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martes, 24 de abril de 2012

Marcy (39)


Costó un gran esfuerzo acallar las protestas de los pequeños para que admitieran cenar e ir a acostarse, después de haberles mostrado el padre la videoconsola que les había traído como regalo. Fue él quien se encargó de arroparlos y mimarlos, como si fuera el padre más feliz del mundo. Después se dirigió a la cocina, donde se encontraba Marcy ultimando la cena y se encaró a ella de malas formas.
–Tú, dime por dónde has andado últimamente. Me dicen que golfeando, sinvergüenza…
–Pero cariño, ¿qué estás diciendo? Estaba deseando verte, mi vida.
Marcy se dio cuenta en seguida de que, con seguridad, el compañero de Manele encontrado en el mesón, había calentado la cabeza a su marido.
–¡Deseando verte, mi vida! –la imitó, sarcástico–. Te han visto por ahí ligando, en cuanto me he dado la vuelta. ¿Te crees que yo voy a consentir esto? ¿Por quién me tomas?
Las protestas de él iban creciendo en tono y Marcy se percató de la cercanía de una nueva tormenta.
No sirvió de nada tratar de decirle que había coincido con Nacho por casualidad, el compañero de estudios universitarios, al que Manele conocía también.
Susurró una breve disculpa y se dirigió hasta el salón contiguo. Manele la siguió, encendió un cigarrillo y exhaló una gran bocanada de humo mientras se acercaba al mueble bar. Una nueva calada y apagó su pitillo, después se sirvió una copa de licor, que ingirió en dos tragos. Abandonó su vaso chocando su base contra la superficie de cristal. El ruido sobresaltó a Marcy. Se dirigió a ella y le dio una bofetada que estalló en la parte izquierda de su cara.
Ella se dio cuenta de que las cosas habían llegado a un punto de no retorno. Se tambaleó debido al impacto del golpe, y cayó sobre una butaca, que se desplazó hacia atrás por la misma fuerza, y fue a detenerse contra la pared. Permaneció sentada, inmóvil, aterrorizada. Él se aproximó y, cogiéndola por el pelo, comenzó a zarandear su cabeza mientras continuaba vociferando.
–¿Sabes?, ya hace tiempo que tenía que haberte dado una buena paliza, para que aprendas. Pero aun estamos a tiempo.
Haciendo presa en su cabello, la levantó en volandas y le propinó varios bofetones en la cara. Las palmadas resonaron mezcladas con la respiración acelerada de él y con el llanto y las súplicas de Marcy.
–¡Los niños...!, ¡por favor! –musitó ella.
Pero Manele parecía no oírla. Una oleada de nuevos golpes caían por cualquier parte de su cuerpo, mientras ella utilizaba sus brazos como escudo, como entonces, cuando era pequeña, intentando esquivar cuanto podía. Un hilo de sangre comenzó a manar de sus labios.
Sin acabar de saciar su cólera le sujetó los brazos, para inmovilizarla, y la arrojó al suelo sobre la alfombra del salón.
–Como me lo vuelvas a hacer, ¡fíjate que te mato!
–¡Cobarde! ¡Cobarde, hijo de puta! –rugió ella entre dientes, sin miedo alguno.
Él la miró desde su altura, con frialdad.
Ella extendió el brazo derecho, hacia el mueble estantería grande, donde tenían sus mejores libros y adornos, recuerdos de sus viajes.
Cogió un estilete que utilizaban como abrecartas.
–Ven, si eres hombre, y mátame si puedes. O si no te mato yo a ti.
Estaba sentada en el suelo, con todos los músculos en tensión, dispuesta a todo. Él se dio media vuelta y se fue en dirección a la cocina; abrió y cerró, de golpe, la puerta de la nevera, y después se encerró en el dormitorio matrimonial hecho un basilisco.

martes, 17 de abril de 2012

Marcy (38)

Desde que Manele anunció su visita, para finales de enero, Marcy se contagió de la ansiedad de sus hijos y pasaba las noches en vela, como cuando eran novios, enamorada perdida, disculpándole sus fallos, perdonándoselo todo, fantaseando con un nuevo encuentro lleno de romanticismo.
Hasta le vinieron ganas de gritarle su amor al teléfono, cuando él llamaba para hablar con ella y con los niños, ganas de volverse una mujer de esas lloronas, desesperadas, mendigas de cariño. Por eso procuraba hablar poco, fingir algo desapegada, a ver si así él mordía el anzuelo.
Y se torturaba imaginando unas intimidades con Sonia que la volvían loca de celos.
Estaba acostumbrada a que las mujeres lo desearan, pero ahora se lo estaban disputando de verdad.
Tenía que preparar un contraataque en toda regla.
Y la visita sería inolvidable, lo planearía todo al más mínimo detalle.
El anhelado día de la llegada de Manele, salió a recogerlo al aeropuerto, acompañada de los niños, a los que había equipado con alegre ropa deportiva. Tomaron su vehículo y al cabo de diez minutos llegaron al aparcamiento.
Le costó trabajo contener la euforia de los pequeños para cruzar la calle con la debida precaución; y nada más entrar en el gran edificio, salieron disparados hacia la cristalera desde donde se divisaban las pistas, con su madre marchando despacio, detrás de ellos. Los chiquillos miraron ávidos las aeronaves, palmeando sobre la superficie transparente, porfiando entre ellos por saber cuál de ellas traería a su papá.
–¡Papito! ¡Míralo, mami! Está allí saliendo del avión –Manu chilló, entusiasmado.
Qué mal llevaba Marcy la algarabía que montaba el pequeño, le hubiera dado un bofetón de buena gana, pero la imagen de su marido atrajo toda su atención.
Le miró embobada bajar la escalerilla y avanzar con paso firme, con su habitual desenvoltura, desplegando su atractivo de la manera más casual, tan característica de él.
Marcy había preparado el encuentro al máximo. La noche previa se había sumergido en un baño de espuma y tratado su cuerpo dándose una crema de fino perfume. Puso especial atención en la perfección de su piel notando que, sin proponérselo, había perdido algo de peso, quizá por la actividad de los últimos días. Su cintura se había achicado y en la cadera se dejaban notar los huesos con suavidad. Estaba contenta con el cambio.
Aquella mañana del regreso de Manele se había vestido de manera muy sencilla con falda larga oscura y chaquetilla de punto color crema, recogiéndose el pelo en una coleta tirante. Apenas se maquilló, salvo un suave brillo en los labios y se perfumó con colonia a granel. Ninguna joya salvo los zarcillos de perlita blanca y la alianza de oro que llevaba a diario. A su marido no le gustaban los arreglos llamativos, al menos en ella.
Había preparado varios platos con el mayor cuidado y los había metido a congelar para contar con tiempo libre para su marido, y tampoco olvidó coger del trastero unas botellas de vino, de las mejores de la bodega de sus suegros, que dejó enfriando en la nevera.
Quería recuperar con Manele aquella perfecta unión familiar que hubo alguna vez, hacerle sentir las delicias del hogar, la buena comida y la alegre compañía de los niños y de una esposa solícita. Debía mantenerse serena y confiada. Además, poco después de su traslado, su marido le había enviado un ramo de flores, por sorpresa; tenía aquellos detalles extraordinarios que tanto le encantaban a ella, sobre todo después de alguna de sus peleas de enamorados. Rememorando la ilusión de aquel regalo vio a Manele franquear la puerta automática de salida de pasajeros.
Mientras los niños corrían en su dirección, ella se quedó a cierta distancia esperando la mirada de él.
La saludó, formal, casi sin tocar su cara la de ella, mientras los pequeños le tironeaban de la ropa, saltando a su alrededor.
–Chicos, ¡que haya calma!  En cuanto lleguemos a casa ¡se desvelará el misterio!
La expresión traviesa que dirigió a los niños se tornó en una súbita dureza al pasar por los ojos de Marcy. Ella sintió cómo aquel acero enfriaba todo su cuerpo.
Es normal, llevamos un tiempo sin vernos”.
Se montaron en el vehículo, del cual Manele tomó la dirección, sin vacilar, después de depositar el equipaje en el maletero. Durante el trayecto, los pequeños, pendientes del gran regalo, no pararon de hablar con su padre, de tanto como tenían atrasado. Mientras, los mayores apenas cruzaron dos palabras de cortesía.
–Y el abuelo, ¿cómo está?
–Mejorando, cariño; todavía está en el hospital, pero va mejorando.

martes, 10 de abril de 2012

Marcy (37)


Después de salir del hospital, tras pasar unas horas con su padre, entró en la biblioteca, un día cualquiera, para ojear alguna revista; de improviso, se sentó frente a un ordenador y buscó la Universidad de Greda, tal y como Nacho le había sugerido.
En casa, sólo Manele tenía permitido manejar el ordenador con internet, que controlaba con sus claves particulares.
Revisó los cursos de postgrado y másteres que se ofrecían, y que le sonaban tan raros como si ella no fuera una licenciada en Ciencias de la Empresa y no conociera la universidad ni por fotografía.
Y no podía culpar sólo a Manele de aquel atraso; ella había malgastado su tiempo, se había dado al juego, se había escondido detrás de sus hijos.
De una ojeada a su reloj comprobó que el tiempo había volado. Cogió su coche y fue a toda prisa a recoger a los niños al colegio sin hacer mucho caso de ellos. Tenía una determinación fija en su cabeza.
Entró en casa y se dirigió a la cocina, tomó unas fuertes tijeras de hoja de sierra, buscó en su bolso las tarjetas de crédito y, una a una, las cortó en mil pedazos, y las arrojó a la basura.
Como cazadora furtiva, al día siguiente, se acercó a la facultad donde se había licenciado para informarse en persona acerca de los másteres. Entró en el hall principal, circular, y se giró en redondo hasta que vio, en el mostrador de información, a un antiguo conocido. Era el mismo bedel de su época de estudiante, rubio, de ojos azules, de una edad algo menor que la de ella. Estaba igualito que entonces, como conservado en formol. Se dirigió a él de frente.
–¡Pero bueno, Rafa! ¿No has terminado la carrera todavía? –le dijo bromista.
–¿Marcy? ¿Es usted, señorita? Sí, indudablemente, por descontado que la reconozco, la misma que me encargaba las fotocopias con tanta amabilidad. Los estudiantes de ahora no son lo que eran ustedes –contestó él, sonriente, mientras se llevaba una mano a la cabeza repetidas veces.
“Un chico lleno de manías, pero un perfecto caballero”.
La dirigió a la secretaría, de la que ella apenas recordaba su ubicación, y de la que salió, un rato después, portando una multitud de papeles e impresos para cubrir.
–Cualquier cosa que necesite, ya sabe donde estoy, señorita.
Y lo dejó allí, en su puesto, afanándose en sus tareas, con su cabeza rubia sobresaliendo apenas por encima del mostrador.
A pesar del escaso tiempo que había estado aquella mañana en el centro académico, lo abandonó con una impresión de familiaridad, como si no hubieran transcurrido los quince años pasados desde que saliera un día con su título en el bolsillo.

lunes, 2 de abril de 2012

Marcy (36)


Nunca hubiera pensado, cuando era joven, que Manele, el hombre del que estaba enamorada, fuera a resultar un don Juan.
A pesar de que un verano, cuando todavía eran novios, le pidió que cumpliera la mayor ilusión de su vida, acostarse con dos mujeres a la vez.
Se lo pidió mientras estaban en un camping de playa, donde habían ido a pasar un fin de semana con compañeros de la facultad.
Lo empezó a decir medio en broma, cuando ya estaban bien bebidos y fumados. Le dijo que estaba de moda en la universidad, que ya vería lo bien que se lo pasaba, que en realidad a quien quería era a ella. Que quería tener esa experiencia.
Estaban metidos en su tienda de campaña.
–Cariño, es que hay cosas que mejor no probarlas.
Ella, al principio, ofrecía resistencia.
–Es un capricho de una vez, mujer, no seas monja.
–Pero es que a mí..., me da mucha vergüenza, no voy a saber qué hacer.
–Vamos, yo me acuesto en el medio de las dos. Tú déjate llevar.
Entre los compañeros que habían ido juntos al camping había dos chicas que compartían tienda. Resultó que él ya tenía apalabrado el asunto con una de ellas.
Él hizo una llamada de móvil y al momento se oyó la voz de una mujer.
–¿Se puede?
–Adelante –dijo él entusiasmado–. ¡Ahí está!
Marcy se quedó patidifusa cuando vio que entraba la chica y su compañera. Las dos.
Manele estaba más entusiasmado todavía, le lanzó a la primera una mirada fija, penetrante, y después ella miró igual a su amiga. Los tres sonrieron de oreja a oreja.
–Venid, vamos a fumar un peta.
La tienda era bastante grande. Tenía una zona de estar, amplia, y un dormitorio independiente.
Se quedaron los cuatro sentados en el suelo, en círculo, sobre una manta y fumaron un rato.
No tardaron en estallar las risas.
–¡Menuda hambre que me está entrando! –dijo Marcy.
–Eso es bueno. ¡Ale, Manele!, saca el embutido –dijo una de las dos.
Y rompieron a reír y reír.
Él cogió unos snacks y una botella de whisky y se volvió a sentar.
Marcy comió con un hambre voraz y echó un trago de la botella. Se tumbó hacia atrás sin saber qué hacer y cerró los ojos.
Cuando se fue a dar cuenta las manos de las chicas serpenteaban por sus piernas hacia arriba, su tacto era cálido, de puro terciopelo, olían a mar. Abrió los ojos y vio el rostro de las dos, sonrientes. Una de ellas la besó en la boca. La otra siguió acariciándola cada vez más hasta que experimentó un placer bestial y quedó rendida.
Después, casi entre sueños, vio como Manele se refregaba con cada una y le pareció la cosa más natural del mundo.
Cuando se despertaron al día siguiente, las chicas ya no estaban y, de no ser por lo que Manele le dijo, hubiera pensado que había tenido un sueño erótico.
–¿Qué tal? ¿Qué te pareció?
En aquel momento le pareció una cosa que mejor que no hubiera sucedido.
–¡Bah! No es para tanto –respondió.
Durante varios días tuvo una extraña sensación por haber sentido lo que había sentido con aquellas. Se volvió algo loca con aquel pensamiento.
“Eso, ni otra vez más”.
A pesar de que él volvió a insistirle durante un tiempo con lo mismo, ella se hizo la desentendida.
Pensó que él era un joven activo, experimentador, que ya se le pasarían aquellas aficiones con el paso del tiempo, que era una tontería de la edad y que ya sentaría la cabeza.

martes, 27 de marzo de 2012

Marcy (35)



Cuando todavía eran novios y pasaban sus vacaciones en la propiedad de sus futuros suegros, Manele, durante la noche, aparecía como un gato en celo y picaba a su puerta para que saliesen los dos a ver la luna y hacer el amor entre los viñedos.
Una vez casados ya lo tenía en su cama todas las noches, pero Manele continuó saliendo, como un furtivo, a ver la luna por su cuenta.
Marcy lo sospechaba, lo sabía, como un perro sabueso cuando olisquea el rastro de una presa; porque él, cuando regresaba, caía rendido en la cama y su cuerpo exhalaba un perfume caro, de mujer, que no se podía disimular.
Eso a pesar de que él, por precaución, pasaba un buen rato en el baño, antes de meterse en la cama con ella, y se lavaba y se ponía una colonia masculina para disimular. Pero a Marcy no se le pasaba por alto la mezcla y aquel olor mixto, penetrante, le impedía dormir y se mezclaba con sus peores pensamientos.
El remate de los escarceos nocturnos de Manele llegó una noche, cuando estaba el matrimonio en la cama retozando. Marcy, por entonces, era muy activa en el sexo, como para borrarle de la cabeza a su marido la atracción por otras mujeres. Cuando se encontraban en plena faena erótica, destapados, desnudos y con la luz encendida, ella vio entre el vello pubiano de él un cabello, negro, lacio, tan indiscreto que parecía que llevara la firma de su propietaria. Hizo como si no se hubiera enterado.
Aquello ya era el colmo.
Tenía que descubrir qué estaba pasando, le pillaría de una vez y le pediría explicaciones.
La siguiente noche que Manele abandonó su cama de matrimonio ella esperó un minuto y salió al pasillo, miró con sigilo a través de una ventana que daba a las naves, y lo vio acercarse al lindero de la finca, coger a la mujer de la mano y meterse los dos en la nave vieja.
Ella salió por la puerta lateral, la misma que había usado él, y se acercó a una ventana de la nave que tenía cuadrantes pequeños de cristal unos rotos y otros no.
Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y pudo vislumbrar el interior, lleno de telas de araña y de trastos viejos tirados por el suelo. En una esquina le pareció ver a la pareja. Tenían puesta una colcha vieja sobre una jaula de gallinas y la mujer estaba encima, a cuatro patas y él de pie, dándole lo suyo, detrás de ella; jadeaban como dos animales.
Volvió casi corriendo a la casa y se metió en la cama como si fuera una ladrona. Se quedó doblada en cuatro, muerta de frío. Manele no tardó mucho en regresar, pasó un rato al baño y se metió en la cama. Al momento ya estaba roncando.
Iba a darle un buen escarmiento.
Por la mañana se levantó y desayuno antes que él y fue a la nave vieja. Los mastines todavía estaban sueltos por la finca y la acompañaron escoltándola uno a cada lado.
La nave vieja siempre estaba abierta, llena de aperos en desuso y cacharrería de todo tipo. Miró hacia la esquina del fondo y vio la colcha sobre la jaula.
La dobló y se la llevó a la casa. Manele ya estaba desayunando con sus padres.
–Mire, madre, mi colcha preferida, estaba tirada en la nave vieja.
Nunca llamaba madre a su suegra y la colcha no le interesaba en absoluto.
Clavó los ojos en los de Manele.
–Creo que entra alguien por la noche y revuelve por la finca –continuó Marcy–. Lo que no me explico es que los mastines no ladren.
Manele no dijo ni palabra.
El padre comía en silencio. La madre saltó como una pantera.
–Ya me lo figuraba yo..., pues tenemos que tomar medidas urgentes –dijo con determinación.
–Yo, si usted quiere, claro, puedo mirar sistemas de alarma para el cercado, ¿quiere que me informe?
–Menos mal que te preocupas tú, hija –dijo la dueña observando a su marido y a su hijo, disgustada–. Sí, por favor, mira esos sistemas de seguridad.
La suegra se quedó más tranquila y continuó desayunando.
–Echa a lavar esa colcha y ponla en tu cama, si te gusta tanto –dijo a Marcy, complaciente.
Te he hecho una buena jugarreta, cabrón”. Y miró a su marido, victoriosa, aunque él no quiso enterarse y ni siquiera levantó la vista de su plato.

martes, 20 de marzo de 2012

Marcy (34)



Sus suegros cubrieron las apariencias y la llamaron para que acudiera con los niños a pasar un fin de semana a la finca.
Marcy accedió a ir. Sabía que su suegra no la soportaba, pero no era mujer que admitiera una negativa y, por otra parte, los niños adoraban estar en la propiedad.
Era pleno invierno y en la finca los empleados hacían labores de poda y mantenimiento en los viñedos. Marcy en seguida se enfrascó en aquellas labores como un obrero más.
Mientras los niños se divertían a sus anchas y el interior de la vivienda cumplía con sus rutinas, algunos empleados estaban ocupados, aquel sábado por la mañana, en desmontar la máquina despalilladora porque al lunes siguiente llegaría una nueva.
Los restos metálicos desvencijados fueron a parar a la nave vieja, que Marcy conocía muy bien y donde solía acudir a pasar momentos a solas, a fumar un cigarrillo.
No le pasó desapercibida la existencia de una gran cantidad de tanques de plástico con un producto líquido, cuya etiqueta estaba arrancada.
No dudó en preguntarle al enólogo, le tenía confianza al químico.
Era la persona apropiada, el encargado de la vigilancia de las plantas, de la elección del momento de la vendimia, del control de los parámetros de los caldos.
Cuando ella le preguntó por aquellos bidones él pareció indeciso.
–Marcy, yo no digo nada, soy un mandado.
–¿Son aditivos? –ella lo imaginaba desde hacía tiempo, él se lo había insinuado.
–Aquí se hace lo que la jefa dice, no sé si me comprendes –contestó él, sin ganas de hablar más.
Ella le apreciaba y el sentimiento era recíproco.
–Cambiando de tema, ¿y tú cómo lo llevas? –dijo refiriéndose al traslado de Manele.
Él sabía lo enamorada que estaba de su marido.
–No lo llevo nada bien –dijo al borde de las lágrimas.
Recobró de pronto la entereza y sonrió con picardía.
–Y la señoritinga de la finca de al lado, ¿atravesada por aquí como siempre?
Él soltó una risita.
–¡Y que lo digas! Todos los días viene a hacerle la rosca a tu suegra.
–Mira la mosquita muerta.
–No tengas miedo, Marcy, esa brujita es una tiquismiquis, no tiene fuerza ni para pisar una uva, a Manele no le gustan tan flojas.
El enólogo siempre tenía el recurso para arrancarle una sonrisa.
Marcy sintió pena por él.
–Ten cuidado con esa gente. Tú eres el especialista y son ellos los que tienen que hacerte caso, no al revés –le dijo con firmeza.
–Debería ser así, pero esto ha cambiado mucho, Marcy, y ahora con tal de vender se hace lo que sea, ya sabes, tu suegra, como es…
Él quedó pensativo.
–Te hablo con toda confianza –dijo él–, cosas que ya ni me atrevo a decirle a Manele. No puedo hablarle así de su madre, ¿no me comprendes?

martes, 13 de marzo de 2012

Marcy (33)


Aquel día encontró a su padre mejor, tranquilo, el color de su piel rosado y libre de la siniestra opresión en el pecho. Estaba sentado en un confortable sillón con vistas a la montaña y compartieron pronto un zumo tropical que Marcy le había traído y que los facultativos ya le permitían. Y estaba con ganas de hablar.
Comenzó a charlar de cualquier cosa, pero Marcy sabía cuándo su padre quería decirle algo importante.
–¿No piensas trabajar alguna vez en lo tuyo, hija? Nunca me atrevo a preguntarte.
Justo lo mismo que martilleaba su cerebro desde hacía un tiempo. Ella mantuvo silencio.
–Tenía la esperanza que llegaras mucho más arriba que yo –el padre hablaba despacio, como pensando en voz alta–, a donde yo no he podido, por circunstancias de la vida.
–No te preocupes, voy a hacer un máster en la Universidad de Greda, para reciclarme, papá, y trabajar en lo mío, como tú dices.
Salieron de su boca, por sorpresa, aquella sarta de ideas, que parecieron proyectos coherentes al oírlos, pronunciados por sus propios labios, casi sin pensar.
–¡A ver si luego voy a tener menos tiempo para mimarte! –dijo ella, provocativa.
–Eso sería lo de menos, tú eres lo mejor que he hecho en la vida –confesó Arturo, con seguridad–. Y lo mejor de lo mejor es poco para mi niña.
–¡Calla, papi! no me gusta que te preocupes por mí, ya lo sabes –replicó, con desenfado, Marcy.
Pero la cara de su padre reflejaba un dolor profundo.
–Hija, ven que te diga una cosa. No sabes bien lo arrepentido que estoy de haberme portado tan mal contigo y con tu madre.
–No importa papá, ya está olvidado desde hace muchos años.
–Perdóname, hija, perdóname.
Jamás habían hablado con semejante sinceridad.
 Marcy contuvo su emoción a duras penas. Le dirigió la atención hacia la ventana para evitar que él viera cómo se deslizaban unas lágrimas por la cara de ella.
–Mira, papi, las montañas, ¡qué bonitas se ven nevadas!
–Marcelina, ¿sabes que te pusimos el nombre de mi madre? Tú no la conociste, pero yo… ¡la quería tanto!, casi tanto como a mi mujer. Te pareces a ella, cariño. Qué tres mujeres más perfectas me han tocado ¡No las he merecido! –Marcy vio como rodaban las lágrimas por sus mejillas, cayendo sobre la almohada.
Le había deseado la muerte muchas veces a su padre, de manera que verle postrado casi le causó una satisfacción inconfesable. “Te lo tienes merecido, monstruo”. Un pensamiento que la horrorizó.
–Piensa sólo en curarte, papá, ya sabes que nos haces mucha falta.