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lunes, 28 de octubre de 2013

Marcy (118)


Tenía por seguro que con el último que podía hablar era con Manele y que tendría que echar las redes por otras partes, ahora que ya había decidido llegar hasta el fondo.
Pensándolo bien, no le había extrañado tanto lo que Rafa le reveló. En realidad ella se había enterado de casi todo, pero lo dejó pasar. Llevaban poco tiempo de matrimonio y sin trabajo y con un niño pequeño, a ver a dónde iba a ir.
Ella bien se daba cuenta de que los tres socios estaban metidos en negocios extravagantes, que nada tenían que ver con su actividad en la compañía y que podría costarles su puesto de trabajo o incluso algo más.
Pero la ambición de Manele no tenía límite en aquel tiempo y no le bastaba con la línea ascendente que llevaba en la empresa, necesitaba un buen pelotazo, eso decía a veces en casa, algo que les sacara de aquella vida mediocre.
Y casi le llevó a las puertas de la cárcel.
Pero todo aquello quedó muy atrás, en el olvido, como un negocio fallido, nada más; y él continuó adelante creciendo cada día, sobre todo a los ojos del subdirector de la Duxa.
Sonia se encontraba en Greda de vacaciones, se lo había dicho a Marcy durante aquel encuentro en el parque. Sabía que la nórdica tenía alquilado un pequeño apartamento en la Milla de Oro. Consiguió su número en la compañía, la telefoneó y quedaron en un bar céntrico.
A raíz de la última conversación con ella, le pareció que la chica era buena gente.
Y aunque hubiera tenido algún lío con Manele años atrás, ahora a Marcy ya ni le importaba. Quería averiguar algo más acerca de los negocios de él, si es que ella sabía algo.
Se presentaron las dos, casi a la vez, en el bar, de buena mañana, vestidas de manera informal. La ejecutiva, que hacía mucho deporte, venía de correr por el Parque Central.
Encargaron unas bebidas y tomaron asiento en una mesita redonda. Sonia le preguntó por sus hijos antes de que entraran en materia.
–Le extrañará lo que voy a pedirle, Sonia, pero usted sabe que hace tiempo que estoy distanciada de mi marido y conozco poco de su actividad en Brexals. Quizá usted podría decirme algo, porque hace un tiempo colaboré con él en un proyecto y ahora está todo parado, ¿sabe algo usted?
–A mí, señora, me pasa algo parecido –dijo despacio, con su acento peculiar, con su voz melódica, suave–. Conozco bien lo referente a la compañía, pero sé que él tiene algún otro negocio. Puedo enterarme, si usted quiere, en cuanto regrese a Brexals.
Tuvo la impresión de que la ejecutiva se dolía también del abandono de Manele y que ahora militaban las dos en el mismo bando, el de las repudiadas.
–No tenga duda, señora, si necesita algo, yo estoy con usted, llámeme cuando quiera.
Marcy sintió una gratitud inesperada por aquella joven que había sido objeto de sus celos.
La joven quedó en comunicarse por teléfono en cuanto supiera algo y salió del bar para continuar su entrenamiento, mientras Marcy, pensativa, regresó en autobús a Mazello.
Aquella misma tarde se encontró con Lucas en la guardería, empujando la sillita de su hija. Poco atractivo, orondo y calvo, había empeorado desde el accidente de su hija, parecía más nervioso. Le dio la impresión de que quería comunicarle algo.
Cuando dejó a la niña jugando con los demás se acercó a ella.
–Marcy, nunca tuvimos mucha confianza para hablar, pero, muchacha, ¡estoy hasta las narices!
Marcy le miró, extrañada.
–A mi me basta con lo que tengo, con mi familia y mi oficina, y ahora cuidando a Laurita todo lo que puedo. No quiero más negocios para volverme rico de la noche a la mañana, estoy bien como estoy, pero no puedo con Laura. Nos hemos metido otra vez los tres y no sé cómo acabará esto.
–¿Los tres?
–Sí, Manele, Román y yo; bueno, Laura, que me ha obligado a entrar en esto, yo no estaba nada convencido. Primero que íbamos a hacer un negocio tremendo cogiendo inversiones de capitalistas y nos íbamos a forrar, de eso hace ya más de un año. Pero luego vinieron los líos de faldas y ahora ellos dos están enfrentados y a mí me tienen entre la espada y la pared, porque yo aprecio a los dos, son mis amigos.
–Han cambiado mucho las cosas, Lucas.
–Sí, ya sé que vosotros no estáis bien, ya lo sé. En fin, ya veremos lo que pasa, pero sea lo que sea no me gustaría que pienses mal de mí.
Interrumpió su confidencia y se fue a observar los juegos de su hija.

Y Marcy percibió que Lucas se quedaba con algo importante en el tintero y que estaba lejos de enterarse de todo.

lunes, 21 de octubre de 2013

Marcy (117)


Pasaba mucho tiempo con Rafa, casi todas las tardes, elaborando el material del jardín de infancia para el trabajo fin de máster. Y acabó confesando a su amigo los trámites financieros en los que se había metido con Manele y con Román. Rafa le prometió hacer averiguaciones a través de los profesores de facultad, y también sugirió a Marcy que hablara con Sonia y con García para hacerse con más información.
Tardó poco en conocer los primeros resultados de las pesquisas y no fueron nada tranquilizadores.
Rafa se acabó enterando, con todo detalle, de lo sucedido en Imomonde.
Aquello casi llegó a la categoría de estafa inmobiliaria, porque los tres socios, Manele, Román y Lucas, fueron llamados a declarar al juzgado por obtener créditos hipotecarios de manera irregular. Según había leído en la hemeroteca, llegaron a estar imputados por simular compras y ventas de viviendas y luego quedarse con el dinero de las hipotecas.
–Hasta incluso se sospechó que con parte de ese dinero compraban droga, señorita.
Marcy estaba desolada por haber desconocido el alcance de aquellos chanchullos.
Según Rafa, al final, como por arte de magia, el caso quedó archivado.
–Además, resulta que ese Román ni es arquitecto, ni nada, no tiene el título, pero es un tío espabilado y con influencias. Se dice en la facultad que ése fue el que lo salvó todo, mayormente.
Se encontraban en la casa de Rafa, en una pequeña salita guarnecida de muebles ya anticuados y un viejo televisor. El bedel hablaba bajo para que no le oyera su madre que trasteaba en la cocina. La mujer golpeó la puerta con los nudillos, entro en la sala y les dejó una bandeja con café y galletas sobre la mesa baja. Cada vez que venía Marcy, se desvivía en atenciones con ella.
Rafa le había dicho un día de aquellos que tenía la intención de pedir traslado a otra universidad por razones de salud de su madre, que padecía una enfermedad de pulmón crónica y le perjudicaba el clima de Greda. Había solicitado para varios centros del sur, a más de mil kilómetros. A Marcy no le habían caído nada bien los planes de Rafa, todavía borrosos e inciertos, y los había pasado por alto.
Una vez que se fue la señora, Rafa continuó hablando.
–Al final se dice que devolvieron el dinero a los bancos y argumentaron errores notariales para salvarse, y lo consiguieron. En esa época todos trabajaban en la Duxa y a raíz de todo aquello sólo se quedó en la empresa su esposo, perdón que se lo mencione; los otros dos se fueron, fue la exigencia que les puso la dirección.
–Bueno, pero todo eso es agua pasada –sugirió Marcy.
–Sí. Pero ahora, imprescindiblemente, hace falta saber cual es el nuevo negocio que se traen, y si está todo correcto, para que usted no se pille los dedos, que es la persona que a mí me importa, señorita.
Marcy también contó a su amigo la conversación con el director de la Duxa, la rivalidad entre ésta y Lank Corporate, y la sospecha de espionaje empresarial o algo así.
–Ya me enteraré, señorita. En los mentideros de la facultad todo se sabe, aunque sea verano. Fundamentalmente, tenemos que hacernos con toda la información, para que usted se sienta tranquila, que ya ha pasado mucho.
–Este mundo de la alta empresa, qué complicado es… –dijo ella, arqueando las cejas.
–Por descontado, señorita, por eso a mí me gusta ser bedel.
Concentrados en su trabajo, en una mesa camilla vestida con un tapete de ganchillo blanco, deslucido, pasaban horas y horas; y después charlaban, enlazados por los hombros, con los pies levantados sobre la mesa baja, viendo la televisión.
Alguna vez, como un juego, pasaban a otras intimidades, dulces, pacíficas.

Un amor sosegado y amistoso que Marcy nunca había imaginado que pudiera existir entre un hombre y una mujer.

lunes, 14 de octubre de 2013

Marcy (116)


Aquel tórrido verano estaba llegando a los paroxismos de calor del mes de agosto, cuando cerraban por vacaciones la mayoría de los negocios en Greda. La guardería, por el contrario, crecía en actividad, sumándose los hijos de los veraneantes, que acudían desde todos los puntos del país a disfrutar de la belleza de aquel paraíso natural.
Lo mejor de todo había sido dar con una persona como Arcadia, parecía que se la hubieran traído ex profeso del otro lado del charco, un regalo de la vida, como la hermana que no tuvo.
Una mañana se la encontró llorando cuando llegó a la guardería.
–Marcy, es que no sé si sabré yo explicarle…, no voy a saber.
–Pero bueno ¿qué es lo que te pasa?
-Es que doña Lau me ha dicho que no se van a arreglar mis papeles, que voy a tener que volver a mi país.
–¿Y de dónde ha sacado eso doña Lau?, dime –preguntó, recalcando el “doña”.
–Dice que no tengo los certificados en orden y que figura que vivo aquí sólo hace tres meses. ¡Y yo ya llevo tres años y tengo derecho a la residencia!
Arcadia lloraba sin parar.
–¡Claro que tienes derecho! Habrá habido un malentendido. Lo aclararemos, no te preocupes.
Marcy intentó tranquilizarla, pero la chica sacó un papel de su bolso.
–¡Vea!, ¡Vea! –dijo, angustiada.
En el documento constaba que, en efecto, sólo llevaba residiendo tres meses.
–Esto Marcy significa que, que…, que me van a expulsar en cualquier momento. ¡Y mi niñita, que la traía ya para conmigo!
Se sentó en una sillita de colores agachó su cabeza, de cabello corto y rizado, y continuó llorando sin consuelo.
–Bueno, bueno, Arcadia. Habrá alguna confusión, iremos a aclararlo a la municipalidad, de inmediato.
–Es que no me atrevo a decirlo, pero…–empezó Arcadia–, pero es que, que doña Lau lleva tiempo preguntándome por cosas de usted y de su marido, y como yo no quise decirle nada, me dijo que no me iba a arreglar los papeles, ¡y lo ha cumplido!
–Pero bueno, Arcadia, ¿tú cómo puedes creer en lo que diga esa? Ella no tiene ninguna influencia en tus papeles, te ha engañado. Y debía estarte agradecida.
–Sí, me agradece, pero se enfadó porque yo no quise hablar lo que ella quería.
Marcy consultó a través del equipo informático la documentación de Arcadia y comprobó que en el documento original constaban tres años. El papel de la joven estaba falsificado.
–Tus documentos están bien, ¡perfectos!
Aquella tarde, cuando llegó Laura con su hija a la guardería, Marcy no vaciló en esgrimir el documento en toda su cara. Lucas las había acompañado.
–¿Qué pasó aquí, Laura? Debe haber habido un error, ¿no? Lo acabo de consultar y este papel está mal.
–No será nada –dijo Laura, toda azorada–. Si tiene un error se arregla y ya está.
–Mira, si tienes algún rollo que preguntarme me lo preguntas a mí –Marcy se señaló con la mano sobre su pecho–, pero deja en paz a Arcadia que no tiene culpa de nada.
Lucas intervino tomando el papel para examinarlo.
–Esto es muy fácil modificarlo con un ordenador, pero lo que importa es el que conste en la municipalidad, ¿quién habrá podido hacerlo?
Miró fijo, serio, a su mujer.
–Tú, no andarás metida en esto…, no será cosa tuya…
A Marcy le sorprendió la severidad, nada acostumbrada, de Lucas.
Estaba claro que era Laura quien había alterado el documento.
–¡Con lo que esta muchacha vale! –continuó él, refiriéndose a Arcadia–, que no sé lo que haríamos si no fuera por ella.
Cuando se fue el matrimonio con su hija, al final de la jornada de tarde, Arcadia se acercó a Marcy apesadumbrada.
–Hay otra cosa que le tengo que decir que me da mucha, mucha vergüenza. Recién llegada robé ropa en un gran almacén y me pillaron. Soy una sinvergüenza, Marcy. ¡Me va a matar!
–Pero bueno, ¿cómo se te ocurrió hacer algo así? Te pudieron expulsar.
–Prefiero que lo sepa por mí, por si acaso doña Lau se lo dice. Ella lo sabe, lo leyó en un certificado, y usted ¡es tan buena! Quiero que se fíe de mí, esto no va a pasar más.

–Eso espero, Arcadia, eso espero.

lunes, 7 de octubre de 2013

Marcy (115)


Al poco de la conversación con el directivo de la Duxa Limited la llamó Nacho para invitarla al cine y a cenar. No se habían vuelto a ver desde que Nacho supiera la relación de su ex esposa y el directivo. Nunca había visto a Nacho tan afectado.
Pero el aspecto con el que encontró a su amigo fue bien diferente, se le veía relajado y contento y la invitó a ver una película clásica de humor que hizo las delicias de los dos. No pararon de reír todo el rato y después también, durante la cena, recordando algunos lances cómicos de la cinta. No parecía querer hablar de lo de su ex en absoluto.
Arreglados de manera informal, tomaron carne a la brasa, deliciosa, en la terraza de un restaurante del centro de Greda.
Con cautela, Marcy sacó a colación la entrevista con el directivo de la Duxa.
Observó que él se ponía a la defensiva nada más mencionarlo.
–¡Qué bueno el elemento! Y encima pone mal a la gente, cuando él es el peor de todos. Así que dice que hay espionaje empresarial ¿eh?, y que mi empresa sale beneficiada. ¡De donde habrá sacado semejante idea!
Marcy se encogió de hombros.
–Lo que le pasa es que no le va bien el negocio y echa la culpa a los demás de sus propios fallos. Oye, la información corre por todas partes, ¿eh?, salvo que nosotros, en mi compañía, sabemos emplearla mejor.
Se repantigó Nacho hacia atrás, satisfecho de su comida, y pidió café y una copa de licor para cada uno.
–Pero, dejando eso aparte, Marcy, ¿cómo te va con Manele?, no hablas nunca de ello.
Nacho jamás se había metido en su matrimonio, pero aquella vez sacó a relucir el tema.
–Nacho, ¿qué te voy a decir a ti?, después de los años nos hemos ido desencantando, los niños y otras personas te van separando y al final, cuando te quieres dar cuenta, es demasiado tarde.
Ni se le ocurrió mencionar lo de los golpes, además, ya se le antojaba aquello tan pasado, que hasta le parecía raro que alguna vez le hubiera ocurrido.
–¡Oye, Marcy! ¡Piénsatelo! A veces son baches que se pasan. Todos sabemos cómo es Manele, que te ha descuidado, demasiado centrado en su trabajo, un poco como yo. Pero podéis tener otra oportunidad.
Nacho prosiguió su perorata.
–Tampoco puedes culparlo a él de no ejercer tu carrera, eso ha sido culpa tuya.
Le llamó la atención a Marcy que Nacho interviniera como consejero en su pareja, a la vista de cómo le iba a él con la suya.
–¿La viste más gorda?, ahora resulta que mi ex no para de llamarme; que me quiere, que por el niño, que volvamos como antes…, estoy que no puedo creerlo.
–¿Qué le contestaste tú?
–Yo la escucho, por ahora, no voy a darle el sí, así a la primera. Si hace meritos…–sonrió pícaro.
Marcy no entendía el cambio de actitud de su amigo.
–Es que, oye, el niño tira mucho y yo me lo estoy pensando. Tú debías hacer lo mismo. Además no estáis separados, todavía estás a tiempo de rehacerlo todo y quitarte de problemas, tenéis dos hijos.
–¡Ni hablar, Nacho! ¡Ni hablar! –el tono alegre de Marcy se tornó áspero–. Mi decisión está tomada y es firme. No volveré con él porque no estoy enamorada, así de sencillo.
Ahora fue Nacho quién tuvo que aguantarle a ella la matraca.
–He cometido muchos errores. Como has dicho, he pasado años y años sin trabajar, escondida detrás del gran hombre triunfador y de mis hijos, ¡pero eso ya se acabó!; ahora trabajo, estudio, soy alguien por mí misma y eso no voy a perderlo para volver al pasado.
Nacho la escuchaba en silencio.
–He vivido en un callejón sin salida, pero eso se acabó, con todas las consecuencias. Trabajaré y seré madre de mis hijos, y si puedo, más adelante, me enamoraré, pero no volveré con Manele.

Oyéndose a sí misma lo que estaba diciendo se lo iba creyendo más y más. Cuando terminaron su charla notó que había transpirado tanto que su camiseta estaba mojada como si hubiera hecho un esfuerzo físico descomunal, y al levantarse para abandonar el local sintió su cuerpo tan ligero como si le hubieran brotado alas en los pies.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Marcy (114)


El director general de la Duxa Limited se encontraba sentado en su sillón detrás de una mesa negra, enorme, de superficie brillante. Su asiento, como los sillones delanteros y un sofá vecino, tapizados en cuero beige, parecían seriamente acogedores y detrás de él, a través de la enorme cristalera, se veía desde lo alto la ciudad de Greda, con las montañas al fondo, ya doradas por la sequía del verano.
–¡Adelante, Marcy! Tome asiento. Le sorprenderá que la haya llamado.
Le señaló el sofá y él acercó uno de los sillones para sentarse próximo a ella.
En efecto, era la primera vez que tenía contacto directo con el jefe supremo de su marido, hasta entonces apenas lo había tratado por encima, en las cenas de empresa.
–Encantada, tiene usted un despacho muy bonito.
Iba vestida con ropa informal, pantalón tejano y camiseta blanca, sencilla, con el nombre de su negocio en letras de colores, la pequeña americana negra que se había puesto encima y los mocasines negros daban algo de contrapunto formal, pero nada que ver con la perfección del traje de él, cuyo tejido no ofrecía dudas acerca de su excelente calidad, completado con zapatos y cinturón de marca de lujo y una corbata de colores llamativos, muy del gusto de aquella clase de alto ejecutivo.
La inquietó la penetrante mirada de ojos verdes del directivo.
–Voy a serle sincero, Marcy. El motivo de llamarla es preguntarle por las actividades de su marido en Brexals. Dirá usted que yo, siendo su jefe superior, debería saberlo, y así es. Sólo que me gustaría que usted me dijera todo lo que sepa.
Ella no acababa de comprender lo que el directivo le solicitaba.
–Hay alguna persona que nos está perjudicando. Sé que no se trata de su marido, pero si usted se entera de algo podría ayudarnos mucho.
–Lo siento, perdóneme, pero yo no tengo ninguna información que pueda servirle. Mi marido no suele hablar nada de su trabajo conmigo. Además viene muy poco a visitarnos, está muy ocupado.
Marcy se cuidó mucho de no explicarle nada acerca del proyecto de Manele, algo, al fin y al cabo, al margen de su trabajo en la compañía. “Mejor no digo nada, no sea que meta la pata”.
–Voy a decirle más. Sé que usted es una persona discreta y cuento con ello. Hay gente que maneja en el extranjero información privilegiada de nuestra compañía. Es seguro que tenemos a alguien de dentro pasando información y nos está perjudicando mucho a todos. Nuestra rentabilidad peligra si la competencia conoce nuestros movimientos, y eso es lo que está sucediendo. Todavía no sabemos quién es el culpable de esto, pero lo va a pagar.
Marcy observó que el directivo, aunque preocupado, gestionaba la crisis de su empresa con el rigor y la seguridad propia de quien está acostumbrado a los negocios de alto riesgo.
–Le diré más todavía –continuó él–. Tengo fundadas sospechas de nuestra Unidad Internacional, de manera que si usted conociera alguna cosa que pueda ayudar a la Duxa, ya sabe, todos estamos en el mismo barco.
A ella le surgió, de pronto, la idea de aprovechar la oportunidad que se le ofrecía.
–Verá, señor director, aprovecho para pedirle…, me da mucha vergüenza, pero verá…Si más adelante tuviera una posibilidad de trabajo en la compañía… Soy licenciada en Empresa, estoy haciendo un máster y prácticas en Lank Corporate.
El director frunció el ceño.
–Esa es precisamente la empresa que se beneficia a nuestra costa, o al menos una de ellas. Está prosperando en base a nuestro esfuerzo.
Marcy se quedó un poco cohibida al oírle.
–¡Ah! No sabía nada. Lo lamento. Nunca pensé que el mundo de la empresa fuera tan enrevesado.
–Ni se lo imagina, Marcy. Hay muchos piratas queriendo llevárselo sin esfuerzo. En fin, veremos si más adelante hubiera un hueco para usted. Ya sabe, si se entera de algo nos vendría muy bien saberlo.
Se levantó componiendo con esmero su traje y le tendió la mano a Marcy para decirle adiós.
No le extrañó que la esposa de Nacho hubiera caído seducida por el director de la Duxa, todo un elegante, portador de una mirada hipnótica, atractivo como pocos, y subido al poder en lo más alto. “Hay mujeres a las que les subyuga este tipo de hombre”.

Cuando unas horas más tarde llamó por teléfono a Nacho explicándole lo sucedido, notó que éste le contestaba con evasivas. Se despidió de ella con un enigmático: “Ya hablaremos tú y yo, Marcy, ya hablaremos”.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Marcy (113)




Trasplante de corazón, casi nada. Un asunto de tal clase que jamás pensó que fuera a tocarle tan de cerca.
Hasta entonces, cuando había oído algo por la tele, se lo figuraba casi de ciencia ficción.
Tenía que consultar con el médico, al margen de su madre, y pedirle explicaciones.
Pidió una cita urgente y fue a hablar con él. Temía que el doctor fuera a despacharla con frases de complacencia y ella no supiera reaccionar.
El doctor la esperaba y la miró, serio, desde su plaza detrás de la mesa, por encima de las gafas. Le indicó sentarse en una de las dos sillas.
–Usted dirá –dijo mientras extraía la historia clínica correspondiente, de una carpeta.
Marcy se sentía tan nerviosa que se quedó sin voz.
–Tranquila, ya sé lo que quiere usted, información sobre el trasplante cardiaco, ¿no es así?
Ya se había dicho la terrible palabra. Asintió con la cabeza procurando dominarse.
–Sé que es duro para ustedes, lo sé. Además el caso de su padre es limítrofe. Tiene sesenta y cinco años, demasiado viejo para una cirugía tan agresiva, y demasiado joven para morir.
Ya había dicho la otra palabra. Casi lo prefería.
Había que echarse el miedo a la espalda. Si la guerra era a muerte, que fuera a muerte.
–Hábleme con franqueza, doctor, quiero saberlo todo.
–Él cumple todos los criterios; la edad, por los pelos, pero también la cumple. Si dan su permiso le ponemos en lista de espera. Puede hablar con su madre y me dan la contestación.
–¿Qué probabilidades tiene de salir vivo, doctor? Dígamelo.
–Cincuenta por ciento.
–¿Y si no se trasplanta?
–No sobrevivirá más de un año.
El médico le mostró un modelo anatómico, parecido a un juguete que tuvo cuando era niña, sólo que de mucho mayor tamaño, y le explicó la técnica de la operación. También le advirtió que, aún en caso de éxito, los tratamientos serían complejos.
–Por lo que usted dice no hay otra opción. Nosotros diremos que sí, cuente con ello.
–Piénsenlo. Los pros y los contras.
Aquel médico era tan equilibrado, tan ecuánime, que la exasperaba.
–A ver, doctor… ¿Qué haría usted en este caso si fuera usted el enfermo?
–Yo no puedo contestarle a esa pregunta.
Marcy se doblegó, no iba a sacar nada en claro.
El corazón de plástico estaba sobre la mesa y Marcy lo cogió y lo examinó, luego lo colocó en el hueco del modelo anatómico y se determinó a marchar.
–Gracias. Mañana le diremos algo.
–Sin prisa. Ustedes, sin prisa.
Al día siguiente, sin más demora, dieron al galeno la solicitud, por escrito y firmada, para que Arturo entrara en la lista para el trasplante.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Marcy (112)

Tenía que ir a ver a su padre enfermo, lo sabía, pero entrar en la vivienda, casi convertida en un hospitalillo, abarrotada de medicinas, y verle enganchado a la botella de oxígeno, le daba pánico. Estaba tan consumido que apenas abultaba su cuerpo sobre la cama.
Los médicos se habían pronunciado, la única alternativa era el trasplante. De buena gana ella misma, en un arranque de valor, le hubiera abierto el pecho con un cuchillo de la cocina y le hubiera cambiado su pobre corazón por otro nuevo, que hubiera ido a buscar al fin del mundo.
Pero la vida se le escapaba y él ya no podía luchar contra aquello.
Se percibía el olor de la muerte.
Marcy se daba cuenta de todo con amargura, pero nada se podía hacer salvo aliviar en lo posible los sufrimientos que padecía.
Amelia, además, estaba preocupada por el matrimonio de su hija después de la precipitada marcha de sus nietos.
–¿Qué ocurre hija? ¿Pasa algo malo entre vosotros? ¿Y los niños?
–Nada mamá, ya sabes, peleas de pareja, sin importancia.
Pareja sin importancia, eso sí que era verdad.
Su madre ya tenía bastante para ella y no quería angustiarla más con sus problemas.
–Mamá, todo va bien, tengo la empresita con Arcadia, estoy haciendo el master, tengo amigos, los niños están bien y os tengo a vosotros, ¿qué más se puede pedir, mami?
Continuó fingiendo una felicidad que no sentía.
–Estoy en lo mejor, con cuarenta años, ¡dicen que es cuando la vida empieza de verdad! Lo único que quiero, más que nada en el mundo, es que papá no sufra, eso es lo importante, mami.
–No sé, hija, acuérdate de que un marido a tu lado vale mucho –remachó Amelia.
En un momento en que su madre estaba sentada al lado de la cama del enfermo, en el sillón que siempre ocupaba para hacerle compañía, Marcy sacó con sigilo la estatuilla de su bolso y la restituyó a su lugar original. A pesar del cuidado que puso, no pudo evitar que varios objetos se derrumbaran como un castillo de naipes, y el estrépito atrajo a su madre al quicio de la puerta del salón, desde donde lanzó a su hija una mirada fija, acusadora.
–Estaba mirando unas fotografías…
Odiaba más que nada en el mundo la censura de su madre. Pero Amelia se limitó a preguntarle de nuevo por los niños.
–Como todos los veranos, están en el campamento, puedes llamarlos allí si quieres.
–Sí, hija, lo haré. Y tú, ¿a que estás actuando bien? No me gustaría que te metieras en líos por culpa de esa manía de trabajar. Estabas muy bien en tu casa con tu marido y tus hijos.
–¡Mami, venga ya! Eso es cosa de otros tiempos, ahora tengo que aprovechar la carrera que vosotros me habéis dado con tanto esfuerzo.
La madre lo aceptó a regañadientes.

Cuando se despidieron, Marcy quedó con la impresión de que los miedos de la madre y los suyos propios se parecían bastante.