Novela gratis online para leer por entregas.


lunes, 13 de octubre de 2014

Marcy (168)


Sorry, tú no sabes que ahora somos socios. Mis padres me han cedido el negocio –dijo Manele–. Ya sólo nos faltas tú.
Ella se quedó atónita, no sabía si Manele estaba hablando en broma o en serio.
–Que es verdad, mujer, ¿es que no me crees? Aquí nos tienes, los tres ex empleados de la Duxa –dijo señalando a los otros con la vista–. Y tú ahora, en la compañía, esto es la bomba, fíjate lo que cambia el mundo.
Manele continuó, mientras los demás escuchaban.
–Necesitamos en la bodega a una ejecutiva de prestigio. Te necesitamos.
Ella no daba crédito a lo que estaba oyendo. Manele continuó empecinado mientras los otros asentían sus palabras con la cabeza, manteniendo silencio.
–Nosotros –dijo señalándose a sí mismo y a los otros dos– hemos cometido errores como para llenar una enciclopedia, pero eso es pasado. Ahora, para volver al ruedo, necesitamos a una mujer como tú, respaldada por una gran compañía.
Se puso de pié y separó los brazos como queriendo abarcar con ellos la finca entera.
–Es la herencia de nuestros hijos, ¿entiendes?
Aquello ya era el colmo de la cara dura. Marcy vio que iba a perder los estribos, aunque hubiera gente delante que no sabía de la misa la media.
–¿Tú no sabes lo que es vergüenza? Después de pegarme, de engañarme con otras, de meterme en un calabozo… ¿todavía quieres algo más de mí?, ¿es que te has vuelto loco?
Los otros guardaban silencio estupefactos.
–Esto no es para hablarlo aquí – continuó ella poniéndose también en pié–. Y lo que no te perdono es que también engañaras a mi padre, eso en la vida te lo perdono.
Volvió a sentarse abatida. El enólogo se acercó a su lado y habló por primera vez.
–Eso mismo, Marcy, mucho mejor así, sácalo todo de dentro. Pero voy a decirte una cosa, con todos sus fallos, nunca me pareció que Manele tuviera mala intención contigo.
El aludido estaba sudoroso, cabizbajo, como de haber hecho un gran esfuerzo.
–Fíjate que yo, por lo único que he luchado en la vida ha sido por mi familia, pero he caído en mi propia trampa…, y ha habido gente que mejor no habérmela cruzado.
Marcy pensó que se refería a Isabel.
–Me han engañado, me han humillado…, lo tengo merecido.
–Tranquilo, Manele, tranquilo –terció el subdirector, su íntimo amigo–. Todo cambiará, hombre. Mañana lo verás todo mucho mejor.
Permanecieron los cuatro en silencio durante unos segundos.
–¿Has venido sola? –dijo el enólogo.
Marcy se acordó de su empleada. Estaría aburrida esperándola metida en el coche.
Pero cuando se levantó para irse se sintió tan cansada que se volvió a sentar otra vez.
–He venido con Arcadia, la encargada de la guardería.
–Que entre. Llama a Greda, a tu madre, que hoy os quedáis aquí. Estás demasiado agotada como para conducir –dijo Manele.

Y Marcy no replicó.

lunes, 6 de octubre de 2014

Marcy (167)




Le pidió a Arcadia que la acompañara a la finca vinícola para no volver a pasar el mal trago de la última visita. Era sábado y la guardería estaba cerrada. Los niños se habían quedado con su abuela en Greda.
Las dos hicieron todo el recorrido charlando sin parar sobre la guardería y, casi sin darse cuenta, estaban en la puerta metálica de la propiedad.
Marcy paró el coche y pulsó el portero automático.
–Pasa, Marcy –era la voz de Manele.
Detuvo el coche en la plazoleta delantera y pidió a Arcadia que la esperase.
–Si te necesito, te llamo –le dijo.
Y entro en la casa de los suegros sin ninguna prisa. La puerta estaba abierta, pasó al recibidor y percibió una vaharada de vino rancio.
Esta ratonera siempre huele mal”.
Oyó conversación en el salón y decidió entrar sin más. Para su sorpresa, en la estancia estaban Manele y el subdirector de la Duxa Limited, charlando muy animados. Estaba con ellos el enólogo y se estaban tomando unos vinos en unas copas grandes, de tallo alto, que brillaban impecables al sol que se filtraba por las ventanas.
No había vuelto a ver al subdirector desde aquella cena en casa de ella, cuando hacían planes para la Unidad Internacional.
Parecían muy relajados.
–El viaje bien, ¿verdad? ¿Te hace un vinito? –dijo Manele.
Marcy estaba perpleja. Los caballeros se acercaron a saludarla.
–No, gracias, es demasiado pronto. Prefiero un refresco.
No vio a sus suegros por ninguna parte. Él pareció adivinarle el pensamiento porque dijo que sus padres se habían marchado al sur, de vacaciones. Que los médicos lo habían aconsejado así.
Manele pasó a la cocina y regresó con la bebida en una bandeja, donde también había colocado unos platitos con aceitunas y galletas saladas.
Se sentaron en el tresillo, el que Marcy conocía en aquel salón de toda la vida, y que siempre le había parecido horrendo. Era de ese tipo de maderas oscuras que desprenden un olor añejo y llevaba una tapicería fijada con hileras de clavos de cabeza redonda que estaba ya muy ajada y desprendida en algunos bordes, dejando ver el relleno de una especie de espuma amarillenta, llena de agujeros.
Manele colocó la bandeja en la mesa de centro y tendió las bebidas a cada uno.
–Por aquí todavía hace mucho calor –dijo él– los niños, ¿están con tu madre?
Ella asintió.
Los hombres tomaron de los aperitivos y terminaron el vino. Bebían con sed, pero el alcohol no parecía afectarles. Manele rellenó las copas.

No se esperaba semejante reunión. Ellos siguieron su tema de conversación sobre el resultado de la última vendimia.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Marcy (166)



Se sentía bien en su nuevo apartamento, en uno de los mejores edificios de la Milla de Oro de Greda, un inmueble moderno, que contenía todos los servicios que ella y sus hijos podían necesitar y que estaba cerca del Zeol Center. Y es que tenía medios para permitírselo.
Raúl no había reparado en gastos y le había otorgado un contrato de alto nivel para llevar adelante los proyectos para el desarrollo que ya tenía aprobados y pendientes de ejecución. Una nueva apuesta, decidida, de la Duxa Limited.
La angustia de su detención y la muerte de su padre habían sido los revulsivos que había necesitado para dar aquel giro a su existencia y abandonar el hogar conyugal. Y los pequeños se habían adaptado, de hecho, ya estaban acostumbrados a las prologadas ausencias del padre. No habían pedido muchas explicaciones y disfrutaban de lo lindo de su nuevo estilo de vida. “Qué más se puede pedir”.
Cuando el azar comenzaba a presentar su mejor cara, recibió la noticia del primer premio en el máster, con un contrato de un año, como profesora ayudante en la facultad.
Fue el propio Rafa quien se lo comunicó. Apareció en la puerta de su apartamento a primera hora de la mañana, llevando un ramo de flores en una mano, una bandeja de pasteles en la otra y el periódico debajo del brazo.
Se acomodaron en la cocina a desayunar, los niños aun no se habían levantado.
–Usted se lo merece todo, señorita –ese día se lo repitió mil veces.
–Venga, ya, Rafa, el máster te lo debo a ti, deberías ser tú el profesor en la facultad…
–¡Ni de broma, señorita!, ya se lo dije, que lo mío es ser bedel, inevitablemente; metido de vez en cuando a detective –él rió de buena gana.
Después de haber ocupado las primeras planas de los periódicos, el escándalo financiero pasó pronto al olvido y ni Lucas ni Sonia tuvieron mayores consecuencias. El principal implicado, Román, contra el que apuntaban las mayores acusaciones, ya estaba libre de cargos.
El bedel pensaba que el arquitecto y los suyos habían movido los resortes del poder de los Totale para zafarse una vez más.
–Rafa, por cierto, decías que ibas a pedir un traslado al sur por la salud de tu madre, ¿no?
–Resulta que…, señorita…, no se sabe. Mi madre, está cada vez mejor. Pudiera ser que no hiciera falta.
Notó el brillo de la felicidad en los ojos de su amigo y se alegró por él.
Ya habían dado cuenta de los pasteles y del café y él comenzó a ojear el periódico. Ella se levantó para recoger las tazas, colocó sus manos en los hombros de él y acercó sus labios a una oreja del joven.
–No estaría bien que mi ángel de la guarda se me fuera lejos, yo podría correr peligro –dijo ella, y Rafa le correspondió con una sonrisa espléndida.





lunes, 22 de septiembre de 2014

Marcy (165)



Nada más ver la cara de la madre, a la puerta de la habitación del hospital donde Arturo estaba ingresado, se dio cuenta de lo que iba a decirle.
–Hija, papá se puso muy grave… No pudo aguantar la infección. Se fue apagando como una vela y…, se murió.
Marcy lanzó un grito de dolor casi animal. Permaneció abrazada a su madre un tiempo indefinido.
–¿A que no merecía la pena seguir viviendo a costa de sufrir de esa manera? –dijo la madre, apartándose con suavidad– No había nada que hacer.
Marcy vio que en la cara de Amelia, pálida como la cera, no había lágrimas.
La dominó un acceso de llanto y dejó aflorar toda la tensión acumulada, apoyadas las manos en el canto de una mesa, sin ver nada más que su dolor, después miró a su madre a la cara.
–Quiero verlo, mamá.
–Pasa.
El cadáver estaba pendiente de ser retirado del cuarto, su cara, tan afilada, apenas recordaba al que fuera su tan querido y odiado padre.
–¡Papá!, ¡Papá! –le reclamó, como porfiando con él por no haberla esperado.
El tono se su voz bajó hasta convertirse en un susurro.
–Papi, te quiero, nunca te lo dije lo suficiente. Papi, te perdono, te perdono…
Echó la cara abajo para que su madre no la viera, aunque ésta había quedado unos pasos atrás, como respetando aquel diálogo final.
Quedaron sentadas las dos en unas sillas contiguas, cogidas de la mano, hasta que los empleados del tanatorio hicieron su aparición para llevar a cabo su oficio.
Marcy llamó a su antigua canguro para que se ocupara de los pequeños y se dejó llevar por la situación, con la mente en blanco, insensible.
Al día siguiente, a las cinco de la tarde, después de un sinfín de caras que saludaban y se condolían con ella y con su madre, tuvo lugar la misa. Reconoció a antiguos compañeros de trabajo de su padre, a sus tíos, vio también a Arcadia, García, Raúl y Rafa. Terminó la ceremonia y salieron al exterior de la iglesia, a esperar. El féretro fue arrastrado por una cinta transportadora a la sala de cremación. Tres horas después, cuando sólo unos pocos las acompañaban, llamaron a Amelia para que recogiera el sarcófago ovoide que contenía las cenizas.


lunes, 15 de septiembre de 2014

Marcy (164)


Rafa le explicó que aquello, aún cuando fuera verdad, era materialmente imposible, que un familiar suyo estaba trasplantado de riñón y después del trasplante necesitaban tantos cuidados médicos y tratamientos como antes.
–Aunque fuera verdad, se acabaría descubriendo. Inevitablemente. Parece que no ha tenido bastante, con todo lo que le ha ocurrido… –dijo, irritado, meneando la cabeza.
A Marcy le pareció que tenía toda la razón. No le molestaba en absoluto la regañina de su amigo, todo lo contrario.
–Y encima, para intentar esa locura, tener que pasar por testificar en falso. Le están intentando comer el coco, señorita, hacerle ir contra lo más sagrado. Apártese de esos delincuentes. Usted no se merece que la traten así. Usted tiene el alma más noble que yo he visto en mi vida.
El bocadillo del bedel quedó sin empezar en el plato y Rafa lo devolvió en la barra.
–A mí también se me ha quitado el apetito.
Ella terminó el botellín de agua y se levantó de la mesa como si le hubieran quitado mil kilos de peso de encima.
–Rafa, ¿sabes que eres para mí como el hermano que siempre quise tener? Eso y más. Estoy muy contenta de lo tuyo con Arcadia. Os quiero a los dos.
El semblante de preocupación de su amigo se transformó.
–No puedes disimularlo, ¿ah? 
Lo dejó en su puesto de trabajo y salió lanzada hacia el Zeol Center. Subió al gabinete del abogado y le dijo que, sin más tardanza, enviara al juzgado un escrito en su nombre renunciando a hacer cualquier tipo de declaración sobre el caso de Román.
Pasó después por el despacho de Raúl. El directivo acababa de llegar de un viaje de negocios, de varios días, a la sede central de la Duxa Limited.
Marcy había preferido no decirle nada hasta que estuviera de vuelta.
En cuanto lo vio, no fue capaz de reprimir las lágrimas. Había acumulado tanta tensión aquellos días que le faltaba el aire para explicarse y las palabras le salían a borbotones casi ininteligibles.
Raúl avisó a la secretaria para que no los interrumpieran, bajo ningún concepto.
–Antes o después tenía que pasar –dijo él, lacónico.
Marcy lo miró con los ojos enrojecidos.
–Después de lo que hemos hecho, era de esperar algo así. Ya sabía que esa caterva de malditos intentaría hacernos daño, pero lo que más lamento es que te haya salpicado a ti.
Ella no era capaz de entenderle.
–Desde que Román se fue de la Duxa, me la tienen guardada. Su padre, ese señor tan agradable que has conocido, que se llama León, nunca me perdonó que echara de aquí a su hijo, se ve que tenía aspiraciones de que el niño llegara a la cumbre de esta empresa Pero, ¿qué quieren? Ésta no es una compañía de forajidos.
La miró, directo, a los ojos.
–Ser directivo es lo que tiene, tienes que cortar cabezas y luego eso tiene consecuencias. Siempre he pensado que León es quién nos ha metido el cáncer en la Unidad Internacional, ha corrompido a nuestros ejecutivos, nos ha hecho mucho daño.
Marcy le explicó que lo había comentado todo con Rafa y que había seguido su consejo.

–Ese amigo tuyo es una joya, Marcy, qué talento más desaprovechado.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Marcy (163)


Ya se había iniciado el curso académico en la facultad y los estudiantes pululaban, cargados de libros y apuntes, en un hervidero de actividad. Marcy sintió una especie de extrañeza al verse allí de nuevo. Como si hubiera pasado muchísimo tiempo desde la última vez.
Vio a Rafa en su lugar, detrás del mostrador de recepción, luciendo su aspecto habitual, tan pulcro y un punto anticuado, tan tierno. Fue hacia él y le dio dos besos estirando su cuerpo por encima del tablero.
–¿Tendrás un momento cuando acaben las clases? –le preguntó.
Esperó a que la marabunta de estudiantes fuese abandonando el centro y el bedel pudiera cerrar su puesto de trabajo. Fueron a la cafetería, el que fuera su cuartel general.
Rafa pidió un bocadillo y un refresco. Marcy sólo quiso una botella de agua. Su amigo la miró con extrañeza.
–No tengo apetito, Rafa.
Se sentaron en la mesa de siempre, desde donde se divisaban magníficas vistas del Parque Central que en ese momento ya lucía las infinitas tonalidades otoñales de verde, naranja y amarillo.
–Sé que estará sumamente preocupada por su padre, señorita, como no podría ser menos. Pero lo primero de todo es que usted tiene que cuidarse, que ha pasado mucho, y la salud es lo primero.
Nadie se había interesado jamás por ella tanto como Rafa. Nadie. Ni siquiera sus propios padres.
–Tengo que decirte algo, Rafa, algo muy delicado.
Le explicó con todo detalle lo sucedido con los padres de Román, lo que le exigían, la espantosa filmación que le habían mostrado.
–No crea eso, señorita. Aún inclusive esa grabación es falsa, con el único propósito de forzarla a usted. Pudiera ser que lo que vio ni siquiera fuera la operación de una persona. Se valen de métodos así de siniestros para conseguir lo que quieren.
A Marcy le parecía que Rafa era la persona más inteligente y fiable que había conocido en su vida.



lunes, 1 de septiembre de 2014

Marcy (162)


La sorpresa de Marcy fue mayúscula cuando recibió la llamada de García citándola en su oficina de la Duxa  Limited para arreglar, según le dijo, algunos flecos pendientes.
A aquellas alturas cualquier noticia que procediera del contable le ponía los pelos de punta.
Su despacho estaba ordenado y limpio. Olía a un ambientador de limón. Él la recibió y, con la eficiencia de los profesionales de los números, le presentó unos documentos para firmar.
–Es sólo un momento, firma aquí y aquí. Es la liquidación de una sociedad que tenías con Román y la venta de unas propiedades ligadas a la sociedad. Esto es para recuperar el dinero y restituirlo.
Después sacó otros papeles más para firmar.
–Estos son para vender bienes que figuran vinculados a la guardería que tienes. Hay de deshacerse de ellos, pueden comprometerte. Tenemos que limpiarlo todo a fondo.
No entendía cómo podía haber sucedido aquello.
–¿Bienes vinculados a la guardería?
–En efecto. ¿Tú nunca diste a nadie documentos de la guardería?
Ella negó con la cabeza.
–Entonces es que te los robaron.
A veces sospechó que Laura se metía en la oficina de la guardería a revolver.
–Puede ser. El caso es que se arregle cuanto antes.
El contable la tranquilizó al respecto. Aquellos eran los últimos cabos sueltos del tema económico.
Román ya tenía arreglado todo lo suyo.
–De Manele, ¿sabes algo?
–Sí, ahora está en la finca de sus padres. Se ha hecho cargo del negocio de vinos.
García le explicó que la oficina internacional de la Duxa había sido extinguida a raíz del escándalo. Que Sonia había regresado a su país.
Del subdirector de la Duxa no se sabía nada.
Iba a despedirse cuando recordó que García sufría, como ella, por la enfermedad de su padre, y le preguntó por él.
–Muy mal, Marcy, está muy mal. Tantas operaciones, tantos tratamientos…, para nada. Lleva tiempo metido en la cama, sin ver ni oír, con la cabeza perdida. No merece la pena.
García ya había aceptado lo irremediable.
–Y el tuyo, ¿cómo está?
–Por un estilo. Esperando cualquier día lo peor. Ya estamos agotados.
Después de dejar a García quiso ver a Raúl, para descargar en él su zozobra, recibir su apoyo, pero no se encontraba en el edificio. De remate, su secretaria le dijo que habían llamado del departamento jurídico preguntando por ella. Marcy se acercó por el despacho del letrado y éste le presentó una citación para que acudiera a declarar al juzgado por el asunto de las lesiones de Román.
Su cabeza estaba a punto de estallar.

Tenía que tomar una decisión.