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lunes, 27 de abril de 2015

Marcy (196)



Marcy estaba a punto de tocar el cielo aquel primer día como profesora ayudante en la Facultad de Ciencias de la Empresa. Un nutrido grupo de alumnos la esperaba y ella escuchaba aquel murmullo expectante con cierta inquietud. Se alisó el traje mil veces y se atusó el cabello.
Hacía muchos años que era ella quien estaba del otro lado, llena de ilusiones, dispuesta a cambiar el mundo para mejor, aunque fuera un poquito.
Y lo había logrado. Esta idea la tranquilizó y con paso seguro avanzó sobre la tarima hasta quedar en el centro, con el proyector tras ella, dispuesta a comenzar la clase.
Tenía el encargo de impartir un curso de doctorado sobre economía global.
–Señoras y señores, combatir el fraude fiscal y el blanqueo de capitales se ha convertido en las últimas décadas en el mayor reto para una economía globalizada…
Y siguió disertando durante una hora sin necesidad de revisar ni uno sólo de sus apuntes.
Cuando concluyó la clase se dio cuenta de que apenas se había fijado en los alumnos.
Los estudiantes fueron dejando sus asientos y saliendo del aula mientras Marcy recogía sus papeles. Levantó la vista cuando oyó una voz familiar.
–Hola profesora.
Era Nacho, su antiguo compañero de facultad y antiguo compañero de trabajo. Marcy se quedó sin saber qué decir.
–Aquí me tienes, Lank Corporate se fue a la porra. Ahora voy a aprovechar para reciclarme y hacer la tesis doctoral.
Hacía mucho que no sabía nada de Nacho, no le había vuelto a ver desde que se lo encontró, un tiempo atrás, en su antiguo barrio de Mazello, cuando ella estaba haciendo su mudanza.
–Me parece perfecto, Nacho.
Encontró raro tenerle allí, como alumno.
–He vuelto a mi chalet, con mi esposa y con Miguelito. Estamos esperando otro bebé.
–Perfecto, Nacho, perfecto. Hasta pronto.

Se fueron cada uno por su camino. 

lunes, 20 de abril de 2015

Marcy (195)


–Ni te imaginas que cuando nos vayamos al Nuevo Zeol, Lank Corporate va a ocupar de nuevo este edificio. Es jodido de asimilar.
Acababa de entrar en el despacho de ella, al final de la jornada laboral.
Raúl había conocido los planes de la competencia, la central de Lank Corporate tenía previsto reiterar su apuesta con una nueva división financiera que se asentaría en el Trass Building, en cuanto lo abandonase la Duxa.
Y volvería con el mismo director general.
Marcy se daba cuenta de que la guerra se pronosticaba larga. No guardaba buen recuerdo de aquel tipo.
–Ese se mantiene a costa de sus padrinos –dijo Raúl, refiriéndose al director de Lank–, pero lo pagará, antes o después.
Raúl le explicó a Marcy que estaba seguro de que el director de Lank era un cachorro de León.
–Hay que convivir con esas cucarachas –dijo él.
–No consentiremos que nos amedrenten, cariño –dijo Marcy, mirando por la ventana de su despacho al Nuevo Zeol en construcción.
Ella apagó la luz y el cuarto quedó iluminado por las luces amarillas procedentes del exterior.
Él soltó una carcajada.
–¿Alguna sorpresa para mí? –dijo divertido.
Ella encendió un proyector que tenía colocado sobre su mesa y tomó el mando a distancia.
–Una sorpresa para usted, señor director, espero que le guste.
Le condujo al sofá y accionó el mando.
“Cultivo de viñedo en clima desértico. Diseño experimental fase I”, era el título de la presentación.
–Qué tramará mi cabecita loca –dijo él, sonriendo.
–Y tan loca, estoy chiflada por cultivar al lado de los pozos. ¡Atiende!
Ella empezó a pasar las diapositivas.
“Preparación del suelo a base de arena hidrófuga, tierra de cultivo y piedra para plantar”.
“Selección de cepas que resistan los cambios bruscos de temperatura mediante ingeniería genética”.
Después de un rato detuvo el proyector y encendió la luz.
–¿No es maravilloso?
–Querida, ¿uvas en el desierto? –él levantó las cejas, escéptico–. No sé si aceptarán ese cultivo.
–También cuando la patata vino de América costó mucho introducirla aquí, la gente no la quería, decían que era fea, sucia. ¿Qué te parece? Y luego salvó del hambre a miles de personas.
Él escuchaba, atento. Ella se le plantó delante con los brazos en jarras, como una ejecutiva verdulera.
–Haremos este experimento en la finca de La Vitia. ¿No es maravilloso?
El se puso de pie y la tomó en sus brazos.
–Tú sí que eres maravillosa, la mujer más especial que nadie se pueda imaginar.
Se separaron un tanto y miraron los dos, en paralelo al nuevo edificio.
Ella se sentía convencida, segura de sí misma.
–Nadie va a impedirnos realizar nuestro sueño, nadie.

Eran una pareja, enlazada por la cintura, vislumbrando a través de un cristal el sueño de su vida. Sólo un sueño. Nada menos que un sueño.

lunes, 13 de abril de 2015

Marcy (194)


–Tú estuviste colaborando con los Totale. Primero nos espiaste para Lank Corporate y después los ayudaste en el sabotaje al Zeol, nuestra joya más preciada, no sé como pudiste, mamarracho.
–Sabes como funciona ese mundo, Raúl, tú lo sabes mejor que nadie, que estuviste metido a fondo.
Aquello Marcy no se lo esperaba. Le miró con semejante disgusto reflejado en el rostro que él giró la conversación hacia ella.
–Querida, iba a decírtelo. Un error de juventud, malas compañías, la ambición de cuando se es joven, inexperto. Ya te explicaré. Veníamos diciendo que todos tenemos un pasado…
Raúl pareció encajar el envite con naturalidad y se volvió al subdirector.
–No me distraigas, ahora el que está metido en problemas eres tú. Agradecido tenías que estar de que te esté avisando.
–¿Avisando de qué? –preguntó el interesado.
–Al final te rajaste y les diste una información errónea para el sabotaje al edificio, pero lo saben, me he enterado, ponte a buen recaudo.
El otro sí pareció alarmado al oír aquello.
Manele regresó con las aceitunas en ese momento.
–Por eso te advierto de que te conviene marcharte cuanto antes. Cuando os encontré a los dos en la plaza delantera del Zeol el día del incendio, y os jugasteis la vida por la compañía…–Raúl se interrumpió, emocionado.
–Lo he hablado con la Duxa y te ofrecen un puesto en la sede central, allí no darán contigo. ¡Vete! Es todo lo que te puedo decir.
Los visitantes no habían tomado ni un sorbo de vino.
Raúl ladeó la cabeza indicándole a Marcy la puerta.
–¿Nos vamos?
–Voy a llamar a los niños –dijo Manele.
Raúl fue hacia el coche y lo encendió. Lo estacionó ante la puerta principal y abrió el capó para que metieran el equipaje de los niños. Se volvió a sentar en el puesto de conducción y Marcy ocupó el otro asiento delantero contiguo con la vista perdida en los viñedos que tenía delante.
–Te lo explicaré, amor mío. Tengo toda la vida para explicártelo. Sé que lo entenderás –dijo él con seguridad.
Todavía tuvieron que esperar un rato hasta que llegaron los niños.
El subdirector se quedó dentro de la casa y no salió a despedirse. Marcy pensó que si a ella le hubieran dicho algo como lo que le habían dicho a él, cogería un vuelo hacia la isla más desierta del planeta y se pasaría allí varios años comiendo cocos y pescado sin dar señales de vida.

lunes, 6 de abril de 2015

Marcy (193)


–Habéis llegado bien temprano. Los niños están en la finca de al lado, apurando las últimas horas, jugando con los nietos de los dueños. Vamos dentro, que está muy frío para estar parados.
En el porche delantero de la casa, sobre una mesa, depositó las tijeras, desenchufó y recogió el cable.
En el recibidor las plantas lucían algo menos frondosas que la última vez que las vio.
Sintió un fuerte olor a vino fermentado.
–El enólogo está en la nave muy apurado, estamos con el trasiego del vino. Está tomando muestras. El caldo este año es de los mejores, vamos a hacer gran reserva.
Entraron al salón, donde el ambiente estaba caldeado por la chimenea de ladrillo, enorme. Estaba llena de gruesos troncos incandescentes que daban calor sólo con verlos. De la cocina salía un delicioso olor a guiso de carne que se mezclaba con el que desprendía la leña.
Se oyó el ruido de pisadas bajando por las escaleras y el antiguo subdirector de la Duxa apareció tan tranquilo, vestido con ropas sencillas, de campo. Los de la ciudad también se habían ataviado de una manera similar.
El subdirector sabía que su antiguo jefe y Marcy iban a venir a recoger a los niños y no parecía preocupado por ello ni, según era evidente, había salido huyendo de la propiedad asustado por aquella visita. Todo lo contrario.
Marcy vio que el tresillo tenía un tapizado nuevo, claveteado como el anterior sobre la estructura de madera, de un tejido de pana gruesa de color granate. Lo encontró muy favorecido por el cambio.
–Mis padres están arriba –dijo Manele–. Mi padre está en la cama con gripe. ¿Os apetece un aperitivo?
Entró en la cocina sin esperar respuesta y volvió con unas copas pequeñas, corrientes, algo opacas del lavavajillas y una botella de vino, sobre una bandeja.
Se sentaron los cuatro y Raúl abrió fuego sin esperar más.
–Te extrañará que haya venido a verte –dijo al subdirector.
El otro sirvió un poco de vino en cada copa y no dijo nada.
–Porque yo hubo un tiempo que pensé en meterte un tiro en la cabeza, así, sin más.
A Marcy le sorprendió aquella manera de hablar de Raúl.
El otro mantenía la sangre fría y, como si su antiguo director estuviera hablando del tiempo, pidió a Manele que trajera unas aceitunas para acompañar el vino.
Marcy hizo ademán de levantarse.
–Tú quédate aquí, por favor –le indicó Raúl.
–Pero ya no pienso así –continuó–. Voy a decirte más, en mi opinión, ahora estás con peligro de que te pase cualquier cosa y no te estás dando cuenta.
El subdirector manifestó incredulidad.

–¡Macho, estás ocurrente hoy!

lunes, 30 de marzo de 2015

Marcy (192)


Tardaron menos de dos horas en el trayecto hacia la bodega a bordo del imponente vehículo de gran cilindrada de Raúl. Él conducía bastante más rápido que Marcy.
Había querido acompañarla para recoger a los niños después de su tiempo de estancia con el padre y ella había accedido.
–Querida, ¿te has asegurado de que esté el subdirector?
–Claro que está allí. Todos los días que he hablado con los niños estaba. Debe vivir allí.
Raúl conocía, a través de Marcy, los cambios que se habían producido en la bodega y los proyectos de los nuevos socios. Incluso le había dicho que le habían propuesto entrar en el negocio, que querían darle un enfoque diferente, nuevo.
Marcy se dio cuenta de que Raúl no sentía la más mínima inquietud al respecto y a ella le pareció el hombre más seguro de sí mismo que había sobre la faz de la tierra.
–Todos tenemos un pasado, querida. Yo también he tenido parejas antes que tú. Estamos iguales.
Marcy, por el contrario se sentía algo nerviosa por aquel encuentro.
No sabía cómo reaccionaría Manele, ni en qué términos se produciría el acercamiento entre Raúl y el antiguo directivo de la Duxa.
Hacía muchísimo frío, lo notó cuando pararon a tomar un café a mitad de camino. Dentro del vehículo de lujo no se sentía la brisa heladora de La Vitia. Una niebla espesa dificultaba la visibilidad, tanto que el vehículo parecía ir a tientas, flotando en medio de la nada. Poco antes de llegar a la finca comenzó a despejar y, cuando accedieron a la verja de entrada, ya lucía el sol, que arrancaba brillos resplandecientes al campo, empapado por el rocío de la noche. Las vides mostraban sus esqueletos desnudos, retorcidos, escoltando a las edificaciones por los cuatro costados.
Al detenerse, el vehículo se deslizó unos centímetros sobre una placa de hielo que había pasado desapercibida.
En aquel páramo, durante el invierno, siempre hizo un frío de muerte.
Bajaron del coche y miraron en derredor, la puerta de entrada estaba arrimada y apenas se veía actividad.
Marcy se fijó en que alguien estaba podando las vides a unos cincuenta metros de donde ellos estaban. Vestido con vaqueros y jersey de cuello alto negro, levantó una mano para saludar.
–Creo que está ahí –dijo Marcy.

Se acercaron a Manele, que estaba operando sobre los viñedos con una tijera de podar eléctrica. Los hombres se saludaron con un apretón de manos correcto. Ella dio dos besos a su ex marido y notó que olía a musgo fresco.

lunes, 23 de marzo de 2015

Marcy (191)


Hacía un tiempo que Raúl le había explicado a Marcy los inicios tan difíciles que tuvo el Zeol Center, cuando era una obra de arquitectura magnífica que iba a ser inaugurada, y que había convertido a Greda en el ombligo del mundo.
Estaban en el apartamento de él, tumbados en la cama hablando durante horas y horas de todo en general y de nada en particular, sin ninguna obligación ni apremio de ningún tipo.
Sus hijos estaban en el apartamento de ella, con la abuela, seguro que jugando con la consola. Amelia estaría ordenando cosas o cocinando o viendo un programa de cotilleo en la televisión.
Cuando estaban así, lo único que ella echaba de menos era que, unos pisos más arriba, estuviera su padre al lado de su madre. Pero aquello no era posible. Abrazó a Raúl con fuerza, temiendo perderlo alguna vez.
–¿Qué me estabas diciendo de la inauguración de Zeol? –preguntó ella.
Estaban en la penumbra del dormitorio de él, dejando que la tarde se extinguiera, tumbados panza arriba, uno al lado del otro.
–Fue el segundo día peor de mi vida, el primero fue el día que lo perdimos.
–¡Venga, cuenta!
–La obra había marchado sobre ruedas, teníamos a Román como arquitecto, era su primer trabajo de envergadura, la habíamos coronado y habíamos puesto la bandera en la cumbre. Fuimos a pedir los permisos correspondientes para el fin de obra…
Él se interrumpió unos segundos y comenzó a acariciar el cabello de Marcy.
–En la municipalidad exigieron el título de arquitecto y Román confesó que no lo tenía.
–Pero bueno, ¿no es arquitecto? –ella estaba pasmada.
Recordó que Rafa le había dicho hacia tiempo que se había corrido ese rumor.
–No tiene el título, no lo tenía. Él fue el clásico niño de papa que echó años y años en la universidad. Fue un tarambana, al parecer. Y no sacó el título.
Raúl extendió las manos, agitándolas en el vacío, como si aún no pudiera entender aquello.
–Ni te lo imaginas, sin el fin de obra y con la inauguración inminente, las autoridades avisadas, yo el responsable de todo… Quise morirme.
–Pero pudisteis resolverlo.
–Fue el subdirector el que nos sacó del atolladero. Él es un loco de la arquitectura, ya lo sabes, y tenía arquitectos importantes conocidos, con influencias en la facultad.
–Pero Román había dirigido la obra bien, ¿no?
–Seguro. Si él sabe un montón, después de tantos años, ¡como para no saber! Y tenía un gran equipo. Tuvimos que sacarle el título de repente, de un día para otro.
Marcy se apoyó sobre los codos y le miró, perpleja.
–¿Sacarle el título?
–Sí. ¿Qué hacer si no? Imagina el escándalo, en el centro de Greda, en la Milla de Oro, el rascacielos más alto hecho por uno que no es ni delineante. Para echar a correr.
Él colocó sus manos, entrecruzadas, debajo de su cabeza.
–Al final todo salió de cine. Presentó el título y se inauguró el Zeol y todos tan contentos. Cuando se lo comuniqué a la plana mayor de la compañía le echaron sin contemplaciones.
–Pues me habías dicho que la causa fue que no gustaba a los accionistas.
–Como para gustar, ¡si era un botarate! Ya había tenido el lío de Imomonde y después lo del título, la compañía ya no le perdonó. ¿Te has fijado en todo lo que he tenido que pasar hasta tenerte entre mis brazos?
El rió y se la echó encima, como tanto le gustaba hacer.
–Ese fue el gran fallo de León, que por querer colocar a su hijo tan alto, lo acabó haciendo un desgraciado, eso creo yo. Tanto se quiere a los hijos que luego pasan estas cosas.
La sujetó con brazos y piernas como en una llave de judo, ella forcejeaba por zafarse.
–En honor a la verdad, a mí, más que los hijos, me gustan las mujeres.
Ella advirtió que la tenía muy bien enganchada.
Le era imposible resistirse a aquel hombre tan bello, tan inteligente.

No se resistió.

lunes, 16 de marzo de 2015

Marcy (190)


Llegó la primera Navidad viviendo separada de su marido y fue muy diferente para Marcy en todos los sentidos. Su vida ya poco tenía que ver con la que llevara en Mazello durante tantos años, su padre había muerto y trabajaba en una gran compañía. Volvió a vivir en directo, a diario, el bullicio de la gran ciudad engalanada para las fiestas, los grandes almacenes reclamando ventas especiales, la decoración multicolor de las calles, las farolas con altavoces acoplados que emitían música clásica de la mañana a la noche.
El ir y venir de los viandantes y el tráfico daba una vitalidad a la urbe que Marcy casi no recordaba, después del tiempo de aislamiento en Mazello.
Volvió a disfrutar del placer de las compras especiales y de los preparativos de Navidad.
Le correspondió estar con sus hijos la primera mitad de las fiestas. La segunda parte correspondía al padre y los niños irían a la finca para recibir el año. Era la primera vez que, de manera oficial, iba a producirse semejante reparto.
Aún no había tomado una decisión acerca del tema de la bodega.
No tardó en enterarse de que Manele había iniciado una relación con la mosquita muerta de la finca de al lado, la eterna solterona que parecía haber estado apostada, a la espera del derrumbamiento de su matrimonio.
Y ya le daba igual.
Fueron sus propios hijos quienes la avisaron por teléfono, el día de Nochevieja, cuando les llamó para felicitarles.
–¡Papá tiene una novia! ¡Papá tiene una novia! –dijo Manu a voz en grito, al aparato.
–Chsss, habla bajito, cariño, vosotros estáis bien, ¿no?
–Sí mami, hemos tomado las doce uvas, Pablo se atragantó.
Después se puso Pablo al teléfono.
–No le creas mami, ya sabes como es. Estamos pasándolo chachi –dijo con su voz de hombrecito recién estrenada–. ¿Estás contenta?
–Sí, mi príncipe. Estoy con Raúl, vamos a ver una película. Aquí no sé quién vino y dejó un montón de regalos para vosotros.
–Dime qué tienen, mami, ¡porfa!
Marcy le explicó que había cientos de regalos, envueltos en papeles de muchos dibujos y colores, que los paquetes eran tan grandes que apenas pudieron meterlos por la puerta. Que por eso Papa Noel había tardado más de lo debido y que depués había tenido que pedir la baja laboral.
–Mamá, me estás tomando el pelo. Ahora, aquí, las viñas en vez de uvas dan caramelos. ¡Para que te chinches!
–¿Y a ti como te gustan más, con uvas o con caramelos?
–A mí con caramelos, me estoy poniendo morado.
Le encantaba bromear con su hijo mayor.
–¡Mami, vale ya! ¿Cuándo vienes a buscarnos?
–Dentro de quince días cariño.
Se despidió de los niños y se acomodó en el sofá de su casa, al lado de Raúl.
Tomó su copa y brindó con él, por el año nuevo, una vez más.
–¿Están bien?
–Sí, mi amor, mejor de lo que esperaba. Venga esa película.
Extrajo una extensión de la parte inferior del sofá y estiraron los pies encima de ella. Marcy tomó una manta de punto que olía a un fresco suavizante de la ropa. A Marcy le pareció mejor que el perfume más caro que pudiera haber en el mundo.
Se taparon con ella.

–Ya puedes darle al play.