que hacer, dinero lo le va a faltar, eso bien lo sé yo.
En su fuero interno, Marcy saboreó la venganza.
Manele, el atractivo y triunfador as de los negocios se venía al suelo de manera inesperada, engañado y herido, víctima de una arpía que parecía hecha a su medida.
Si Isabel salía de la vida de su marido quizá ella tuviera una nueva oportunidad.
A lo mejor ahora buscaba el apoyo de ella y de los niños, ahora que ya no le iba tan bien. Qué pasaría si Manele volvía con la intención de acercarse otra vez a ella. A buen seguro no iba a pedirle clemencia como un corderito, no era su estilo. Ella conocía bien el ego de su marido. Estaría hecho una furia, aunque nunca lo daría a demostrar.
¿Había alguna salvación para ellos? Durante años había vivido con la esperanza de un cambio en él y nunca se había producido.
Quizá era el acontecimiento que podía devolverlo al hogar de manera definitiva.

Con estas cavilaciones en la cabeza se despidió de Román hasta el próximo día.

lunes, 3 de junio de 2013

Marcy (97)


No tardó en encontrarse a sus antiguas amigas por Mazello. La fuerza del calor sólo permitía salir de casa a última hora de la tarde y fue en uno de aquellos paseos con sus hijos, cuando se las topó, casi de bruces, en el parque más cercano.
Titubeó un segundo, pero comprobó que la habían ojeado y se vio en la obligación de seguir de frente en dirección a ellas.
Estaban juntas, sentadas en un banco del parque, Isabel, Sonia y Laura, de charleta, mientras cuidaban de las pequeñas de ésta, ocupadas en sus juegos. Los niños corrieron hacia el tobogán y Marcy se aproximó a las mujeres, que se levantaron en corrillo a saludarla.
Unas y otras se deshicieron en exclamaciones de alegría algo artificiales y en preguntas banales, mientras Marcy, atenta al vientre abultado de su rival, apenas se enteraba de nada.
Cuando ya la parca conversación daba muestras de llegar a su fin, Isabel se dirigió a Marcy mirándola a los ojos.
–Me alegro de que te lo hayas tomado así de bien.
–¡Ah, desde luego! No puedo quejarme. Supongo que sabrás por Román que estoy muy ocupada.
Le salió así, remarcado, con descaro, con la mayor intención de aguzar los celos que, si acaso, podía sentir Isabel.
Sintió una maldad refinada, la misma que su propia contrincante le había enseñado tantas veces. La alumna superaba a la maestra.
Observó que su estado no había causado ningún estrago en la belleza de Isabel, algo más redondeados los ángulos de su cara, continuaba manteniendo su cabellera rubia perfecta y su estilo envidiable. Sin embargo Marcy apreció un nerviosismo mal disimulado en ella.
Laura se había apartado para vigilar a las niñas que corrían hacia el tráfico y el encuentro se deshacía, cuando Sonia le dijo a Marcy que ella también se marchaba y que la acompañaba.
Llamó a sus hijos para regresar a casa a cenar y durante el trayecto, la nórdica, que a pesar del tiempo vivido en el país aun mantenía un acento muy marcado, comenzó a hablarle.
–Marcy, yo sé que usted no tiene simpatía por mí y desde que estoy en Brexals cerca de su esposo, todavía menos.
Estaba a la expectativa de las palabras de Sonia mientras simulaba prestar atención a los niños. La otra seguía su monólogo, hablando muy despacio, silabeando, trabándose de cuando en cuando.
–Pero yo la comprendo muy bien y por mí no tiene nada que temer, y tampoco se confíe de las apariencias.
–No sé qué me quiere decir, Sonia –dijo Marcy, como al descuido.
–No son tan felices como quieren aparecer, puedo asegurarle que discuten mucho, no sé cómo van a terminar.
Sonia mantenía con la pareja un trato muy cercano y estaba al corriente de todo.
Se despidieron y Marcy la vio alejarse enfundada en un chándal y con su pelo platino recogido en una sencilla coleta.

Me importa un pito como termine esa bruja con mi marido”. Pero sabía que se mentía a sí misma, porque sí le importaba.

lunes, 27 de mayo de 2013

Marcy (96)


En la velada, amenizada por una pequeña orquesta, las parejas, a cual más elegante, competían en pericia en los bailes agarrados, algunos con la perfección propia de una academia.
A Marcy aquel ambiente la transportaba a otros tiempos, cuando la existencia se deslizaba con placidez, en las mansiones se celebraban magníficas fiestas y las damas no tenían otra cosa en qué pensar más que en el largo de sus vestidos.
Estaba bailando con Nacho, una pieza detrás de otra. Un vals, un tango, no lograban ponerse de acuerdo en los pasos y se daban pisotones, se partían de la risa.
García y su esposa estaban haciendo lo propio unos metros más allá.
Ellas ataviadas con vestidazos largos, escotados, maravillosos, que acababan de comprar en la boutique del balneario, ellos de media etiqueta, traje azul marino que habían traído de casa.
Había preparado la ropa a conciencia, se exigía así para acceder al baile.
Comenzó a sonar un rock and roll y la pista se volvió un hervidero de parejas que iban y venían enganchados de la mano, dando vueltas, algunos hasta saltos casi acrobáticos. Las chicas de falda corta, de vuelo, un torbellino.
Marcy no podía con aquellos taconazos.
–Venga Nacho, ¡que no se diga!
No estaba con el atuendo más adecuado, pero trató de moverse a buen ritmo.
Aquella era la música de su juventud, la misma que estaba de moda cuando iba a los guateques con Laura e Isabel y empezaba a tontear con los chicos.
No había pasado casi nada de tiempo, casi nada.
Ya no era el mismo cuerpo, ni el mismo vigor.
–Vamos a tomar una copa, Nacho, que no puedo con mi alma.
Pidieron unos combinados fuertes y volvieron a la pista con fuerzas renovadas.
Estaba sudando y su traje se había pegado a su cuerpo, empapado.
Por fortuna sonó una canción suave y se acercó a Nacho para un slow.
Aún resonaba en su cabeza la conversación que había mantenido después del masaje.
–Qué puta es la vida, ¿no?
–Y tanto –respondió él–. ¡Si no fuera por estos momentos!
Y quedaron bailando los dos, derrengados, dando vueltas y vueltas, despacio,  como si nunca fuera a llegar el día de mañana.
Se habían dicho muchas cosas, no todas agradables.
Pero Marcy no recordaba, en años, haber pasado unas jornadas tan felices como aquellas, tan autenticas.

Abandonaron el lugar el domingo por la tarde, sin que Marcy le hubiera dicho nada a Nacho de los trámites que se traían García y Román entre manos.

martes, 21 de mayo de 2013

Marcy (95)



Se desplazaron el viernes en dos vehículos. Nacho, acompañado de Miguelito, pasó a recogerlos en su monovolúmen de última generación, repleto de cachivaches infantiles en el maletero. Los niños tomaron asiento atrás y Marcy al lado de Nacho.
En menos de una hora ya se encontraban en la recepción del Gran Hotel donde, tras pocos minutos de espera, llegaron los otros cuatro.
Se chequearon en el mostrador de recepción y al momento los niños se escabulleron hacia la ludoteca esquivando a los mayores. Mientras el conserje se ocupaba de sus maletas, se sentaron en el piano bar a refrescarse tomando unas cervezas.
El sol derretía por aquellos días y el hotel estaba abarrotado de clientes.
Convinieron subir a las habitaciones para ponerse el bañador y bajar a las piscinas.
Los niños no daban ninguna molestia, tanto de día como de noche el balneario contaba con cuidadores especializados que los tenían embelesados con su animación. Entretanto, los mayores descansaban en sus tumbonas, tomando zumos exóticos, al borde de la piscina de agua de mar, protegidos por una sombrilla rayada del ardiente sol.
Al día siguiente de llegar hicieron el circuito termal los cuatro juntos.
–Díselo tú, Nacho, que a mí no me hace caso –dijo la mujer de García.
–Que le diga el qué.
Estaban en la sala de reposo, cada uno en su diván, envueltos con mantas, después de haber recibido un masaje.
Los habían dispuesto en círculo para que pudieran verse. Una empleada les llevó unos zumos y se fue. No había nadie más.
Marcy tampoco sabía lo que quería decir la esposa de García, estaba relajada y su piel olía a hierbas aromáticas, sobretodo si despegaba un poco la manta de su cuerpo. Lo hizo varias veces para aspirar aquel olor narcótico.
No le apetecía mucho escuchar líos de familia.
–Dile que tiene que olvidarse un poco de su padre, Nacho.
Marcy echó una ojeada a Nacho y vio que ponía cara de circunstancias y se mantenía en silencio.
Aquí hay movida”.
–¿A qué viene sacar este tema ahora? –inquirió García a su esposa, disgustado.
Pero ella no se retrajo y siguió a lo suyo.
–Es que es verdad, Nacho, es que no puedo con él. No piensa en otra cosa más que en su padre y en ganar dinero, nos tiene abandonados a su mujer y a sus hijos.
García estaba furioso.
–Es que a ti no te duele mi padre, me duele a mí –dijo, como un basilisco, en voz alta.
La relajación que disfrutaba Marcy se había disipado.
–¿No veis como se pone? No se le puede decir nada –dijo la aludida.
–Yo lo comprendo –dijo Nacho–. Oye, es su padre, lo más grande que uno tiene en la vida. Yo lo sé bien porque me crié sin él.
Nacho se quedó algo pensativo.
–Te pasas la vida buscando ese algo que te falta, alguien que ocupe su lugar.
Marcy se sintió emocionada por aquellas palabras.
Como si hubiera dicho una verdad universal, incontestable. Se decidió a hablar.
–No lo sabía, Nacho, y ¿desde cuando te falta tu padre?
–Cuando yo era un bebé, nos abandonó a mi madre y a mí, no volvimos a saber de él.
El matrimonio desistió de su pelea y atendía a la conversación.
–Yo también lo entiendo. Tengo a mi padre enfermo del corazón, es muy jodido verle que se te muere y no puedes hacer nada –dijo Marcy.
–Eso sólo lo sabe el que lo pasa. Tú como tienes unos padres de bandera…–dijo García mirando a su mujer.
La esposa se mantuvo en su sitio y continuó replicando.
–Cariño, yo lo único que te digo es que tienes tu propia familia, la tuya, la que has creado tú, y que la cuides –dijo con seguridad a su esposo.
–En eso tiene razón, tiene mucha razón –dijo Marcy.
Entró la empleada arrastrando un carrito y les tendió un albornoz blanco, bien doblado, a cada uno y les dijo que la sesión había finalizado y que podían irse.

lunes, 13 de mayo de 2013

Marcy (94)



Una tarde Nacho la invitó, junto a un reducido grupo de compañeros, a tomar unas copas en un local de moda recién abierto en Greda.
Marcy había ganado peso y lucía un aspecto mucho más saludable y el arreglo para aquella noche surtió un efecto fabuloso. Volvía a estar atractiva de verdad, incluso le pareció descubrir en la imagen que le devolvía el espejo, que las pequeñas marcas de la vida la estaban dotando de un estilo más profundo, más interesante. La figura, perfecta, sólo realzada por su pequeño vestido negro de verano, de profundo escote y con brazos y piernas al aire. Aun no estaba bronceada, de manera que se pasó por las zonas descubiertas una crema coloreada y maquilló sus labios en color rosa, del mismo tono que su capelina de gasa. Sus mechas habían tomado, con el tiempo, un tono casi rosado, y lucían perfectas realzando el cabello, que caía con soltura sobre los hombros.
Nacho pasó a recogerla y acudieron al local.
Ya había ido llegando la gente y algunos estaban en la pista, debajo de la bola giratoria compuesta de espejitos menudos, cuadrados, que reflejaban todos los colores que lanzaban los proyectores al ritmo de la música.
Tomaron una copa cada uno y la bebieron de prisa para unirse a los que bailaban. 
Hacía mucho tiempo que no se dejaba llevar por la música de aquella manera. El cuerpo, llevado por la copa y el ambiente, se distendía relajado entrando en un ritmo sinuoso y suave que le borraba cualquier otra impresión. Confrontada con Nacho, se correspondían sus movimientos y su mirada con naturalidad casi animal.
De un vistazo al nuevo grupo recién llegado, pudo distinguir a García, de la Duxa Limited.
–¿Qué hace éste aquí, Nacho?
–Es el marido de una compañera, un tío muy majo. Ya sabes, en Greda, los de este mundillo nos conocemos todos.
No tenía ella esa impresión de García, más bien al contrario. Le parecía el clásico personaje sin escrúpulos, dispuesto a venderse al mejor postor.
–Así que lo conoces bien, ¿no? –insistió ella, levantando la voz sobre la música.
–Durante un tiempo nos frecuentábamos mucho. Hace años que viven una tragedia con el padre de él. Se llevan gastado un dineral en médicos. Él es pasión lo que tiene por su padre.
Se detuvieron y comenzaron a saludar a los nuevos. Vio a García algo forzado al encontrársela allí, como incómodo. Venía con su esposa y pronto se unieron al baile y a las copas para terminar sentados, sudorosos, alrededor de una mesa algo retirada del bullicio de la pista.
Nacho le preguntó en seguida por el estado de su padre y Marcy observó el semblante de García, de habitual formal y reservado, languidecer en pocos segundos.
–Dejemos de hablar de ello, Nacho, está cada vez peor con esto, obsesionado, cambiemos de tercio –dijo su mujer.
El padre, según Nacho le explicó a Marcy en un aparte, padecía un tumor maligno y había tenido que ser operado en varias ocasiones, llevaba años de agonía, pero la familia no se resignaba. García se había gastado una millonada en su padre.
Nacho, con toda la intención de borrar aquel efecto penoso de su pregunta, dirigió la conversación por otros derroteros.
–¡Oye, oye!, ¡se me acaba de ocurrir! Me han regalado unos bonos de un balneario nuevo cerca de la costa, de agua de mar, el sitio es maravilloso. ¿Os hace un fin de semana en familia?, los niños van gratis.
Era un plan excelente, lo que necesitaban, era verano y el calor era sofocante dentro de las pequeñas viviendas.
Marcy tenía la necesidad de evadirse de su marasmo.
–¡No se hable más! el próximo fin de semana. Salimos el viernes al mediodía, yo reservaré.
Y nadie rechazó la propuesta de Nacho.

martes, 7 de mayo de 2013

Marcy (93)



Llegaron los días de fuerte y creciente calor y su modesto piso, sin aire acondicionado, se hacía agobiante para ella y para los niños.
Pero tenía que permanecer en Mazello para continuar realizando las gestiones bancarias que Manele le había encomendado y también acudía, muy a su pesar, de refilón, al estudio del arquitecto, para entregarle el dinero como había acordado.
Rafa la seguía de cerca llamándola al móvil de continuo, con la terquedad de un sabueso.
Y ella le obedecía porque no le quedaba otro remedio, porque sabía que lo necesitaba.
Se sucedieron unas jornadas insulsas, bajas, tras la marcha de su marido.
Había intentado hacer un alarde de fuerza frente a Manele, de poder a poder, pero su debilidad estaba ahora haciendo estragos en su corazón. Se interrogaba por el origen de los fallos que les habían llevado a aquel pozo del que no parecían poder salir, cada vez más negro y profundo.
“Él también está sufriendo, seguro”. Y esta creencia de que él era solidario en el dolor que ella sentía la aliviaba. Por eso había llegado a retarla con lo de quitarle a los niños, una amenaza que era síntoma de lo mal que él se encontraba.
En el fondo era bueno, sólo que las circunstancias se habían torcido para ellos.
Puede que al final todo volviera a ser como antes, cuando eran felices.
No podía olvidarle tan fácil.
No se sentía con muchas ganas de nada.
Pero llamó a Nacho para pedirle hacer las prácticas del master en Lank Corporate y su amigo la recibió en su despacho sin tardanza y le dijo que estaba aceptada como becaria.
Incluso quiso ir más allá.
–Oye, quizá sirva para introducirte en los engranajes del negocio y más adelante entrar en plantilla.
–No corras tanto, Nacho.
No se sentía muy segura de nada.
–¿Eh? Hoy estás dando el primer paso de algo muy grande, incrédula.
Nacho la acabó contagiando de su optimismo.
Y la cogió del brazo y le enseñó el rascacielos de arriba abajo.
El edificio era una de las joyas de la arquitectura de Greda, un prisma inclinado que desafiaba a la gravedad, revestido de titanio, de la misma altura que el Zeol Center. Los dos colosos reinaban enfrentados y solidarios a la vez en el puro centro de la Milla de Oro de Greda.
Comenzó a ir a diario al Trass Building después de haber firmado un contrato en prácticas con Lank Corporate, al principio haciendo de tripas corazón, sin concentración alguna, sin fe. Dejaba por la mañana a los niños con los abuelos y ella pasaba gran parte del día en su nueva actividad. Pero se dio cuenta de que llevaba años y años ansiando en secreto algo así, y entendió al fin que si no lograba desempeñar la profesión para la que había estudiado tantos años iba a ser una desgraciada toda su vida.