Novela gratis online para leer por entregas.


martes, 31 de julio de 2012

Marcy (53)


La amistad entre las tres continuó, a pesar de todo. Hasta que un día reaparecieron las hostilidades entre las rivales de la manera más inesperada.
Estaba próxima la fiesta de fin de curso, el último que harían en el instituto, y las jóvenes estaban todas revueltas pensando en qué ponerse para la ocasión, no se hablaba de otra cosa.
Laura mantenía el secreto, que sólo había compartido con Marcy. Quería a toda costa que su madre le comprara un vestido en una boutique de lujo que había cerca del centro académico y que por aquellas fechas siempre ponía en el escaparate ropa juvenil como gancho para las estudiantes.
Pero el precio era prohibitivo.
Escapaban a veces, entre clase y clase, para verlo. Allí estaba, entre varios mucho más feos, precioso, de escote palabra de honor, cuerpo ajustado y falda de vuelo, plisada, bicolor, con la superficie  de color marrón y, cuando el pliegue se abría, como un acordeón, dejaba ver otro tono amarillo tostado, que contrastaba con el oscuro y le daba una gracia inigualable. El tejido era delicadísimo, como de tul, con un forro por debajo de tela opaca.
Un vestido digno de una princesa.
Una mañana llegaron a entrar y Laura se lo probó. Le quedaba bastante bien, haría falta un sujetador de relleno y listo.
Isabel era de las que nunca tenía que preocuparse por la ropa, porque cualquier trapo que se echaba por encima le sentaba fenomenal. Su madre era una modista bastante reconocida en Greda que hacía copias de modelos de alta costura para las damas de la sociedad. Y a veces cosía alguna prenda para su hija.
El lío gordo vino cuando el día anterior a la fiesta, que era el último lectivo, apareció Isabel con aquel vestido maravilloso puesto como si tal cosa.
Laura se puso verde de rabia.
Cuando llegó la hora del patio de media mañana Isabel se sentó, tan natural, sobre una piedra, hecha una divinidad, al lado de las demás, esparcidas por el verde.
Los chicos se pavoneaban delante de ellas y no paraban de clavar sus ojos en la bella rubia.
–Estas imponente Isa, ¿qué vas a dejar para mañana? –preguntó una.
–Calla, calla, mi madre, que es una pesada. Me hizo éste para la fiesta, pero yo me empeñé y me lo puse hoy. Mañana de vaqueros ajustados y escotazo, que es más chic –respondió Isabel despreocupada.
Laura miró a Marcy de una manera en que podría haberla matado si las miradas matasen. Se apartó un poco y le hizo una señal.
-Se los has soplado, ¡mala amiga! Eres una mala amiga.
Estaba rabiada de lo lindo.
Pero Marcy no había sido, se lo dijo cien veces a Laura. Quizá la misma Laura, por la emoción, lo habría divulgado sin querer, o a lo mejor la madre de Isabel lo vio en la tienda al pasar ya que vivían cerca del instituto. Y las modistas seguro que irían por las aceras rastreando los modelos nuevos que aparecían por los escaparates, no tenía nada de raro.
Por descontado que, al día siguiente, las tres llevaron vaqueros ajustados y escotazos y zapatos de tacón alto y nunca se habló a las claras del asunto del vestido.
Y aquel día, contra todo pronóstico, fue uno de los más importantes en la vida de Laura, porque fue el día que intimó con Lucas, el clásico empollón bajito y un poco adiposo de la clase contigua, en el que nunca habían reparado.


martes, 24 de julio de 2012

Marcy (52)


Las tres amigas se habían tratado desde la época del instituto, en Greda, y siempre se habían llevado bastante bien. Habían sido compañeras de estudios, cómplices en sus primeros escarceos sentimentales, casi como hermanas para Marcy.
Aunque entre Isabel y Laura había cierto antagonismo.
Si de mayor fue una mujer bandera, de jovencita, Isabel, a los quince años, era lo más bonito que había pasado por el instituto.
Las tres eran tipos de chica muy diferentes entre sí, Isabel era la rubia inmaculada, de labios fresquísimos, rosados, y ojos oscuros, con una tez casi nívea; Marcy todo lo contrario, una belleza racial, morena, de cabello largo y sonrisa franca; y Laura la menos agraciada de las tres, con un cabello ralo castaño y ojos marrones, sin sustancia, atractivo cero.
Isabel fue, desde jovencita, la clásica que cuando iban juntas a dar una vuelta causaba furor entre los chicos. Y aquello Laura nunca se lo perdonó.
Llegaron a disputar por el jovencito más popular del instituto, un rubito angelical con la cara llena de granos que sacaba muy buenas notas. Laura estaba encaprichada con el joven y, de hecho, llegó a conseguir salir con él, al cine, varias veces.
Pero su sorpresa fue mayúscula cuando el chico le confesó que, de quien estaba enamorado de verdad, era de Isabel. Que había salido con Laura por acercarse a la rubia.
Laura se lo tomó muy mal. Durante un tiempo acusó a Isabel de haberle levantado al novio.
Y Marcy, que era amiga de las dos, no sabía qué partido tomar.
Isabel estuvo sólo un par de veces con aquel chaval, pero fue suficiente para sembrar un rencor duradero en Laura.
Hasta que el asunto explotó un viernes, a la salida de las clases, el centro ya estaba cerrado y la mayoría de la gente se había marchado ya.
Las chicas de la clase estaban charlando antes de irse a su casa cuando Isabel y Laura empezaron a discutir una enfrente de la otra.
Pronto se formaron dos bandos.
–¡Pelea! ¡Pelea! –gritó una como una energúmena. Las demás la corearon.
Marcy trató de poner paz, pero Laura, ya fuera de sí, la quitó del medio y la tiró al suelo.
Las dos fueron dándose empujones y pronto se empezaron a dar pellizcos y estirajones de pelos. Isabel, que al principio apenas se defendía, fue volviéndose tan agresiva como su oponente.
Estaban destrozándose el uniforme. Gritaban las dos como posesas, se insultaban, se escupían.
En el instituto no era corriente aquel tipo de cosas. Marcy solo recordaba otra pelea de chicas, aquella vez la vencedora había logrado derribar a su oponente y se había sentado encima de ella.
Cayeron a tierra, revolcándose, hasta que Isabel consiguió inmovilizar a Laura haciendo presa con sus piernas y sentándose encima de ella mientras le sujetaba la cabeza por los pelos.
–¡Isa ganadora!, ¡Isa ganadora! –corearon las de su bando.
Laura había tirado la toalla.
Se pusieron de pie con la ropa hecha jirones, desgreñadas, coloradas como dos tomates.
La que gritaba como una energúmena se acercó a las dos y levantó la mano de Isabel como si fuera el final de un combate de boxeo.
–¡Isabel vencedora! –gritó–. Laura, dilo tú también.
–Isabel vencedora –dijo Laura con las demás.
Desde aquello Marcy supo que Laura le guardaba a Isabel una cuenta pendiente.

martes, 17 de julio de 2012

Marcy (51)


Había ido pocas veces a casa de Laura, pero dio con ella y encontró plaza de aparcamiento con facilidad. Había arreglado que la canguro se quedara con sus hijos. Eran las siete de la tarde cuando pulsó el timbre de la puerta.
Su amiga la había llamado el día anterior para decirle que tenía que hablar con ella cuanto antes; no quiso explicarse más, pero algo en el tono de voz de Laura le había encendido el piloto rojo y pasó la noche previa intranquila.  
–Pasa, siéntate, por favor. Las niñas se fueron al cine con el padre –Laura le señaló una butaca del salón comedor–. Te serviré algo, ¿te hace compartir un té?
La decoración de la estancia era espartana. A Marcy le pareció insípida, triste, a juego con su propietaria.
–Perfecto, Lau, un té para las dos. Me encanta.
Laura se ausentó unos instantes a preparar la bebida. Volvió al poco rato con la bandeja conteniendo la humeante infusión, dos tazas grandes y un bol de azucarillos, y se sentó en otra butaca.
Había que esperar a que reposara el té.
La inquietud de Marcy se hizo notar.
–Entonces, ¿qué pasa Lau?, te veo preocupada.
–¡Como para no estarlo! No me habría gustado tener que pasar por esto en toda mi vida.
–Me estás asustando, Laura.
Marcy le preguntó si algo malo le había ocurrido, a ella, a su familia o en su trabajo, nada de nada.
–Es algo referente a ti…
Marcy ya se estaba hartando de tanto misterio
–Dime lo que me tengas que decir –afirmó, mirando a Laura a los ojos.
–Escucha, es mejor que te enteres cuanto antes. Tu marido te está engañando, tiene otra mujer.
Marcy la miró incrédula. De dónde habría sacado semejante idea, ya estaba enrevesándolo todo, haciendo daño donde sabía que más podía hacerlo.
–Pero bueno, Lau, ¡qué ocurrencia! Si Manele no tiene más tiempo que para su trabajo.
 Unos segundos en silencio y la rabia ya le salía por las orejas.
–Para amigas como tú, Laura, ¡prefiero enemigas! Eres una aguafiestas.
La otra atendía, impávida, a los improperios de Marcy.
–Te estoy diciendo la verdad, puedes creerlo. ¡Lo sé de primera mano, vaya! Si quieres, puedes comprobarlo tú misma.
–Haces caso de chismorreos infundados, Lau, eso no puede ser cierto…
La información que la otra le fue desgranando era contundente.
No era una amante ocasional, no, era una relación ya afianzada. Compartían todos los fines de semana, esa mujer lo tenía bien atrapado y la cosa iba viento en popa. Y lo sabía de buena tinta, de primera mano, por la propia amante de Manele.
Y la amante era Isabel.
Isabel, dijo Laura, la había llamado por teléfono y se lo había confesado.
–Creo que desde el último día que nos reunimos empezó a no poder más con su secreto –dijo Laura–. Yo ya te lo decía, que Isabel era de cuidado.
Siempre había una amiga cariñosa dispuesta a romperle a una la cabeza”.
Lo que estaba pasando era que Laura se la tenía guardada a Isabel desde hacía muchos años. Marcy se lo sabía bien.
–No te creo, no te creo. ¡Envidia cochina!, tienes envidia de Isa, que siempre fue más guapa que tú y me tienes envidia a mí, y no sabes cómo hacerme daño –Marcy levantó la voz, desafiante.
–Por favor…, sabes que jamás te haría mal sin motivo. Es la verdad. Si no te enteras al final será peor, te pillará desprevenida. Tal para cual, ¿es que no lo ves?  Después de todo, va a ser lo mejor para ti, así te quitas de una vez a ese muerto de encima.
–¡Eso es lo que tú quisieras, Laurita! –ironizó Marcy, incrédula–. Pero no vas a conseguirlo.
–Mujer, piensa lo que quieras, pero te digo que, estas vacaciones, Manele no va a venir, se van de viaje a una isla paradisíaca, me lo dijo Isabel.
–¡Estás loca y eres mala! ¿Cómo puedes decirme algo así? Es que quieres acabar conmigo ahora que todo me va mejor que nunca, ¿no? Me tienes envidia por mi carrera y por mi marido. Siempre fuiste una envidiosa –Marcy se defendió, cada vez más acorralada.
–Me da igual lo que digas, sé que no eres tú quien está hablando. Estás trastornada, obsesionada con ese chulo que no para de hacerte daño, y cuanto más te hace, más lo quieres.
Los argumentos de Laura le acertaban como dardos en el corazón.
–Las cosas son como son, Marcy, da igual que te empeñes, ese no te quiere ni te va a querer nunca.
–Ya está bien de tonterías ¡Me largo de aquí, que no aguanto más!
Con cajas destempladas se levantó sin haberse aun despojado de su abrigo y, sin volver la vista atrás, dejando la bebida sin tocar sobre la mesa y la puerta de entrada abierta de par en par, se fue de la casa de Laura tomando su vehículo aparcado allí mismo.
Condujo sin rumbo fijo de manera mecánica, prestando atención a sus pensamientos. Las calles de Mazello brillaban bajo una fina lluvia, en medio de la oscuridad de la noche, sólo interrumpida por la luz de las farolas y los semáforos lanzando sus órdenes de colores. Casi ni advertía el ruido del motor del coche y del limpiaparabrisas con su zumbido monótono apartando láminas de agua del cristal.
No se podía creer lo que había escuchado y no entendía a santo de qué Laura se metía en su vida de aquella manera, quizá le había dado demasiada confianza revelándole sus problemas con Manele.
La rabia se fue atenuando dejando paso a un estado de confusión y sospecha que la consumía. “¿Y si fuera verdad?”. Cómo se podía aceptar que Isabel, siendo amante de su marido, tuviera la desfachatez de plantarse en toda la cara de la esposa engañada. Aquello no era posible. Isabel era frívola, sí, pero no hasta ese punto de malignidad.
Laura, como siempre, haciéndose la santita, estaba hasta el gorro de ella.
Quizá sus dos amigas habían desenterrado el hacha de guerra y la habían pillado en el medio, como antes, cuando eran unas jovencitas.
Después de dar mil vueltas a la cabeza decidió salir de dudas, indagar a través de otras personas a ver qué resultaba. Román, la pareja de Isabel, si ésta andaba en según qué pasos, seguro que sabría algo, tenía que contactar con él.
Con esta determinación llegó a su casa, donde ya estaban todos dormidos, y se metió en la cama sin parar de dar vueltas en toda la noche.

martes, 10 de julio de 2012

Marcy (50)


El cuarto de su padre, en el hospital, se convirtió en una improvisada oficina. Desde aquella habitación, interrumpida por algún pedido de su padre o la entrada de una enfermera, contemplaba como finalizaba el invierno en los Montes del Norte, donde ya escaseaba la nieve, enfrascada en sus estudios.
A Marcy siempre le había intrigado como era posible que en un sitio tan frío, con las paredes tan blancas, lleno de enfermos, de camillas, donde la gente pasaba lo peor de su vida, existiera una vida alegre, que transcurría oculta a los ojos del novato, pero que se iba revelando cuando frecuentaba el hospital.
Cómo era posible que un doctor humano, que tenía que pasar disgustos cada día, pudiera llevar aquella facha atractiva cuando pasaba visita, con su bata impecable ondeando por los pasillos, exhibiendo un reloj de moda y peinado como un galán.
Para entrar en un cuarto donde los pacientes no se mejoraban, o empeoraban o hasta se morían y preguntarles con un vivo interés por su vesícula biliar o lo que se terciara.
A veces rodeados de su séquito de estudiantes, como reyes de la ciencia médica.
Le parecían entes sobrenaturales.
Pero quien estaba de continuo al pie del cañón eran las enfermeras. Las que les habían tocado, tan maravillosas, tan sencillas.
–Hola Arturo, ¿cómo pasaste la noche? Un pinchacito y me voy.
Una zalamería para un paciente, un caramelo, un almíbar.
–No te preocupes, tú pincha ahí, todo tuyo –se arremangaba el pijama con docilidad.
Y pinchaban, extraían, curaban, ponían termómetros y cambiaban las botellas de suero con una facilidad que a Marcy la dejaba extasiada.
Tomaban notas y se alisaban la bata, cortita y bien ajustada, con botones delanteros, que creaba la duda de si había o no ropa debajo. La cara bien maquillada y la raya del ojo puesta y el pelo alisado perfecto. Y un perfume suave, fresquísimo que quedaba en el cuarto después de que se iban.
Siempre había oído que en los hospitales había líos de faldas, y tenía que ser verdad por fuerza.
El doctor que le había tocado a su padre era muy serio, profesional, Marcy le conoció una mañana en que pasó visita mientras estaba ella en la habitación. Le preguntó los síntomas como rezando el rosario y Arturo le respondió con monosílabos. Le puso el estetoscopio en varios sitios del pecho y miró la radiografía al trasluz meneando la cabeza en sentido negativo. A Marcy no la hizo salir mientras lo revisó.
–Curarse no se va a curar, Arturo, eso ya lo sabe usted –eso lo dijo muy clarito.
Pero el doctor era incapaz de dar una mala noticia sin arreglarla algo.
–Pero va a mejorar, eso sí, para irse a su casa, que es lo que quiere.
Cuando se iba, Marcy fue detrás de él hasta la puerta, donde su padre ya no podía oírles.
–Está muy mal, está muy mal, mi pronóstico es sombrío.
Hizo como que dudaba y prosiguió.
–Pero su padre es fuerte,  muy fuerte.
El doctor echó una ojeada a la habitación.
–Veo que tiene convertido esto en su cuartel general.
–Perdone, es que yo…, estoy preparando…
–No se disculpe, al contrario, hace muy bien. Usted es la mejor medicina para su padre. Está muy orgulloso.
Salió del cuarto, como llevándose un trozo del mal del padre de Marcy consigo para estudiarlo después bajo la lente del microscopio y sanarlo,  y dejó a Arturo algo aliviado con la esperanza de abandonar de una vez aquel encierro.


martes, 3 de julio de 2012

Marcy (49)


Tenía demasiadas funciones que cumplir y demasiadas preocupaciones que atender para poder poner los cinco sentidos en sus estudios. De no ser por la casualidad de encontrarse con Rafa, el celador de la facultad.
Cada mañana, después de las clases, solía encontrarse con él en la cafetería y se reunían en la misma mesa, desde la que se veía el Parque Central, para comerse el bocadillo.
Él se convirtió casi en su secretario personal, le hacía fotocopias, tomaba los volúmenes necesarios de la biblioteca de la facultad, le hacía resúmenes, le pasaba escritos al ordenador. Aligeró en gran medida la carga que le llevaba el máster y los primeros trabajos que presentó, paridos a medias con Rafa, fueron de sobresaliente.
En seguida se le hizo indispensable.
Siempre había creído en la predestinación, en que todo lo que le sucedía, las personas que se cruzaban en su camino, tenían un motivo, un sentido que sólo podría reconocer después, cuando fuera más vieja y más sabia.
El bedel tenía una clase de urbanidad de la que ya estaba en desuso, era un chico como traído de otro siglo, por el túnel del tiempo, en bandeja, para ayudarla. Le cedía siempre el paso, se ponía de pie en cuanto ella llegaba, le separaba la silla para que ella se sentase.
Y cuando Rafa se detenía a reflexionar se sujetaba la cabeza con una mano una y otra vez y correteaba un trecho aquí y allá como pensando.
Marcy, a veces, tenía que reñirle por su exceso de educación.
–Es un honor para mí ayudarla, señorita, indudablemente.
–No digas eso, hombre, con lo que tú me vales.
–Fundamentalmente, señorita, es usted la que me ayuda a mí.
Él era así, muy redicho, redundante, reiterativo.
A veces la saludaba o le daba las gracias tantas veces, tan repetidas, que a Marcy se le antojaba una tortura escucharle.
Este chaval es un tostón”. Pero era lo que había.
Tampoco estaba en aquel momento de su vida en condiciones de exigir un príncipe con su principado. Y Rafa era, lo primero de todo, una bella persona, un amigo de los que no le fallan a una chica en aprietos.
Un amigo al que hubiera podido darle las llaves de su casa si hubiera hecho falta.
Un amigo que, sin proponérselo, la levantó de la miseria y la hizo renacer.

martes, 26 de junio de 2012

Marcy (48)


Tenía que reconocer que Manele había llegado a su vida en el momento oportuno. Ya lo conoció en el primer curso, pero fue a la mitad de la carrera, lo que se llamaba el paso del ecuador, cuando formalizaron la relación, durante el viaje de estudios.
Marcy hasta entonces había tenido poca suerte con los chicos.
Había tenido amigos, de los de pasear cogidos de la mano por el Parque Central de Greda y cruzarse miradas románticas durante horas. Después de los amigos de darse una paliza de abrazos y besos calenturientos que no llegaban a más.
Pero fue a los dieciséis cuando vivió la primera relación larga, con las primeras escaramuzas de sexo puro y duro en la parte trasera del coche de él.
Aquella relación había durado un año, el tiempo suficiente para que ella se figurase que el chico, dependiente de un supermercado próximo a su casa, iba a ser el hombre de su vida. Lo empezó a tratar en una cafetería que solía frecuentar con sus amigas, pero lo conocía de un tiempo atrás porque llevaba la compra del supermercado a su casa, que su madre a veces encargaba por teléfono.
Desde que se cruzaron sus ojos, Marcy supo que iba a tener algo con él.
Era un chaval de esos ágiles, desenvueltos, de pelo castaño, rizado, algo enmarañado, que le hacía la cabeza en forma de bola. Delgado hasta la exageración, de ojos huidizos y labios gruesos, sensuales.
A veces, cuando miraba a Marcy, quizá por los nervios, mordisqueaba el labio inferior y se clavaba los dientes hasta dejarlo colorado.
Salieron al cine varias veces donde se  sentaban en las filas traseras, en lo más oscuro, para darse unas friegas tremendas, después pasaron muchas tardes en el coche de él, en lugares descampados a las afueras de Greda, donde probaron todas las posturas que fue posible ensayar en dimensiones tan reducidas.
El chico ya era bastante experto y Marcy se estrenó a base de bien.
Pero al poco tiempo de tratarlo las cosas comenzaron a torcerse. Él se volvió reacio a que salieran juntos a pasear por la ciudad y sólo quería recogerla cuando ya había oscurecido, en la esquina más cercana a la casa de ella y salir al descampado, siempre el mismo, para hacer lo mismo de siempre y devolverla a la puerta de su casa a las once de la noche, que era la hora máxima de llegada que a ella le permitían sus padres.
No accedió a darle a Marcy explicaciones por aquel cambio de comportamiento.
Habían quedado para la tarde a la hora convenida, en la esquina de siempre, pero Arturo la había castigado por sorpresa, por darle una mala contestación y no podía salir.
No sabía como comunicarse con su novio y llamó al supermercado desde una cabina de la calle. Preguntó por él.
–No se encuentra en la tienda, hoy tiene el día libre –le contestaron al teléfono.
–¿Hoy no fue a trabajar?, qué extraño.
–¿Cómo que extraño, señora? ¡Si hoy es el día de su boda!
Marcy se quedó fulminada, paralizada, se le cayó el auricular de la mano, el cual quedó oscilando un rato pendiente del cable, aún se oía muy baja la voz de la mujer.
–¡Oiga!, ¡oiga! ¿Le ocurre algo?
Después sonaron los pitidos intermitentes que indicaban que había colgado.
Allí se quedó el auricular pendiente del cable y Marcy salió de la cabina como una sonámbula.
Le estaba bien empleado, por crédula, su madre se lo había advertido varias veces: “Eres muy inocente, Marcelina, te van a engañar, ándate con cuidado”.
Era la primera vez en su vida que sentía una derrota semejante, por lo inesperado, por lo cruel.
Regresó a su casa y se encerró en su habitación para que sus padres no adivinasen su congoja y se lanzó a su cama conteniendo las lágrimas.
No quería ni por lo más remoto tener que dar explicaciones a la hora de la cena.
Al día siguiente, en el instituto, contó lo sucedido a sus amigas íntimas.
–¡Qué dices Marcy!, ¿el de la tienda?, no sabía que estuvieras saliendo con él –dijo Laura sorprendida.
Ellas apenas conocían al muchacho.
–¿Así que se casaba? ¡El muy gilipollas! Y tú no sabías nada. Seguro que el muy cobarde no se atrevió a decírtelo a la cara, el muy cerdo –dijo Isabel.
Agradeció mucho la solidaridad de las chicas y, como pudo, fue desterrándolo de su cabeza.
Se prometió a sí misma que no volvería a liarse con nadie hasta que fuera vieja y ya nadie pudiera hacerle daño.
Pero pronto apareció Manele y con él las ilusiones de felicidad para el resto de su vida.

martes, 19 de junio de 2012

Marcy (47)


En la siguiente ocasión en que acudió Manele a visitarles, Marcy no fue a recogerlo al aeropuerto. Él mismo llegó a la casa tomando un taxi.
Era ya bien entrada la tarde y los niños ya habían cenado y estaban aseándose antes de irse a la cama.
–Estás muy guapa, Mar. Toma, te he traído un regalo.
La llamó por el apodo que él usaba cuando eran novios.
Y le tendió a Marcy un paquete pequeño, bellamente preparado, en cuanto traspasó la puerta de entrada. Como el que entrega un tesoro, preparado a conciencia, que se entrega a una novia muy querida.
Ella se dio cuenta en seguida del propósito de aquel presente, borrar de su ánimo lo pasado y hacer, una vez más, cuenta nueva.
Deshizo el envoltorio, abrió el pequeño estuche y descubrió un maravilloso anillo de oro blanco con una hilera de cinco brillantes de buen tamaño, lo cerró y avanzó en dirección a él, que ya abrazaba a los pequeños.
–Es un cinquillo, ¿no?, muy bonito, gracias.
Lo envolvió de nuevo y lo depositó sobre el chifonier de la entrada. Él no pareció ofendido y, con naturalidad, lo cogió y lo metió en uno de los cajoncitos superiores del mueble.
En la casa, entre la pareja, se respiraba una calma tensa.
Marcy calentó unos restos de esos que se quedan perdidos por la nevera.
Como si de dos extraños se tratara, compartieron una cena triste, masticando y tragando la comida, sentados uno enfrente del otro, sin hablarse, con el único sonido de las voces de los niños relatando todo lo ocurrido desde la última visita del padre.
Marcy no le dijo nada del máster que estaba estudiando.
Se había cuidado bien de ocultar todos los apuntes en un armario bajo llave, junto con un portátil y un teléfono móvil que acababa de adquirir.
Ya habían terminado el postre cuando el hijo menor, Manu, el más inquieto, se lanzó a los brazos de su padre.
–¡Mamá está estudiando! ¡Mamá está estudiando!
–Algún libro de la biblioteca, que cojo, para no aburrirme.
Marcy se levantó a recoger los platos, para distraer la atención.
Tras la cena llegó la hora de acostar a los niños y un creciente desasosiego se fue apoderando de ella. Recuperó, con discreción, el teléfono oculto y lo encendió en modo silencio, introduciéndolo en el bolsillo de su batín.
–Manele, voy a dormir con los niños. Pablo anoche, tuvo fiebre y tengo que vigilarlo. Ideó sobre la marcha aquella disculpa para evitar quedarse a solas con su marido. No obtuvo respuesta alguna.
Se dirigió con determinación al cuarto de los pequeños y abrió la cama supletoria.
Apenas consiguió conciliar el sueño en toda la noche y soñó con un hombre tierno y a la vez fuerte y viril, el héroe que aparecía en las novelillas que leía de jovencita, que se enamoraba de ella y sólo de ella, para siempre jamás.
Al día siguiente, nada más levantarse, Manele puso tierra de por medio, salió de casa sólo, con su maleta de viaje en la mano y tomó un taxi.
Dijo que iba a visitar a sus suegros, y después se iría a La Vitia para ver a sus padres y que, desde allí, regresaría a Brexals el domingo, de vuelta a su trabajo.
Todo por su cuenta, haciéndose el independiente. A golpe de taxi. Mejor así.
Marcy reconocía a la perfección aquel comportamiento. Después de una tormenta él procuraba calmar el ambiente durante un tiempo, para que ella olvidara, hasta que llegara la próxima.
Se acercaba un poco para controlar y después se apartaba hasta que se enfriaran las cosas.
Ella le conocía bien la pauta.
Sabía que él esperaría lo suficiente y así ella olvidaría y volvería a arrojarse a sus pies, como el drogadicto se aferra a su droga, como el fanático a su dios, sin razón, sin condición, para que la quisiera unas migajitas más, para arrancarle de la cabeza a sus amantes.