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lunes, 15 de diciembre de 2014

Marcy (177)


Permanecieron así mucho rato, una eternidad, hasta que ella se quejó de frio en los pies.
Él se inclinó y la pellizcó en una pantorrilla simulando el mordisqueo de una alimaña. Ella se apartó de un salto y, cuando se percató de la broma, él empezó a corretear haciendo cabriolas en dirección al hotel.
–¿A que no me pillas?
En su carrera él se enganchó con el borde de la túnica y se vino al suelo, se dio la vuelta y se quedó panza arriba, estaba rebozado como una croqueta.
Ella se partió de la risa, fue hacia él y se lanzó encima.
–Ahora me voy a vengar yo, ¡señor director!
Comenzó a recorrer sus axilas con destreza.
–Cosquillas no, ¡clemencia!¡clemencia!
Las carcajadas nerviosas de él la estaban divirtiendo de lo lindo.
Pero dejó la tortura y se puso de pie, le tendió una mano y él, sin terminar de una vez de jugar, simulando que se levantaba, la atrajo de nuevo sobre sí.
Ella se cayó encima otra vez y él la besó con fuerza, inmovilizándola encima de su cuerpo. Y ella le correspondió con el mismo ímpetu, sujetando la cabeza de él con sus manos y sellando sus labios con besos cada vez más apasionados.
Ella observó que no había nadie en ese instante. Levantó la túnica de él y luego la suya.
No llevaban ropa interior. Actuó con un movimiento preciso y a la primera, manteniéndolo enlazado y a un ritmo apenas perceptible.

Cada uno vertió en el oído del otro jadeos de placer, como si fueran un preciado secreto. Quedaron después, un buen rato, amontonados, como dos animales extenuados y satisfechos.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Marcy (176)

Al finalizar la visita subieron de nuevo al cuatro por cuatro para ir al hotel, que distaba un par de horas del poblado. Era tan sencillo que disponía sólo de las comodidades más elementales, pero a Marcy, agotada por la travesía, tomar una simple ducha, comer y descansar en una habitación con aire acondicionado, le pareció un lujo impagable.
Desde la ventana de su habitación se divisaba un inmenso mar de dunas que, con el caer de la tarde, iba adquiriendo todas las tonalidades del rojo.
Marcy notó sus ojos secos, irritados. Una empleada les suministró un colirio y Raúl se apañó para colocarle dos gotas en cada ojo. Ella parpadeó con fuerza y lo miró despacio, su cara colocada sobre la de ella, con sus ojos verdes que la miraban con su característica suavidad.
Aún en ropa interior se apreciaba la clase del director general. Marcy le profesaba una admiración que bordeaba la idolatría.
Cómo podré tener a éste hombre sólo para mí, en este lugar de ensueño”, ese pensamiento le produjo una felicidad casi dolorosa. Como un miedo a perderlo todo. Como si quisiera que aquel momento no acabara nunca.
–Ahora que estás mejor, ¿vamos a ver las dunas? –dijo él.
–Por mi perfecto.
Se echaron por encima unas túnicas blancas que había en el cuarto de baño y se calzaron unas babuchas de colores. Salieron al exterior y se acercaron a un tenderete donde había unas pocas mesas y unos cojines gruesos y redondos desperdigados por el suelo. El camarero les sirvió té en unos vasitos de cristal.
Se sentaron a la entrada para ver la puesta de sol y, cuando se hizo de noche, Marcy pudo ver el cielo más estrellado que había visto en su vida.
Se había levantado un frío de mil demonios. El cogió una toalla grande de un montón que había en un estante.
–Me estoy helando –dijo ella, tiritando.
–Ven para acá.
Él estaba de pie, se había tirado la toalla encima, y la tenía sujeta por dos esquinas como si fuera una capa, con los brazos extendidos. Ella se levantó y se arrimó a él. Raúl la abarcó por entero con la toalla y quedaron envueltos los dos en medio de la oscuridad y del más absoluto silencio. Sólo dos corazones latiendo pegados, piel con piel y el leve murmullo de su respiración. La cabeza de ella apoyada en el pecho de él.

No había otro lugar mejor en el mundo donde tener apoyada la cabeza.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Marcy (175)

Los integrantes de la misión estaban ansiosos por recibir a los visitantes del primer mundo y les obsequiaron con unas porciones de comida típica, una especie de guiso farináceo con algunas briznas de carne, casi invisibles, y un vaso de leche rosada.
Les mostraron las instalaciones y después un panel de corcho, con las fotografías de los niños entregados en adopción.
–Por cierto, ¿comprobáis bien el destino de los niños? –preguntó Marcy.
–Lo comprobamos todo, con todos sus papeles legales cien por cien.
–Pero lo verificáis bien de verdad, ¿no?
Raúl la miro, perplejo por la insistencia de Marcy.
Ella no dejaba de recordar aquella película ni un sólo día.
–Algún día te diré lo que estoy pensando ahora mismo –dijo, en voz baja, a Raúl.
Después salieron al exterior, donde un sol abrasador lanzaba llamaradas de fuego desde su zenit. Todo en derredor era tierra seca, estéril, a cada paso se levantaba una tremenda polvareda. Los animales, escuálidos, merodeaban entre la gente.
Y en medio de todo ello las caras de los niños, alegres, sonrientes, de piel de ébano y pelo corto y duro como el alambre.
Casi llevados en volandas por la chiquillería llegaron a un pozo de agua recién construido, donde unas mujeres ataviadas con túnicas de vivos colores extraían el líquido con cubos de plástico.
Hacía un calor terrible y la luz era cegadora, Marcy no estaba acostumbrada a aquel clima tan extremo.
Sintió la inminencia de un desvanecimiento y se sentó en el bordillo de hormigón. Raúl le acercó una botella de agua y ella retiró el tapón y se la echó por encima de la cabeza.
–Mataría ahora por un vaso rebosante de tres tercios bien frío.
Era una mezcla de sangría, naranja y gaseosa, a partes iguales, que a ella le encantaba en verano.
Al lado de donde estaba sentada, se leía en una placa de metal incrustada en el cemento: “Duxa Limited”.
Se puso en pie y abrazó a Raúl.
–Ha merecido la pena el viaje –dijo él.
Miró a la cara a los chiquillos que los rodeaban y vio detrás de cada cara la de sus propios hijos. Asintió con la cabeza.
Allí ya no había falta de agua limpia.

Se sintió más orgullosa que nunca de pertenecer a una gran compañía.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Marcy (174)


–Marcy, vente para el aeropuerto, dentro de una hora salimos de viaje –era Raúl, al teléfono–. Echa cuatro trapos en la maleta, que nos vamos al desierto.
Tomaron el vuelo, después un ferry y después un cuatro por cuatro, para viajar por caminos trazados, de manera siempre provisional, en la arena. Arena por los cuatros costados y el aire acondicionado del vehículo a máxima potencia. Ocupaban los asientos traseros, agarrados como podían a las barras de seguridad. En los asientos delanteros el conductor y un guía conocedor de los poblados, hablando en una lengua de la que los de atrás no entendían ni palabra.
–Nos merecíamos unas vacaciones –bromeó Raúl, sudando a chorros.
–No me las imaginaba así, la verdad.
Ella se asió con fuerza a la barra superior, mientras su trasero rebotaba a cada salto del vehículo.
Habían salido con el coche a las cinco de la mañana, porque, según el guía, la capa de arena bien fría permitiría que el vehículo no se atrancara en la arena. Pero el trayecto fue lo bastante largo como para que, bajo aquel sol de justicia, el vehículo terminara empanzado en una duna y tuvieran que bajarse. El conductor y el guía sacaron unas pequeñas palas de metal que refulgían al sol y, con movimientos de extraordinaria agilidad, sacaron la arena que atrapaba al vehículo. Colocaron después unas planchas de aluminio bajo las ruedas y el conductor, acoplando la marcha reductora con maestría, sacó el coche del apuro.
Los expertos decidieron cambiar a otro camino más seguro.
Tomaron unos bocadillos y abundante bebida y continuaron la marcha unas cuatro horas más hasta llegar a un poblado formado por unas cuantas chozas de caña dispuestas en círculo y otras tantas construcciones de bloques de barro, uno de ellos de mayor tamaño que los demás.
Detuvieron el vehículo y un enjambre de criaturas les rodeó chillando.
“Duxa, Duxa, Duxa”, Marcy creyó percibir entre aquel griterío.

Entraron en el edificio de barro más grande. Se trataba de un orfanato dirigido por una misión humanitaria extranjera. Una multitud de niños, que habían perdido a sus padres tras las desoladoras epidemias, recibían cuidados y formación en aquel centro también sostenido con fondos de La Unión.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Marcy (173)


Se despertaron pronto y bajaron a desayunar en la cocina, como era rutina en la casa. Sobre la mesa rectangular humeaba una jarra de cristal grande, llena de leche de vacas de una finca vecina. La cocinera retiró del fuego la cafetera, que ya casi derramaba su contenido por la abertura, y les sirvió el café y después cada una se puso la leche de la jarra.
Josefa preparó unas tostadas de pan de hogaza en la sartén y las regó después con aceite de oliva, las colocó en una panera de mimbre que llevaba adherido un paño blanco que rebosaba por los bordes formando unos graciosos volantes y las puso sobre la mesa al lado de un sencillo florero, con rosas de la hacienda recién cortadas.
A Marcy le encantaban las atenciones de Josefa.
–Desde que se han ido los viejos estamos muy contentos, le tenían mártir al señorito, no se lo puede figurar –dijo, al oído de Marcy.
Las dos se desayunaron y salieron a la plazoleta delantera. En la misma puerta del laboratorio estaba el enólogo, que acudía a la bodega todos los días, aunque fuera domingo. Manele y el subdirector le ayudaban a cargar las garrafas de aditivos en la camioneta. Se acercaron a ellos.
Marcy llevaba en una mano una bolsa de tela conteniendo una enorme hogaza de pan que había cocido Josefa para que se la llevara.
–Nosotras ya nos marchamos –dijo.
Advirtió que el enólogo estaba satisfecho, acarreando los pesados bidones llenos a reventar, con la misma facilidad que si estuvieran vacíos.
–Hoy es un día grande para esta bodega –dijo, en voz alta.
Cogió la factura y se metió en el furgón, iba a devolverlos al proveedor.
–Me voy a Greda, señoras. Vamos a hacer una cosa, pueden seguirme y hacemos el camino juntos –dijo.
Se despidieron de los dos hombres que quedaban a las puertas del laboratorio.
–Piensa en lo que hemos hablado, Marcy –dijo Manele, por último.

Cogieron el coche y siguieron la estela de la camioneta que iba brincando sobre los baches de la carretera como si estuviera contagiada de la alegría de su dueño.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Marcy (172)

Pero ella no pudo reprimir la curiosidad y le preguntó por el estado de Lank Corporate.
El subdirector le explicó que la división financiera de la compañía terminó siendo un gigante con pies de barro. Que todo el negocio se basaba en información robada a la Duxa y que, en cuanto se vieron forzados a funcionar sin ella, se vinieron abajo como un castillo de naipes.
–Se habían acostumbrado a la buena vida. Ganaban tanto dinero fastidiando a la Duxa que ya no se molestaban en invertir en nuevas tecnologías. Ya era todo ingeniería financiera. Pero todo ficticio. No puedes hacer negocio si no tienes un buen producto detrás, todo se reduce a eso, chaval.
Miró a Manele
–Tienes que creer en tu producto, estar enamorado de él. Si no es así, no hay negocio que valga. Por eso yo ahora creo en esta bodega. Haremos el mejor vino de La Vitia.
–Me estáis poniendo los dientes largos –dijo Marcy, casi sin querer.
A ella, en realidad, siempre le había encantado aquella bodega. Ni siquiera le pareció en aquel momento apestoso y rancio el olor a vino que exhalaban todos sus rincones.
–Yo no te digo más, Marcy, tienes que verlo tú –apostilló Manele tan tranquilo.
A Marcy le causó la impresión que los dos amigos habían restañado sus heridas, que volvían a confiar el uno en el otro.
Se les veía muy compenetrados.
–Yo lo único que le digo a Manele –continuó el subdirector–, es que hay que quitar esos putos aditivos del caldo. Hay que luchar por esta denominación. Este vino, tal como sale de la uva, es de primera, no tiene nada que envidiar a ningún otro.
Manele se esponjaba, parecía flotar en su asiento.
–Mañana retiraremos todos esos tanques de esta heredad, macho. Y vamos a empezar desde cero.
Se había hecho tardísimo, eran las cuatro de la mañana, y se retiraron a dormir.
Llevaba un buen rato en la cama y aún no se había dormido, dando vueltas a la cabeza. Arcadia había caído rendida.
Sintió en la puerta de la habitación unos leves golpecitos y la abrió.
Era Manele. Como cuando eran novios y venía a buscarla, en medio de la noche, y salían por la puerta falsa, a retozar entre los viñedos.
Hace un tiempo hubiera matado por algo así, y lo tenía cuando ya no lo quería para nada.
–Qué haces aquí, ¿estás loco?
–Marcy, sal un rato, vamos.
–De ninguna manera, vete, déjame en paz.
Le resultaba atractivo, sí, pero no iba a volver a empezar, sería un disparate.
Ella cerró la puerta y oyó como él caminaba por el pasillo en dirección a su cuarto en el que dormían juntos en otros tiempos.
No sé si entraré en este negocio, pero volver contigo, eso nunca más”.

Y se metió en la cama sabiendo que eso era lo acertado, que podía dormir tranquila.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Marcy (171)


Marcy observó que Manele estaba guapísimo, moreno, ataviado con su vaquero y su camisa blanca, sus cabellos ya lucían unas canas en las sienes que lo hacían aún más irresistible. Calzaba alpargatas de esparto como los lugareños, según su costumbre cuando estaba en el campo.
A ella se le vino a la cabeza que, por primera vez en la vida, lo veía contento y centrado en un proyecto. Aunque ella no pensaba compartirlo.
–Eso puede ser buena idea, es verdad que está muy de moda –repuso Marcy.
Pero él no continuó en su contumacia por meterla a ella en el negocio como Marcy se temía.
Manele degustó el liquido dulce de su copita y tomó una pasta de las que se elaboraban en un convento cercano y que era tradición de la casa comprar, para tomar como capricho, después de las comidas y entre horas.
–Qué buenas están –dijo–. Tomaros una.
Y repartió entre sus invitados, acercándoles una caja repleta de ellas que despedía un fino olor a mantequilla fresca.
El subdirector asintió.
–Exquisitas –y se volvió a Marcy–. Tú trabajaste con Nacho en Lank.
El hombre pasaba de los cincuenta, pero parecía mucho mayor, de pelo rubio, más bien ralo y largo, a Marcy le pareció que teñido. Lucía joyas de oro y gafas. Parecía un galán de otro tiempo, ya algo caduco.
Marcy se quedó parada. Todo el mundo supo en Greda que había sido ella quien había destapado el asunto del espionaje de Lank Corporate contra la Duxa.
–Sí –respondió Marcy.
–Nunca debí meterme en aventuras con ese menda. Traicioné a la Duxa, engañé a mi mejor amigo –dijo mirando a Manele–. Me busqué la ruina yo sólo.
El subdirector explicó que había conocido a Nacho al pertenecer los dos a la Asociación Internacional de la Empresa y que en las reuniones de la sociedad el ambicioso Nacho, así mismo lo describió el subdirector, le propuso que le pasara información sobre las actividades de la Duxa.
–Yo acababa de llegar a Brexals, recién muertos mis padres, estaba perdido y me dejé embaucar, macho. Ese siempre le tuvo envidia a Manele y consiguió ponerme a mí también en contra de él.
El subdirector se desahogaba recapitulando aquel período de su vida.
–Luego, Manele se lió con la zorra de Isabel y yo me fui metiendo más y más con Nacho, a espaldas de mis colaboradores de la Duxa. Me pagaban buen dinero, y me hacían caso, que era lo que yo más necesitaba.
A través de las gafas Marcy pudo ver que tenía los ojos enrojecidos. Tomó un sorbo del vino y miró a Arcadia.
–Y ahora aquí me tienen…, solterón y solo en la vida, a empezar de nuevo, como usted. Pero tengo un tesoro, mi amigo me ha perdonado. Como el gran hombre que es.

Gran perro es lo que ha sido conmigo”.